18 septiembre 2013
Moncho Alpuente
Isabel y Fernando, el
yugo y las flechas. Los escolares aprendíamos nombres, fechas, efemérides
ilustres, gestas imposibles, una visión de la Historia superficial y
esquemática destinada a construir un pasado perfecto a la medida de un presente
impresentable. La reina Isabel, por muchas galas que la prestaran
aquellos historiadores de chichinabo contratados para dar lustre y esplendor a
los cronicones, no resultaba un personaje muy atractivo y su señor esposo
quedaba reducido a un papel de comparsa, siempre en segundo plano a la sombra
de aquél paradigma de rectitud, virtud y majestad. Si alguien me hubiera
avisado entonces de que, décadas después, aquél virtuoso estafermo se
convertiría en la reina del prime time televisivo, modelo de la pasarela
mediática y casi mito erótico, me hubiera dado la risa. Puesto a elegir me
hubiera quedado con Juana la Loca y su pasión necrófila itinerante, posible
germen de una saga de zombis y vampiros o en su defecto con “La Beltraneja” o
quizás con las aventuras adúlteras de Fernando de Aragón que tanto montaba y
montaba tanto. A su lado la católica reina parecía una pánfila y una estrecha.
Algunos de los
historiadores que perpetraron ese infamante diccionario histórico, en el que
Franco aparece como un gobernante “autoritario” pero no un dictador, han
seguido contando los mismos cuentos patrióticos de Calleja a las nuevas
generaciones que han respondido con la mayor indiferencia pero a partir de
ahora, a partir de “Isabel”, puede construirse un nuevo modelo didáctico mucho
más atractivo, interactivo y tridimensional para enseñar la Historia de España,
la historia más grande jamás contada con menos escrúpulos. No respondo de la
fidelidad histórica de la serie más vista de la televisión pero como ficción
funciona con dignidad, está bien interpretada y bien contada si tenemos en
cuenta que las intrigas dinásticas, las conjuras y los diversos tejemanejes de
reyes, nobles, clérigos y cortesanos que desfilan por la pantalla forman una trama
enrevesada y sinuosa y que la estructura de una serie no da para muchos
recovecos ni profundidades.
La aparición de este
icono isabelino en el panteón de los héroes mediáticos junto a toda clase de
monstruos mutantes y guerreros virtuales me sorprendió el otro día desde la
portada de un cuaderno escolar que llevaba un chaval en el metro y entonces me
vino a la memoria la primera estrofa de un patriótico y necrófilo canto
interpretado por un coro de voces infantiles en un patio colegial: “Isabel y Fernando/
el espíritu impera/ moriremos besando/ la sagrada bandera”. Los niños
parecíamos estar predestinados para ser héroes o mártires (mejor las dos cosas
al tiempo) y morir jóvenes, las niñas tenían ejemplos más longevos y pacíficos,
Isabel la Católica y Teresa de Jesús eran modelos a seguir, aunque nadie
explicaba muy bien si lo que se les pedía a sus forzadas discípulas, era regir
imperios, financiar exploraciones y conquistas o fundar conventos y escribir
obras místicas en sus ratos libres.
Cualquier
historia de ficción sobre nuestra historia probablemente se acerque más a la
realidad que aquellas retahílas y aquellas monsergas que sin embargo han dejado
su poso. No hay más que oírles estos días hablando de la impronunciable
indisolubilidad de España. Gibraltar y Cataluña , España es más que una marca
pero marca muchísimo y lo que es peor marca tendencia entre una banda de
patriotas descerebrados como los que irrumpieron hace unos días en la librería
catalana Blanquerna con el brazo en alto y el gas pimienta. Cuando oigo hablar
de patriotismo echo mano a la cartera para ver si sigue en su sitio y luego
recuerdo unos versos de Bertolt Brecht que cantaba Adolfo Celdrán: “Otra vez se
oye hablar de grandeza/ Ana no llores el tendero nos fiará.”
Fuente: www.publico.es

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