En el 43 aniversario
de la muerte del escritor chileno el autor del artículo repasa el semblante de
quien es ya un clásico
Cultura |
Pedro Antonio Curto - TerceraInformación | 22-09-2013 |
El día que un
adolescente llamado Neftalí Ricardo Reyes Basoalto decidió adoptar el apellido
del escritor checo Jan Neruda y ponerse el nombre de Pablo, para así huir de
las represiones paternas en su vocación poética, estaba creando un mito, aunque
el poeta incipiente no lo supiese. Como no se explicaba cuando aún no había
cumplido los veinte años, porque sus primeros poemas publicados eran recitados
de memoria y corrían de boca en boca, sin necesidad que internet existiese,
como recuerda en Confieso que he vivido: “En el sitio más inesperado me lo
recitaban de memoria o me lo pedían que yo lo hiciera. Aunque mucho me
molestará, apenas presentado en una reunión, alguna muchacha comenzaba a elevar
su voz con aquellos versos obsesionantes.” Aún era el muchacho que andaba por
Temuco con capa de ferroviario y jugando a una vida bohemia, en la creencia de
que eso era una de las bases para ser artista. Luego, con poco más de esos veinte
años, publicaría los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de los
que escribiría diversas versiones y que aún hoy se reeditan periódicamente en
todos los lugares del mundo y serán pocos los idiomas que no hayan pronunciado
esos versos. El tal Neftalí echaría los dados del destino para ser uno de esos
poetas que se mueven en las sombras y zonas oscuras, precoz como Rimbaud,
obsesivo e incorrecto como Baudelaire, a lo que se añadiría, a lo largo de su
vida, una pulsión erótica que traspasaba las correcciones amorosas, poco
respetuoso con los estilos y normas, una ideología comunista defendida con
ardor, una vida sentimental irreverente que aún colea... “ Como ciudadano, soy
hombre tranquilo, enemigo de leyes, gobiernos e instituciones establecidas.
Tengo repulsión por el burgués, y me gusta la vida de la gente intranquila e
insatisfecha, sean éstos artistas o criminales.” Proclamaba un joven Neruda en
el prólogo a El habitante y su esperanza, una pequeña novela poética y
experimental, la única que escribió. A pesar de todas esas incorrecciones, de
su rebeldía, se convertiría en el poeta de la luz.
Pablo Neruda
es uno de los últimos mitos literarios, que aún persiste a cuarenta años de su
muerte, en un momento que los mitos del posmodernismo son la mayoría
deportivos, tan fugaces, millonarios y adorados, como intrascendentes. Es por
eso un enigma encontrar en cualquier parte de la red y otras redes, hasta en
los no muy aficionados a la poesía, esos versos de un hombre joven que amaba el
amor con tanta pasión y cercanía, como lejana e inalcanzable era la mujer, el
dolor existencial reflejado como pocas veces lo ha sido, por eso la Canción
Desesperada. Quizás en ese desasosiego está la respuesta: porque eso lo han
vivido de una forma u otra, millones de personas, y lo que hace Neruda es algo
tan simple como personificarlo y darle voz. Una voz exuberante y preciosista,
llena de adjetivos y verbos, colocados y expresados de tal forma, que es
imposible huir a sus visualizaciones. Es posible ahí estén las claves del éxito
nerudiano: la capacidad de ofrecer un espejo –lleno de colorido como un mural
de Diego Rivera- donde la mayoría puedan reflejar emociones y sentimientos, sus
sensaciones y vivencias. Y esto partiendo de un poeta que recitó para las
multitudes, de los pocos que llenó estadios (sino el único) y que sin embargo
habló ante todo de sí mismo. Neruda fue capaz de crear unos lugares comunes, de
asomarse ante un paisaje, de cantar a una geografía, sin apearse de su cuerpo
de marino y sus viajes. Hizo mitología de esa voz nasal que recitaba con tono
solemne de ultratumba. “Ahora me doy cuenta de que he sido/ no sólo un hombre
sino varios,” proclamará en uno de sus poemas, y es cierto. Algo común al ser
humano, pues todos vamos mudando con el tiempo y las circunstancias. Y el poeta
Neruda lo va confesando en sus versos. Así el amor incandescente y abstracto de
los Veinte poemas, se convertirá en el concreto y ya maduro de Los versos del
capitán, a la exhuberancia sexual de El hondero entusiasta, el amor cansino y
la desesperanza de Residencia en la tierra, donde está El tango del viudo; el
cantor del amor, firma uno de los mejores y más oscuros poemas de desamor. Un
libro que más tarde él mismo recomendará no leer a los jóvenes. Al militante
del Canto General, le sucederá el hombre que pregunta, más intimista y
dubitativo, de Estravagario, donde la muerte hace presencia. Al poeta más
hermético, la palabra clara y directa en Odas elementales. Pero son etapas que
se suceden dentro de una coherencia que comprende sus tres grandes “yos”: el yo
cantor del amor, el yo militante político, y un tercer yo, el que pretende dar
voz propia a una cultura americana diferenciada.
Pero al mito
se le invoca más que se le lee, como bien él sabía: “En efecto, los escritores,
cuyas estatuas sirven después de su muerte para tan excelentes discursos de
inauguración y para tan alegres romeras, han vivido y viven vidas difíciles y
oscuras, a pesar de esclarecidas condiciones y brillantes facultades, por el
solo hecho de su oposición desorganizada al injusto desorden del capitalismo”,
y lo dijo en el senado, una de esas instituciones donde no suele entrar la
palabra poética, aunque entrase la suya por un breve tiempo y siendo acallada
por el poder. Por eso no es extraño que aún hoy se desconozcan las razones de
su fallecimiento. Si murió gastado por la violencia de la historia y aún por
una solapada negación de tratamientos médicos o si fueron unas manos con traje
militar escondidas tras las batas blancas. Las camas de la Clínica Santa María
son mudas y claras como la desmemoria. Por desgracia estos también son lugares
demasiado comunes y el vate, como si lo percibiese, habló de esa muerte: “La
muerte está en los catres:/ en los colchones lentos, en las frazadas negras/
vive tendida y de repente sopla:/ sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,/ y
hay camas navegando a un puerto/ en donde está esperando, vestida de
almirante.”

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