Revestida
ideológicamente de neutralidad, esta nueva hegemonía la capitaliza
políticamente, hasta ahora, una derecha apoyada en el progresismo liberal
catalanista.
Artículo originalmente
publicado en La
Lamentable.
Marc Andreu -
Historiador i periodista
12/09/2013 - 22:28h
La Via Catalana en la playa de Barcelona. / Enric Català
Desde el punto de vista del
análisis de los movimientos sociales, no hay duda de que la Vía Catalana por la
Independencia, incluso ya antes de las 17:14 horas del 11 de septiembre de
2013, ha sido un gran éxito. Por lo que significa de capacidad de organización
y movilización de cientos de miles de personas en todo el país y,
simbólicamente, en ciudades de todo el mundo. Pero, sobre todo, por la
capacidad de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) a la hora de marcar la agenda
política, social y mediática y de contribuir a consolidar y ampliar una
realidad relativamente nueva en Cataluña: la hegemonía cultural del discurso
(¿o sólo mensaje?) independentista. Un hecho que Enrique Marín califica, con
instrumental gramsciano, de "movimiento popular" y "revuelta
democrática" que "sistemáticamente desborda la política institucional
y el sistema mediático convencional" ( El Periódico, 10/9/2013).
Pero también es cierto que,
revestida ideológicamente de neutralidad, esta nueva hegemonía la capitaliza
políticamente, hasta ahora, una derecha apoyada en el progresismo liberal
catalanista. Hecho que ocurre ante la perplejidad, cuando no la parálisis, de
la izquierda de raíz marxista habituada, desde los tiempos del antifranquismo y
la transición, a ser ella quien dirigía (en pugna con el pujolismo, es cierto)
la hegemonía cultural emanada de los movimientos sociales y de buena parte de
la intelectualidad con tribuna universitaria o mediática. Y esto vale tanto
para aquellas asociaciones de vecinos y las Comisiones Obreras de los años 70
como por las múltiples y minoritarias expresiones de la izquierda
independentista de los años 80 y 90. Es decir, vale para los viejos rockers
del PSUC y Bandera Roja, muchos de ellos reciclados después en el PSC (y
algunos en las filas de la derecha nacionalista, catalana o española), pero
vale igualmente para los jóvenes cachorros del PSAN, Nacionalistes
d'Esquerra, la Crida y el MDT, muchos de ellos alineados hoy con ERC o CDC.
Actualizando las siglas, pues,
la lección de este cambio de hegemonía cultural es dura o difícil de digerir
por los militantes de ICV y EUiA, los socialistas catalanistas que todavía hay
en el PSC, por la pequeña pero activa diáspora trotskista, por no poca gente de
la CUP y, a buen seguro, incluso por algún izquierdista de ERC. Y, por supuesto,
por CCOO, UGT, USOC ... y hasta por la CGT que podría reivindicar ese discurso
del Noi del Sucre en Madrid, en 1919, en que el líder de la CNT dijo:
"Nosotros, los trabajadores, como sea que con una Cataluña independiente
no perderíamos nada, al contrario, ganaríamos mucho, la independencia de
nuestra tierra no nos da miedo. [...] Sin pecar de exagerado, puedo aseguraros
que si algún día Cataluña conquista su libertad nacional, los primeros, si no
los únicos, que le pondrán obstáculos, serán los hombres de la Lliga
Regionalista, porque en Cataluña como en todas partes, el capitalismo carece de
ideología". De ideología con contenido social, se entiende. Porque detrás
de la consigna primero la independencia, luego ya decidiremos si derecha o
izquierda es claro que hay ideología.
En definitiva, y recapitulando,
la nueva hegemonía cultural independentista interpela a toda aquella amplia
izquierda que en 2012, sorprendida y esperanzada aún por el efecto 15-M, fue a
la huelga general antes (29-M) y después (14-N) de manifestarse con (o al lado
de) la ANC bajo el lema Cataluña, nuevo estado de Europa. Pero que, en
voz baja –e incluso escribiéndolo incluso en blogs cupaires–, admitía
que no se acababa de reconocer, que se sentía un poco pez fuera del agua entre
aquella multitud transversal que el Once de Septiembre del 2012 llenó Barcelona
de banderas con más triángulos azules que estrellas rojas. Y que entrevía,
quizás, un riesgo de populismo tal y como lo advierte Xavier Casals en comparar
el caso catalán con la "secesión ligera" de la Liga Norte que se alzó
contra "Roma ladrona" ( Tinta Libre, núm. 6, septiembre 2013).
