Artículos de Opinión | Diego Garrido | 13-05-2013
La
Segunda República española es el referente más extendido en nuestra sociedad de
lo que es un estado republicano. Fue un periodo de cinco años (1931 -1936) en
que los acontecimientos políticos y sociales se aceleraron. Las clases
populares se sintieron esperanzadas con este nuevo proyecto, que nació a raíz
de la ruptura con la monarquía de Alfonso XIII, quien había apoyado la
represiva dictadura del general Miguel Primo de Rivera ante la imposibilidad de
mantener la estabilidad con los gobiernos de alternancia entre conservadores y
liberales que habían funcionado en los años anteriores —y que recuerdan no muy
remotamente al bipartidismo PP-PSOE actual.
Esta
ingobernabilidad del régimen de Alfonso XIII se debía en gran parte al
creciente auge de las movilizaciones obreras, que fueron consiguiendo
concesiones durante todo su reinado, incluso bajo Primo de Rivera, a pesar de
la persecución del movimiento obrero. Debido a esta situación, en la que el
crédito de la corona se había agotado no solo para la clase trabajadora, sino
también para una parte de la burguesía, llegó la Segunda República.
El
cambio de régimen hacia un estado republicano fue muy ilusionante, ya que
algunas de las conquistas laborales y políticas logradas con la lucha de las
personas trabajadoras se reconocieron y entraron en proceso de legalización
gracias a los gobiernos de izquierdas que tuvieron periódicamente el poder. El
final de la dictadura de Primo de Rivera permitió a las organizaciones
comunistas, socialistas y anarquistas, y a los sindicatos de clase, extender
las ideas de izquierdas y que el movimiento obrero siguiera avanzando. Estos
hechos han dado lugar a una cierta mitificación de la Segunda República, que es
actualmente reivindicada por algunos colectivos —no es extraño ver banderas
tricolor en las manifestaciones. Pero lo cierto es que el estado republicano se
encontró desde el primer momento con un conflicto de clases tensado al máximo.
El
sistema democrático-liberal burgués de la República no podía asumir, por su
propia naturaleza, las demandas cada vez más radicales del movimiento obrero y
los partidos obreros de izquierdas. La Segunda República terminó colapsando al
encontrarse con una situación revolucionaria por parte de la clase trabajadora
y una contrarrevolución fascista que tomaría el poder mediante un golpe de
estado militar.
La
realidad actual
Pero
no es el objeto de este artículo analizar la Segunda República y las causas
históricas de su desintegración. La razón para hablar de ella es comentarla
como referente en el imaginario colectivo. Lo que queremos es reflexionar en
torno a la idea de la república socialista, y en cualquier caso, el ejemplo de
la Segunda República ya ha servido para marcar puntos de divergencia entre el
estado obrero y el burgués, además de introducir un tema fundamental: la
imprescindible revolución para llegar a la república socialista.
Así
pues, es imposible desarrollar esta idea en abstracto si queremos tratarla con
rigurosidad. Habrá que basarse en la realidad material que existe hoy en día y
hacer referencia a experiencias del pasado que se puedan tomar como ejemplo
—las propuestas mayoritariamente abstractas de los socialistas utópicos del
siglo XIX tuvieron vidas cortas y poco satisfactorias. De hecho, hasta que Marx
no analizó la Comuna de París de 1871, la materialización de un proceso
insurreccional y autogestionario de las clases populares, no pudo desarrollar
muchas de las ideas del socialismo científico, que llevarían a los avances más
importantes para la clase obrera en la historia, como la Revolución Rusa.
Hoy
en día, las posibilidades que ofrece un avance tecnológico como internet nos
permiten generar unos flujos de información y una capacidad de comunicación y
coordinación en tiempo real que hace solo unos años se deberían haber cubierto
con estructuras burocráticas más lentas y con una participación popular mucho
menos directa e inmediata. Por lo tanto, las posibles propuestas no pueden ser
nunca absolutamente claras y cerradas, sino que deben entenderse como una línea
por donde podría ir la construcción de un estado socialista y obrero en la
actualidad.
