Tras el anuncio de la
posible muerte de su madre
Lunes,
13 de mayo de 2013
Por
Ernesto Guevara / De la revista digital argentina La Fogata
Este es un impactante relato testimonial escrito por el Che en el Congo. Ocupa en su versión original, de la que fue tomado, diez caras de su libreta de apuntes, y está escrito allí directamente, con pocas correcciones en sus páginas.
Este es un impactante relato testimonial escrito por el Che en el Congo. Ocupa en su versión original, de la que fue tomado, diez caras de su libreta de apuntes, y está escrito allí directamente, con pocas correcciones en sus páginas.
El tema del relato —el anuncio de la posible muerte de Celia, su madre— ubica
su escritura en algún momento posterior al 22 de mayo de 1965. Osmany
Cienfuegos llevó al Che ese día “la noticia más triste de la
guerra: en conversación telefónica desde buenos Aires informaban que mi madre
estaba muy enferma, con un tono que hacía presumir que ese era simplemente un
anuncio preparatorio. (…) Tuve que pasar un mes en esa triste incertidumbre,
esperando resultados de algo que adivinaba pero con la esperanza de que hubiera
un error en la noticia, hasta que llegó la confirmación del deceso de mi
madre”.
En medio de “esa triste incertidumbre”, el Che construye
este relato de fuerte tono introspectivo, en el que conviven las reflexiones
filosóficas, la ironía, el dolor y la ternura. Es probablemente el relato más
crudo, intenso y conmovedor que haya escrito.
LA PIEDRA
Me lo dijo como se deben decir estas cosas a un hombre fuerte, a un
responsable, y lo agradecí. No me mintió preocupación o dolor y traté de no
mostrar ni lo uno ni lo otro. ¡Fue tan simple!
Además había que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me
pregunté si se podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es
impersonal; no es que se le niegue el derecho a sentir, simplemente, no debe
mostrar que siente lo de él; lo de sus soldados, tal vez.
—Fue un
amigo de la familia, le telefonearon avisándole que estaba muy grave, pero yo
salí ese día.
—Grave,
¿de muerte?
—Sí.
—No dejes
de avisarme cualquier cosa.
En cuanto
lo sepa, pero no hay esperanzas. Creo.
Ya se había ido el mensajero de la muerte y no tenía confirmación. Esperar era
todo lo que cabía. Con la noticia oficial decidiría si tenía derecho o no a
mostrar mi tristeza. Me inclinaba a creer que no.
El sol mañanero golpeaba fuerte después de la lluvia. No había nada extraño en ello; todos los días llovía y después salía el sol y apretaba y expulsaba la humedad. Por la tarde, el arroyo sería otra vez cristalino, aunque ese día no había caído mucha agua en las montañas; estaba casi normal.
El sol mañanero golpeaba fuerte después de la lluvia. No había nada extraño en ello; todos los días llovía y después salía el sol y apretaba y expulsaba la humedad. Por la tarde, el arroyo sería otra vez cristalino, aunque ese día no había caído mucha agua en las montañas; estaba casi normal.
—Decían
que el 20 de mayo dejaba de llover y hasta octubre no caía una gota de agua.
—Decían…
pero dicen tantas cosas que no son ciertas.
—¿La naturaleza se guiará por el calendario? No me importaba si la naturaleza
se guiaba o no por el calendario. En general, podía decir que no me importaba
nada de nada, ni esa inactividad forzada, ni esta guerra idiota, sin objetivos.
Bueno, sin objetivo no; solo que estaba tan vago, tan diluido, que parecía
inalcanzable, como un infierno surrealista donde el eterno castigo fuera el
tedio. Y, además, me importaba. Claro que me importaba.