Responder desde cuándo, cómo y
por qué la izquierda lectora o discípulo de Gramsci ha dejado perder la
hegemonía cultural en Cataluña (como en Italia) requiere tesis. Y remontarse,
seguramente, a los tiempos en que Joaquim Sempere afirmaba: "El pujolismo
[pruebe ahora con independentismo] juega a fondo la carta de aparecer como la
expresión más pura del catalanismo, los intereses nacionales (por encima de las
clases) de Cataluña, pero hay razones legítimas para dudarlo" ( Nuevos
Horizontes, núm. 34, 1977). Requiere también analizar el impacto
sociológico de décadas de TV-3 y de un sistema educativo de exitosa inmersión
lingüística hoy en peligro, por la Ley Wert y los recortes del Govern de Artur
Mas. Necesita asimismo analizar a fondo lo que Joan B. Culla tacha de
"asignatura pendiente" de los socialistas en España ( El País,
6/9/2013) y también el fin de lo que Guillem Martínez define como Cultura de la
Transición (CT). Quiere igualmente descubrir la secreta apuesta estratégica de
algunos dirigentes de ERC, ya en el primer tripartito, dispuestos a todo para
intentar jubilar (y simplifico, pero son ejemplos reales) el politólogo Joan
Subirats en beneficio de Héctor López Bofill. O para entronizar los economistas
Xavier Sala i Martín o Elisenda Paluzie mientras se acomodaba a Muriel Casals
en Òmnium Cultural después de su larga marcha desde el PSUC.
Cabe también recordar, antes de
que la gran manifestación contra la sentencia del Estatut del 2010, aquellas
manifestaciones de la Plataforma por el Derecho a Decidir de 2006 y 2007 en las
que, hasta por cuestiones tan terrenales como las infraestructuras y la Renfe,
dejaron de ser vanguardia los sindicatos, últimas organizaciones de la
izquierda clásica con capacidad real de movilización, a pesar de su esclerosis
múltiple. Y, sin perder de vista los fenómenos del 15-M y la PAH, hay que
destilar la lluvia de ideas que Jordi Borja, en una síntesis expresionista del
caos y el desconcierto de las izquierdas, ha plasmado en las Cartes de lluny
i de prop (L'Avenç, 2013). Y saber digerir, finalmente, el 'cocktail'
indigesto que el filósofo Manuel Cruz ( El País, 6/9/2013) sirvió el
mismo día que el exalcalde comunista de Cornellà, Frederic Prieto, reflexionaba
sobre Derecho a decidir, independencia y
las izquierdas.
Prieto encuentra curioso y
alarmante que las izquierdas, viejas y nuevas, "tengan tantos problemas
para reconocer la realidad y para diferenciar los movimientos sociales de su
posible manipulación" por parte del Gobierno o la derecha. Y para
identificar los tiempos, las lógicas y las razones diferentes de partidos y
movimientos sociales, como recuerda Josep Ramoneda ( Distàncies, a Ara,
9/9/2013). El mismo Ramoneda que coincide con Prieto en definir la
independencia como el único horizonte político que hoy ilusiona y es realmente
movilizador. En un contexto, no lo olvidemos, de crisis económica y política
globales, y cuando la socialdemocracia ha desaparecido (¿en combate?) Frente a
un neoliberalismo que ya se sabía triunfante (¡pero no tanto!) Antes de la
caída del comunismo. Pero Prieto va más allá. Y, como rumian Jordi Borja y
Guillem Martínez ( Tinta Libre, núm. 6, septiembre 2013) y,
directamente, afirman Antonio Baños ( La rebelión catalana, Grupo 62,
2013) y Jaume Asens y Gerardo Pisarello, sostiene que " el proceso para
lograr la independencia puerta, en sí mismo, una fuerte carga revolucionaria,
que habría liderar y canalizar, en lugar de marginarse".
