Publicado en 2013/09/18
Vicenç
Navarro
Una característica del tiempo que
vivimos es la creencia, ampliamente extendida en los mayores fórums políticos y
mediáticos del país, de que las clases sociales han dejado de existir. Aunque
se acepta que en periodos anteriores las clases sociales hubieran existido, hoy
se cree que han dejado de existir (o han dejado de ser relevantes en el estudio
del comportamiento social) debido a los dramáticos cambios que ha sufrido la
estructura social. En consecuencia, términos y conceptos como burguesía,
pequeña burguesía y clase trabajadora han dejado de utilizarse para definir los
distintos colectivos en los que la ciudadanía se ubica. En lugar de estos
términos, la sabiduría convencional ha redefinido la estructura social
catalogando a la población en tres categorías: los ricos, las clases medias y
los pobres.
En
esta categorización, a la mayoría de la población se la cataloga como
perteneciente a las clases medias, tomando como característica
definitoria el nivel de renta del individuo, independientemente del origen de
tal renta o de la relación que tenga con los medios que producen esas rentas.
Se incluyen así en estas clases medias un amplio abanico de rentas, que van
desde los que son casi ricos a los que son casi pobres, abarcando de esta
manera a la gran mayoría de la población. Para probar la veracidad y certeza de
este análisis, los que presentan esta redefinición de la estructura social
presentan encuestas que muestran que la mayoría de la ciudadanía se define como
perteneciente a la clase media. Estas encuestas, sin embargo, son poco
creíbles por la manera como se hace la pregunta en dichas encuestas:
“¿Pertenece usted a la clase alta, a las clases medias, o a la clase baja?”.
Puesto que se asume que la llamada clase alta son los ricos y la clase baja son
los pobres, la identificación de la población con la clase media quiere decir
(y solo quiere decir esto) que la mayoría de la población no se consideran ni
ricos ni pobres, con lo cual tal identificación carece de relevancia y valor
explicativo de comportamiento social.
Ahora
bien, la definición de la mayoría de la población como clase media no es
inocente. Por extraño que parezca, responde a un proyecto político
profundamente conservador que intenta, por todos los medios, la desaparición de
las categorías de clase social de los análisis sociales científicos (que
derivan de todas las tradiciones sociológicas, desde Marx a Weber) y sobre todo
de la categoría de lucha de clases, categorías definidas como “anticuadas” por
la sabiduría convencional que se reproduce también entre las izquierdas.
Se quiere hacer olvidar cómo el poder se genera y reproduce, que continúa
basándose primordialmente, aunque no exclusivamente, en la relación que la
población tiene con los medios que generan y distribuyen riqueza y rentas, así
como en el tipo y condiciones de su trabajo. Las categorías de raza y género
continúan siendo categorías de poder que nos ayudan a entender también cómo se
genera y reproduce el poder en nuestras sociedades. Pero la categoría clase
social continúa jugando un papel fundamental para entender a nuestras
sociedades, así como a sus instituciones. (En un artículo reciente he mostrado
cómo el conflicto Capital-Trabajo ha jugado un papel determinante en la crisis
financiera y económica actual -“Capital-Trabajo, el origen de la crisis actual”. Monde Diplomatique. Julio
2013-).
La
realización de este hecho está reapareciendo muy rápidamente en estos momentos
de profunda crisis financiera, económica y política. Y un caso claro es lo que
está ocurriendo en EEUU, donde la percepción conservadora de la estructura
social se inició, extendiéndose a otros países. La revista Truthout
acaba de publicar una recopilación de datos sobre cambios en la pobreza en
EEUU, Gary Lapon “Poor Prospects in a ‘Middle Class’ Society” (18.08.13), en
que muestra la validez de las categorías de clases sociales para entender la
situación de EEUU. En realidad, la mayoría de las clases medias son clase
trabajadora cuya situación está deteriorándose muy rápidamente. Y los pobres
son, también, en su gran mayoría, miembros de la clase trabajadora.
Según
el censo de EEUU, en el año 2011 había 46,2 millones de estadounidenses
considerados pobres, representando el 15% de la población (308 millones). El
nivel de pobreza es de 11.900 dólares al año para un individuo y de 23.550
dólares al año para una familia de cuatro personas. El Economic Policy
Institute, EPI, uno de los centros de análisis económicos de mayor
credibilidad en EEUU, indica que esta cifra es muy inferior a la que debería
considerarse como mínima para llevar una vida modesta pero digna (que se
calcula, es el doble de estas cantidades). Algo menos de la mitad (40%) de la
población estaría en esta condición.