Nuestra
república
La
república socialista es un estado construido por las clases populares, y al
servicio de las clases populares. Con esta definición quedan excluidos muchos
de los países que se han autoproclamado socialistas a lo largo de la historia,
desde la Libia de Gadafi, hasta la URSS de Stalin, por poner dos ejemplos. La
historia es, en muchos casos, la peor enemiga del socialismo.
Esta
definición por sí misma abre una serie de preguntas, empezando por quiénes son
las clases populares y qué quiere decir que “construyen el estado”. Brevemente
podríamos decir que las clases populares son las capas de la sociedad que
dependen de un salario o un ingreso sin tener la capacidad de decidir sobre
cómo se crea la riqueza, y por tanto sobre cómo se genera esa riqueza.
Incluiría a las personas asalariadas, las que cobran un subsidio, las que hacen
tareas domésticas, las jubiladas, etc.
En
cuanto a la construcción de este estado, hay que recuperar a la fuerza la
cuestión de la revolución y la toma del poder. Cuando hablamos de tomar el
poder, debemos ser conscientes de dónde reside ese poder. El estado burgués
tiene el poder político, que mantiene con diferentes mecanismos, tanto
ideológicos como represivos cuando es necesario. Con este poder político se
defiende el poder económico, que se basa en la propiedad privada.
Pero
en el terreno económico, el poder se encuentra en última instancia en los
trabajadores y trabajadoras, que son quienes producen los bienes y servicios
con su fuerza de trabajo. Cuando este colectivo, la clase trabajadora, se niega
a seguir bajo las relaciones de producción capitalistas, nos encontramos en una
situación potencialmente revolucionaria. De ahí el énfasis en la idea de estado
obrero y auto emancipación de la clase trabajadora.
Cuando
hay acontecimientos de estas características, encontramos antecedentes en los
que las personas trabajadoras empiezan a autoorganizarse democráticamente en
sus puestos de trabajo para luego formar coordinaciones territoriales más
amplias y poder así plantear la toma del poder. Es el caso de los soviets en
Rusia entre 1905 y 1917, los consejos obreros que se formaron en el Estado
español en 1936 o los Cordones de Chile en 1973.
En
situaciones como ésta juega un papel clave una organización revolucionaria que
entienda la importancia de los órganos democráticos de base, y que reúna a las
personas con más experiencia y conciencia sobre estos procesos, como
herramienta para diseñar la mejor estrategia posible e impulsar a la clase
trabajadora a tomar el poder.
En
este proceso será clave la creación de órganos democráticos de base para la
toma de decisión. Éstos, que en cada lugar y momento histórico se han
concretado de una forma diferente, serían la base y el pilar central sobre el
que construir una hipotética república socialista. Pero lo fundamental y urgente
es la idea de ‘instituciones’ de democracia directa y radical, en oposición a
las instituciones actuales.
Un
hecho fundamental para la república socialista sería la conciencia de las
clases populares y su compromiso con un proyecto, compromiso que no podría ser
nunca sustituido por estructuras burocráticas. Este proyecto adoptaría las
premisas de igualdad, democracia y justicia social. A nivel económico, el
trabajo se repartiría y la propiedad sería colectiva. Así pues, las condiciones
materiales cambiarían, la familia ya no sería una unidad imprescindible para el
sistema económico, ya que las tareas laborales y domésticas no se separarían
según el criterio público/privado, sino que se socializaría, eliminando la
división actual por género.
Por
otra parte, el sistema productivo se ajustaría a la población. Y pese a lo que
dicen algunas voces, no sobra gente, ya que producimos comida para alimentar
holgadamente todo el planeta. Y de hecho lo podríamos alimentar mejor, con
productos agroecológicos, sin transgénicos ni productos tóxicos añadidos. La
tierra y las semillas serían de quienes las trabajan.
La
vivienda sería también un derecho fundamental cubierto para todas las personas,
sin que nadie se pudiera quedar en la calle con casas vacías. En definitiva, se
le quitarían todas las capas podridas al sistema actual: las mentiras
neoliberales, el odio racista, la destrucción del medio ambiente con la excusa
del progreso, la naturalización de la opresión de las mujeres y LGTBI...Para
hacer todo eso, la única manera es un proyecto a largo plazo que aglutine a
todas las clases populares.

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