Sobre todo si se quiere ir
hacia un proceso constituyente que rebase, sumando, lo que ya proponen Arcadi
Oliveres y Teresa Forcades o Itziar González y su Parlamento Ciudadano. Un
proceso constituyente que, incluso, podría acabar contagiando al resto de los
Països Catalans y todo el Estado español, como desea Isaac Rosa desde
Madrid con tanta nostalgia pero más optimismo de la voluntad que el
pesimismo de la razón del que hace gala Miguel González en "Catalunya,
t'estimo" ( El País, 15/8/2013). De poético optimismo de la
voluntad tira también David Fernàndez:
"Esto, así, es la autodeterminación. Criterio unidad popular: somos muchos
y seremos muchos más. Cuando la pista de baile de la libertad y la justicia
social es grande, el trabajo que queda por hacer es ingente y aquí no sobra a
nadie".
Más prosaico, y en guardia por
un pesimismo de la razón también genuinamente gramsciano, Joan Herrera alerta
de no confundir la nueva hegemonía cultural con "una inmensa minoría o una
ajustada mayoría" electoral que pueda fracturar el país. Aquella
"Cataluña, un solo pueblo" que el PSUC, y luego Pujol y el PSC,
supieron mantener unida. El líder ecosocialista coincide con Joan Ignasi Elena
y Laia Bonet ("Reiniciar las relaciones Cataluña-España", en El
País, 10/9/2013) en que el derecho a decidir es el punto de encuentro de
federalistas, confederalistas e independentistas y el desatascador democrático
de un callejón sin salida donde mantener el statu quo ya no es viable.
Un mínimo común denominador, el de la consulta, que comparte un 80% del arco
parlamentario y el amplio abanico que va del ciudadano expsuquero
Francesc de Carreras ("La hora de la audacia", en La Vanguardia,
31/7/ 2013) al independentista anticapitalista David Fernández, pasando por el
brillante socialdemócrata confeso Jordi Gracia ("Una solución política
para Cataluña", en El País, 2/8/2013) con más convencimiento de que
el último intelectual orgánico del PSC, Joaquim Coll ("Cataluña,
democracia o populismo", en El País, 09/09/2013).
Menos unanimidad a la izquierda
merece la determinación de hacer "sí o sí" la consulta, sin
aplazamientos tácticos. Forzando, si es necesario, la legalidad vigente. Una
opción que Joan Herrera, citando Roger Palà, prefiere al "fraude" de
las elecciones
plebiscitarias. Lo expuso el 6 de septiembre en una conferencia de
ICV silenciada prácticamente en todas partes –como mediáticamente silenciada
está la CUP– por la larga mano de La Caixa, verdadero poder fáctico en Cataluña
y España y que no ha tolerado otra éxito anunciado (en el silencio) de este
Once de Septiembre: #EncerclemLaCaixa. De "automarginación" define
Frederic Prieto esta acción paralela y complementaria a la gran cadena humana
soberanista. Quizá. Pero menos marginal que la inacción del PSC para la Diada o
el testimonialismo sindical del "ramal social" de la Via Catalana en
la Via Laietana, entre Fomento del Trabajo y la conselleria de Gobernación. Y,
en todo caso, valiente y morbosa acción, esta de señalar La Caixa,
contraponiendo una monja benedictina y el presidente de Justicia y Paz al Opus
Dei en el que profesa el presidente de la entidad bancaria, Isidre Fainé.
Otra discusión es si la
reivindicación del Estado propio o el proceso constituyente necesitan
vanguardias. O qué tipo de liderazgos necesitan los movimientos sociales. Un
mesías, no, eso ya quedó claro en las elecciones del 25-N. Quizás tampoco, como
dice Manuel Cruz, viejos camaradas resentidos ni jóvenes promesas con más
ambición que compromiso colectivo, de base, y poca visión de la necesaria
articulación política. David Fernàndez sostiene que "es la movilización
social –la repolitización de la política– la que ha desbordado el régimen
político; que es el empuje de la gente que no entiende de renuncias; que es un
nosotros colectivo que desobedece nuestra propia historia". Para cambiarlo
o decidir todo, lema donde coinciden ICV y la CUP. Dos fuerzas enemistadas por
sectarismos e internamente divididas –federalistas-independentistas, unos;
frente nacional-frente de izquierdas, los otros– pero condenadas a entenderse
entre ellas y con otros. Y a explicarse mejor. Si es que quieren decidirlo
todo.