Y
este porcentaje ha ido aumentando, resultado, sobre todo, del deterioro del
mercado laboral, y muy en especial del descenso salarial. Mientras que el 60%
de la población trabajadora tiene salarios que van de los 14 a los 21 dólares
por hora, en la gran mayoría (el 58%) de nuevos puestos de trabajo pagan
mucho menos. Solo el 22% pertenecen a los primeros niveles. Esto ha forzado el
pluriempleo, una condición común que incluso no es suficiente para salir del
nivel de pobreza de la población. En realidad, la mayoría de pobres son
trabajadores de baja cualificación, cuyo salario no les permite salir de la
pobreza.
¿Existe lucha de
clases?
Este
empobrecimiento de los diferentes componentes de la clase trabajadora y de
sectores importantes de las clases medias que derivan sus ingresos de la renta
del trabajo, junto con el enorme enriquecimiento de las rentas superiores que
derivan sus rentas de la propiedad del capital, ha llevado a una polarización
de la estructura social con un claro resurgimiento de la conciencia de clase.
Varias
encuestas (véase la Pew Survey. 01.11.2013) han mostrado el gran crecimiento de
la conciencia de clase y de la percepción de conflicto existente en tales
clases, percepción que se ha dado en todos los sectores de la población. Así,
el porcentaje de la población que indica que hay una lucha de clases (class
conflict) ha subido de un 43% en 2009 a un 65% en 2012, porcentaje que
alcanza incluso cifras mayores (un 74%) entre los afroamericanos. Entre los
latinos es un 61%. Es también interesante indicar que entre la población joven
(18-34 años) esta percepción (71%) era mayor que en los otros grupos etarios.
Ni
que decir tiene que la composición de las clases sociales ha ido variando
(siempre ha estado variando), así como la manera como se produce y expresa
dicho conflicto. Por regla general, las clases más pudientes rechazan el
concepto de conflicto de clases, y solo lo utilizan cuando ven que las otras
clases toman acciones en defensa de sus intereses que afectan negativamente los
intereses de las clases más pudientes. Así, el Partido Republicano,
hegemonizado por la ultraderecha, acusa al movimiento sindical de incentivar la
lucha de clases cuando propone aumentar los impuestos sobre los beneficios del
capital. Pero en cambio, no utiliza tal expresión cuando se han bajado esos
impuestos a costa de aumentar los impuestos sobre el trabajo.
Hoy
la polarización social, con la enorme concentración del poder financiero y
económico, ha redefinido la lucha de clases, creándose una alianza de clases
(la clase trabajadora con componentes de la clase media, que constituyen las
clases populares) frente a una minoría que incluye los miembros de las élites
económicas y financieras, aliadas a las élites de los partidos dominantes y
mayores medios de información, que hoy dominan la vida política y económica de
nuestros países.
El
eslogan utilizado por el movimiento Occupy Wall Street, el 1% en contra
del 99%, intenta reflejar esta realidad, aun cuando supone una simplificación
que tiene costes políticos, pues el 1% (en realidad es un porcentaje incluso
menor el sector de la población que posee los medios de producción de bienes y
servicios. En Catalunya son, como reconocía uno de ellos, el Sr. Millet, ex
Presidente del Palau de la Música, persona conocedora como nadie de cómo
funciona la burguesía catalana, solo 400 familias) tiene como aliados otro 9% ó
15% de la población (los sectores de las clases medias de rentas altas
encargadas de la gestión y gobernanza del sistema, que incluye sectores
importantes como los propietarios y gestores de los mayores medios de
información) que juega un papel clave en la reproducción de su poder.
De ahí que el eslogan del conflicto
entre los de abajo contra los de arriba, aunque exitoso desde el punto de vista
mediático, sea insuficiente, pues no tiene la suficiente característica
definitoria de señalar por qué unos están arriba y otros están abajo. Las
categorías científicas de clases trabajadoras y medias (o clases populares)
frente a las clases dominantes, llámense burguesía, clase capitalista o Corporate
Class como en EEUU, describe mejor lo que está ocurriendo, que es un
conflicto entre las clases populares, que son la mayoría de la población en
cualquier país, y la minoría, que deriva su poder de clase de la propiedad de
los medios de producción y distribución, así como de los medios de legitimación
y persuasión, y sus aliados en las distintas ramas del estado encargadas de
reproducir su dominio sobre la mayoría de la población. Así de claro.
[Aconsejo la lectura
del libro The Democratic Class
Struggle, por desgracia nunca traducido y publicado en España, de mi
amigo Walter Korpi, el analista más interesante e influyente entre las fuerzas
progresistas del norte de Europa y de gran influencia en el mundo
académicoanglosajón. En España aconsejo el excelente libro de Marina Subirats, Barcelona: de la necesidad a la
libertad. Les clases sociales en los albores del siglo XXI].
Fuente: www.publico.es

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