Si crece el
nacionalismo, más próximo al acto de fe que a la cultura democrática, destruirá
otra vez el porvenir de España. Por eso hay que combatirlo sin complejos en
nombre de la libertad
FERNANDO VICENTE
El mejor artículo que he leído
sobre el tema del independentismo catalán, que, aunque parezca mentira, está
hoy en el centro de la actualidad española, lo ha escrito Javier Cercas, que es
tan buen novelista como comentarista político. Apareció en El País Semanal el
15 de septiembre y en él se desmonta, con impecable claridad, la argucia de los
partidarios de la independencia de Cataluña para atraer a su bando a quienes,
sin ser independentistas, parezcan serlo, pues defienden un principio
aparentemente democrático: el derecho a decidir.
Allí se explica que, en una
democracia, la libertad no supone que un ciudadano pueda ejercerla sin tener en
cuenta las leyes que la enmarcan y decidir, por ejemplo, que tiene derecho a
transgredir todos los semáforos rojos. La libertad no puede significar
libertinaje ni caos. La ley que en España garantiza y enmarca el ejercicio de
la libertad es una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de los
españoles (y, entre ellos, un enorme porcentaje de catalanes) que establece, de
manera inequívoca, que una parte de la nación no puede decidir segregarse de
ésta con prescindencia o en contra del resto de los españoles. Es decir, el
derecho a decidir si Cataluña se separa de España sólo puede ejercerlo quien es
depositaria de la soberanía nacional: la totalidad de la ciudadanía española.
Ahora bien, Cercas dice, con mucha
razón, que si hubiera una mayoría clara de catalanes que quiere la
independencia, sería más sensato (y menos peligroso) concedérsela que
negársela, porque a la larga es “imposible obligar a alguien estar donde no
quiere estar”. ¿Cómo saber si existe esa mayoría sin violar el texto
constitucional? Muy sencillo: a través de las elecciones. Que los partidos
políticos en Cataluña declaren su postura sobre la independencia en la próxima
consulta electoral. Según aquel, si Convergencia y Unión lo hiciera, perdería
esas elecciones, y por eso ha mantenido sobre ese punto, en todas las consultas
electorales, una escurridiza ambigüedad. Al igual que él, yo también creo que,
a la hora de decidir, el famoso seny catalán prevalecería y sólo una
minoría votaría por la secesión.
El soberanismo avanza y no hay una movilización
contra los mitos, las mentiras y la demagogia
¿Por cuánto tiempo más? Cara al
futuro, tal vez Javier Cercas sea más optimista que yo. Viví casi cinco años en
Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida-
y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los
había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que
mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas
feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van
las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo
quieran- en una mayoría. “Al paso que van las cosas” quiere decir, claro está,
sin que la mayoría de españoles y de catalanes que son conscientes de la
catástrofe que la secesión sería para España y sobre todo para la propia
Cataluña, se movilicen intelectual y políticamente para hacer frente a las
inexactitudes, fantasías, mitos, mentiras y demagogias que sostienen las tesis
independentistas.
El nacionalismo no es una doctrina
política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan
las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la
cultura democrática. Eso explica que el President Artur Mas pueda
comparar su campaña soberanista con la lucha por los derechos civiles de Martin
Luther King en los Estados Unidos sin que sus partidarios se le rían en la
cara. O que la televisión catalana exhiba en sus pantallas a unos niños
adoctrinados proclamando, en estado de trance, que a la larga “España será
derrotada”, sin que una opinión pública se indigne ante semejante manipulación.
El nacionalismo es una construcción
artificial que, sobre todo en tiempos difíciles, como los que vive España,
puede prender rápidamente, incluso en las sociedades más cultas –y tal vez
Cataluña sea la comunidad más culta de España- por obra de demagogos o
fanáticos en cuyas manos “el país opresor” es el chivo expiatorio de todo
aquello que anda mal, de la falta de trabajo, de los altos impuestos, de la
corrupción, de la discriminación, etcétera, etcétera. Y la panacea para salir
de ese infierno es, claro está, la independencia.
¿Por qué semejante maraña de
tonterías, lugares comunes, flagrantes mentiras puede llegar a constituir una
verdad política y a persuadir a millones de personas? Porque casi nadie se ha
tomado el trabajo de refutarla y mostrar su endeblez y falsedad. Porque los
gobiernos españoles, de derecha o de izquierda, han mantenido ante el
nacionalismo un extraño complejo de inferioridad. Los de derechas, para no ser
acusados de franquistas y fascistas, y los de izquierda porque, en una de las
retractaciones ideológicas más lastimosas de la vida moderna, han legitimado el
nacionalismo como una fuerza progresista y democrática, con el que no han
tenido el menor reparo en aliarse para compartir el poder aun a costa de
concesiones irreparables.
Así hemos llegado a la sorprendente
situación actual. En la que el nacionalismo catalán crece y es dueño de la
agenda política, en tanto que sus adversarios brillan por su ausencia, aunque
representen una mayoría inequívoca del electorado nacional y seguramente
catalán. Lo peor, desde luego, es que quienes se atreven a salir a enfrentarse
a cara descubierta a los nacionalistas sean grupúsculos fascistas, como los que
asaltaron la librería Blanquerna de Madrid hace unos días, o viejos paquidermos
del antiguo régimen que hablan de “España y sus esencias”, a la manera
falangista. Con enemigos así, claro, quién no es nacionalista.
Pertenecer a una nación no puede ser un valor porque
ello deriva en xenofobia y racismo
Al nacionalismo no hay que
combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó
naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del
nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere regresar
al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la
tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero
epifenómeno de la colectividad, sin vida propia. Pertenecer a una nación no es
ni puede ser un valor ni un privilegio, porque creer que sí lo es deriva
siempre en xenofobia y racismo, como ocurre siempre a la corta o a la larga con
todos los movimientos nacionalistas. Y, por eso, el nacionalismo está reñido
con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que
dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su
religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de
coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni
penalizado por ello.
Hay muchas cosas que sin duda andan
mal en España y que deberán ser corregidas, pero hay muchas cosas que asimismo
andan bien, y una de ellas –la más importante- es que ahora España es un país
libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas
sus regiones. Y no hay mentira más desaforada que decir que las culturas
regionales son objeto de discriminación económica, fiscal, cultural o política.
Seguramente el régimen de autonomías puede ser perfeccionado; el marco legal
vigente abre todas las puertas para que esas enmiendas se lleven a cabo y sean
objeto de debate público. Pero nunca en su historia las culturas regionales de
España –su gran riqueza y diversidad- han gozado de tanta consideración y respeto,
ni han disfrutado de una libertad tan grande para continuar floreciendo como en
nuestros días. Precisamente, una de las mejores credenciales de España para
salir adelante y prosperar en el mundo globalizado es la variedad de culturas
que hace de ella un pequeño mundo múltiple y versátil dentro del gran teatro
del mundo actual.
El nacionalismo, los nacionalismos,
si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años,
destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al
subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y
en nombre de la libertad.
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Fuente: www.elpais.com

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