21
septiembre 2013
Aníbal Malvar
Argentina acaba de
solicitar la extradición de cuatro torturadores del franquismo para juzgarlos
allá. Me parece extemporáneo. Con el paso que llevamos con nuestros
torturadores democráticos de ahora, con nuestros desahuciadores de ahora, con
los vendedores de la sanidad y la educación de ahora, lo que deberían pedir los
argentinos es la extradición de Mariano Rajoy y sus compinches gubernamentales,
y de la muy leal oposición para ser juzgados. Por crímenes de lesa humanidad,
por ejemplo. Porque el otro día se suicidó una mujer llamada Amparo en Madrid.
En el fondo, lo que
pasa es que cada día nos vamos dando más cuenta de que con Franco moríamos
mejor, y eso un argentino no puede entenderlo sin traducírselo al lunfardo.
Al final los fachas
van a tener razón. Esto de la memoria histórica es volver a reabrir heridas,
dicen. ¿Para qué reabrir heridas si las heridas que nos están abriendo ahora
son incluso más profundas que aquellas, dado que estas heridas de hoy las hemos
votado?
A este paso, hasta yo
me voy a volver franquista. Con Franco, al menos, sabías de antemano que ibas a
ser perseguido por cualquier ocurrencia, y te protegías más. Ahora caminamos
tranquilos por nuestra democracia y de repente viene un señor y te dice que has
perdido tu casa por una miserable deuda de 900 euros que tú habías intentado
pagar ayer. Le pasó el otro día a una señora en Madrid. De cuyo nombre nadie ya
quiere acordarse. Pero se llamaba Amparo y era de Carabanchel.
El sentido de querer
investigar crímenes del pasado no es nostálgico. En mi espesa nebulosa
intelectual, atisbo que es para saber si la huella de aquellos criminales es la
que otra vez nos pisa el cuello. Si son los mismos. Si son los hijos de los
mismos. Si son los nietos de los mismos. Y lo son. No hay más que repasar las
heráldicas.
Después, si nos ponemos
más serios, descartamos las heráldicas. Porque los hijos y los nietos no tienen
por qué cargar con los pecados de sus abuelos y sus padres. Y llegamos al
bordecito del barranco. Y nos damos cuenta, quizá, de que investigamos los
crímenes del pasado para saber si las ideas que los inspiraron son las mismas
ideas que inspiran los crímenes de ahora. Y lo son.
Yo no tengo ninguna
afición a encarcelar a dos o tres asesinos franquistas nonagenarios, como
demandan hoy los jueces argentinos. Prefiero que se mueran en sus camas.
Tranquilamente. Tal y como ellos no dejaron morir jamás a nadie. Yo quiero
juzgar el fondo de sus ideas. El origen de sus poderes. Yo quiero saber quién
hace una guerra, que no es un militar. Quiero saber quién paga las guerras. Yo
quiero saber quién es el malo, como en lo de Pérez Reverte.
Se hablaba estos días
en los periódicos, con cierta elegante diplicencia, de que cinco años después
de la caída de Lehman Brothers ningún alto directivo de la banca timadora ni de
las agencias de calificación prostibularias ha sido encarcelado. Y Amparo, la
de Carabanchel, está muerta. Cositas que pasan.
En la II República,
hubo una guerra porque la oligarquía terrateniente y la Iglesia se oponían a
una reforma agraria que devolvería un poquito de la tierra al que la trabaja.
Murieron los que la trabajan. Ahora, que estamos más internacionalizados, como
dirían los horteras, la guerra se ha montado porque la oligarquía se opone a la
existencia de los derechos laborales y sociales. No sé de ningún banco que se
haya hundido. Han sido absorbidos o rescatados. Sin embargo sí que sé de mucha
gente corriente hundida. Sí. Y no he visto ningún plan de rescate europeo para
salvar a Amparo. Y eso que solo costaría 900 euros. Menos de lo que cuesta el
viaje de un eurodiputado español a Bruselas, calculo.
Quizá
ahora Argentina investigue nuestros crímenes del franquismo, 75 años después. Y
me pondré muy contento. Pero no esperemos a 2088 para investigar los crímenes
de ahora mismo. Quizá investigar a esos abuelos ya indefensos no sea tan baladí
si sus nietos siguen aquí, con las mismas ideas y haciendo el mismo daño. Da
como la impresión de que la justicia es cosa lenta. Tendré que poner a mis
nietos a esperar justicia, si algún mal día los tuviere.
Fuente: www.publico.es

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