"El problema no es la capacidad
de maniobra de los de arriba, sino la respuesta articulada desde abajo",
insiste con optimismo gramsciano David Fernàndez. "La oportunidad
histórica está", explica Joan Herrera que, pensando en el ejemplo griego
de Syriza, reclama ambición, unidad y generosidad de las izquierdas más allá de
intereses partidistas y en un momento social y económico especialmente duro
para las clases populares. Pero la correlación de fuerzas y el contexto
histórico es determinante. Y hoy hay riesgo de hacer una transición catalana al
Estado propio más frustrante (¿y menos inclusiva?) que la que ya se hizo en la
democracia española, hoy en fallo multiorgánico, y al débil Estado del
bienestar, ahora en proceso de desguace por la vía de la doctrina del shock.
Y eso que aquella primera transición –no toda negativa, que hoy hay tendencia a
rasgar demasiado sábanas haciendo la necesaria colada– se hizo desde una
hegemonía cultural mucho más escorada a la izquierda que la que hay ahora. Pero
no por los riesgos e incertidumbres –"Demasiadas preguntas", dice
Fernàndez ( Diagonal, 08/06/2013)– hay que desistir de los retos y
quedarse en los campamentos base de la política, sean estos el municipalismo
alternativo, el renovado dinamismo social, el nuevo cooperativismo o las
posiciones ganadas en las instituciones. En otro caso, no salir a intentar
hacer cumbre sería imponer el conservadurismo en la inteligencia y el optimismo
gramscianos.
Últimas reflexiones, para
terminar. Recuperar o ganar la hegemonía cultural es un proceso lento y
complejo que, obviamente, es aún más difícil en tiempos de urgencias sociales,
prisas emocionales y aceleración histórica. Pero es lo que hay. Y la izquierda
haría (hace) bien de ponerse a ello con tanta voluntad como conciencia de la
realidad. De lo que hay en Europa y en el mundo: América Latina es un
laboratorio interesante; Grecia y Portugal son espejos temidos, la Italia que
fue del PCI, la Alemania del SPD, Los Verdes o Die Linke y la Francia heredera
del mayo del 68 no son precisamente hoy ejemplos de hegemonía de la izquierda,
y los países nórdicos o el ejemplo de Islandia generan fuertes contradicciones.
Encima, es todavía una incógnita qué irradiará del Vaticano, donde la Iglesia
católica, exportadora secular de una hegemonía conservadora de valores
comunitaristas pero abierta a experiencias liberadoras, no puede ocultar que
también está en crisis.
Nos queda, pues, la vía
catalana. En Cataluña y en España. Tan sugerente y compleja como aquella vía
chilena al socialismo que lideró Salvador Allende hasta que cayó derribado por
los poderes fácticos otro once de septiembre, 1973. En nuestro país, sin la
hegemonía clara que tampoco tenía Allende, los movimientos sociales carecen
referentes políticos –valientes, fuertes, innovadores, abiertos y unidos en la
diversidad– que sean capaces de hacer frente a la derecha política, económica y
social. Los poderes fácticos de la Troika y los bancos. Para revertir una
hegemonía cultural que, en el mejor (¿o peor?) de los casos, lo es también de
la no política o del autoritarismo posdemocrático que denuncia Josep Ramoneda.
Hoy, es un hecho que Gramsci se ha independizado de la izquierda donde creció.
Otros sacan provecho de su noción de hegemonía. Ya está bien, no deja de ser un
triunfo. Pero él solo no volverá a casa. Si la izquierda quiere recuperar a
Gramsci, y la hegemonía cultural, deberá ir a buscar a la calle. Con
independencia de la independencia.
Fuente:
http://www.eldiario.es/

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