Sobre los ataques a
la Monarquía tras el «caso Urdangarín»
05.03.2013 | 17:16
Luis Arias Argüelles-Meres
Y nuestros partidos de Gobierno no son más que unas cuantas familias que viven acampadas sobre el país, presidiendo esta orgía, trasmitiéndose de generación en generación, de nulidad en nulidad, los grandes puestos, con una impudicia execrable, que toman en boca los nombres de patria, justicia y libertad para sostener la mentira sin que se quemen sus labios. (Azaña)
Y nuestros partidos de Gobierno no son más que unas cuantas familias que viven acampadas sobre el país, presidiendo esta orgía, trasmitiéndose de generación en generación, de nulidad en nulidad, los grandes puestos, con una impudicia execrable, que toman en boca los nombres de patria, justicia y libertad para sostener la mentira sin que se quemen sus labios. (Azaña)
Cada vez está más claro que, a pesar del carácter
descaradamente cortesano de muchos medios, la Monarquía no sólo está dejando de
ser un asunto tabú, sino que además las encuestas vienen atestiguando que su
desprestigio va en aumento. No cabe ninguna duda de que la escandalera
originada en torno a las actividades empresariales del yerno del actual jefe
del Estado contribuye decisivamente a ello, así como la desafortunada cacería
de elefantes en un momento en que la crisis golpea duramente a la ciudadanía.
Dicho esto, convendría no dejarse llevar por lo aparatoso y estridente, centrando la cuestión en argumentos racionales y profundos. Para empezar, decantarse por el republicanismo no tiene por qué ser la consecuencia de comportamientos poco edificantes por parte del Monarca o de sus familiares. No existe ninguna garantía -perdón por la obviedad- de que un presidente de la República nunca incurriese en corruptelas. Distinta cosa es que la podredumbre de nuestro sistema tenga mucho que ver con la forma en que se forjó la transición. De ahí, los vasos comunicantes que conducen a la ruina y a la indignación.
Dicho esto, convendría no dejarse llevar por lo aparatoso y estridente, centrando la cuestión en argumentos racionales y profundos. Para empezar, decantarse por el republicanismo no tiene por qué ser la consecuencia de comportamientos poco edificantes por parte del Monarca o de sus familiares. No existe ninguna garantía -perdón por la obviedad- de que un presidente de la República nunca incurriese en corruptelas. Distinta cosa es que la podredumbre de nuestro sistema tenga mucho que ver con la forma en que se forjó la transición. De ahí, los vasos comunicantes que conducen a la ruina y a la indignación.
Para apelar a la República, hay que tener en cuenta
nuestra propia historia. Las palabras que encabezan este artículo las escribió
Azaña en 1911. Y podrían ser esgrimidas aquí y ahora. Entonces, como en este
momento, la Restauración borbónica estaba totalmente desprestigiada, y, con
ella, los principales partidos que la habían sustentado. No es nueva -vive el
cielo- la desafección política.
Para apelar a la República es obligado ser conscientes de
los peligros que trae consigo el rechazo a la política. A este respecto, hay
unas palabras de Azaña, pertenecientes al mismo texto de la cita anterior, tan
certeras como actuales: «No odiéis ni os apartéis de la política, porque sin
ella no nos salvaremos. Si política es arte de gobernar a un pueblo, hagamos
todos política y cuanta más mejor, porque sólo así podremos gobernarnos a
nosotros mismos e impedir que nos desgobiernen otros».
Y es que la presente situación, entre los inquietantes
riesgos que comporta, puede derivar en un golpe tecnocrático a la italiana, o
en un triunfo populista, que harían cierto el tópico de que cualquier
situación, por mala que sea, siempre resulta susceptible de empeorar.
Apelar a la República conlleva, como antes dije, memoria, la misma que el franquismo sepultó y que la transición destinó a sótanos y desvanes llenos de mugre y polilla. Memoria del significado del republicanismo español que apostaba, sin titubeos ni tibiezas, por una sociedad más justa y más culta.
Apelar a la República conlleva, como antes dije, memoria, la misma que el franquismo sepultó y que la transición destinó a sótanos y desvanes llenos de mugre y polilla. Memoria del significado del republicanismo español que apostaba, sin titubeos ni tibiezas, por una sociedad más justa y más culta.
Apelar a la República implicaría también regeneración. El
problema no está, ni mucho menos, en la política, sino en los políticos
actuales profesionalizados, que -¡oh, paradoja!- se encuentran atrincherados en
los búnkeres de sus privilegios, y no abandonarán tan provechosos enclaves en
tanto la ciudadanía no se plante con dignidad y determinación.
Y es que, hablando de política, aquí hay cosas
vergonzantemente atípicas: una derecha, fundada por un ex ministro de Franco,
y, frente a ella, una izquierda de siglas, el PSOE, que aceptó el papel de
partido sagastino, que renunció a reivindicar no sólo su memoria, sino también
sus postulados más irrenunciables, que tienen mucho que ver con la apuesta por
la enseñanza pública de calidad y con el rigor y la honestidad de los
dirigentes políticos.
Y es que, hablando de política y de vida pública, sólo hay
un vivero posible para esa regeneración que tanto se invoca, y ese vivero es la
ciudadanía que se sienta implicada en todo lo concerniente a cómo se administra
y gobierna su país. Y de ese vivero, en el mejor de los supuestos posibles,
saldrían gentes que ventilasen la atmósfera viciada de los partidos existentes,
o bien que creasen otras formaciones políticas para nuestro aquí y ahora.
No tengo ninguna duda del fracaso de esta 2.ª Restauración
borbónica en la que estamos. No tengo ninguna duda acerca de la pertinencia de
apelar al republicanismo. No oculto que el ver flamear banderas tricolores en
las manifestaciones me reconforta y hasta me emociona.
Pero estoy completamente persuadido de que aquí no serviría, como en la transición, una reforma lampedusiana que pusiese de presidente de la República a personajes como González o Aznar. Sería otra pantomima menos duradera que la que se pactó tras la muerte de Franco.
Apelar a la República comporta la ruptura que no se hizo en la transición y que podría llevarse a cabo en el momento mismo en el que la ciudadanía tomase la antorcha de su propio destino, sin maquillajes, sin cambios cosméticos; con la lección bien aprendida del pasado, del más reciente y también del más lejano, que tantas infamias recibió y sigue recibiendo.
Pero estoy completamente persuadido de que aquí no serviría, como en la transición, una reforma lampedusiana que pusiese de presidente de la República a personajes como González o Aznar. Sería otra pantomima menos duradera que la que se pactó tras la muerte de Franco.
Apelar a la República comporta la ruptura que no se hizo en la transición y que podría llevarse a cabo en el momento mismo en el que la ciudadanía tomase la antorcha de su propio destino, sin maquillajes, sin cambios cosméticos; con la lección bien aprendida del pasado, del más reciente y también del más lejano, que tantas infamias recibió y sigue recibiendo.
Me consta que las apelaciones de las que vengo hablando
están en marcha; falta hace que no haya desmayos en las voluntades y que la ciudadanía
las haga suyas con una irrenunciable apuesta de futuro.
Fuente: http://www.lne.es/

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