Hay que encontrar la manera de romper esto, pensé. Y era fácil pensarlo; uno
podía hacer mil planes, a cual más tentador, luego seleccionar los mejores,
fundir dos o tres en uno, simplificarlo, verterlo al papel y entregarlo. Allí
acababa todo y había que empezar de nuevo. Una burocracia más inteligente que
lo normal; en vez de archivar, lo desaparecían. Mis hombres decían que se lo
fumaban, todo pedazo de papel puede fumarse, si hay algo dentro. Era una
ventaja, lo que no me gustara podía cambiarlo en el próximo plan. Nadie lo
notaría. Parecía que eso seguiría hasta el infinito.
Tenía deseos de fumar y saqué la pipa. Estaba, como siempre, en mi bolsillo. Yo
no perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy importante para mí
tenerla. En los caminos del humo se puede remontar cualquier distancia, diría
que se pueden creer los propios planes y soñar con la victoria sin que parezca
un sueño; solo una realidad vaporosa por la distancia y las brumas que hay
siempre en los caminos del humo. Muy buena compañera es la pipa; ¿cómo perder
una cosa tan necesaria? Qué brutos.
No eran tan brutos; tenían actividad y cansancio de actividad. No hace falta
pensar entonces y ¿para qué sirve una pipa sin pensar? Pero se puede soñar. Sí,
se puede soñar, pero la pipa es importante cuando se sueña a lo lejos; hacia un
futuro cuyo único camino es el humo o un pasado tan lejano que hay necesidad de
usar el mismo sendero. Pero los anhelos cercanos se sienten con otra parte del
cuerpo, tienen pies vigorosos y vista joven; no necesitan el auxilio del humo.
Ellos la perdían porque no les era imprescindible, no se pierden las cosas
imprescindibles.
¿Tendría algo más de ese tipo? El pañuelo de gasa. Eso era distinto; me lo dio
ella por si me herían en un brazo, sería un cabestrillo amoroso. La dificultad
estaba en usarlo si me partían el carapacho. En realidad había una solución
fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la quijada y me iría con
él a la tumba. Leal hasta en la muerte. Si quedaba tendido en un monte o me
recogían los otros no habría pañuelito de gasa; me descompondría entre las
hierbas o me exhibirían y tal vez saldría en el Life con una mirada
agónica y desesperada fija en el instante del supremo miedo. Porque se tiene
miedo, a qué negarlo.
Por el humo, anduve mis viejos caminos y llegué a los rincones íntimos de mis
miedos, siempre ligados a la muerte como esa nada turbadora e inexplicable, por
más que nosotros, marxistas-leninistas explicamos muy bien la muerte como la
nada. Y, ¿qué es esa nada? Nada. Explicación más sencilla y convincente
imposible. La nada es nada; cierra tu cerebro, ponle un manto negro, si
quieres, con un cielo de estrellas distante, y esa es la nada-nada;
equivalente: infinito.
Uno sobrevive en la especie, en la historia, que es una forma mistificada de
vida en la especie; en esos actos, en aquellos recuerdos. ¿Nunca has sentido un
escalofrío en el espinazo leyendo las cargas al machete de Maceo?: eso es la
vida después de la nada. Los hijos; también. No quisiera sobrevivirme en mis
hijos: ni me conocen; soy un cuerpo extraño que perturba a veces su
tranquilidad, que se interpone entre ellos y la madre.
Me imaginé a mi hijo grande y ella canosa, diciéndole, en tono de reproche: tu
padre no hubiera hecho tal cosa, o tal otra. Sentí dentro de mí, hijo de mi
padre yo, una rebeldía tremenda. Yo hijo no sabría si era verdad o no que yo
padre no hubiera hecho tal o cual cosa mala, pero me sentiría vejado,
traicionado por ese recuerdo de yo padre que me refregaran a cada instante por
la cara. Mi hijo debía ser un hombre; nada más, mejor o peor, pero un hombre.
Le agradecía a mi padre su cariño dulce y volandero sin ejemplos. ¿Y mi madre?
La pobre vieja. Oficialmente no tenía derecho todavía, debía esperar la
confirmación.
Así andaba, por mis rutas del humo cuando me interrumpió, gozoso de ser útil,
un soldado.
—¿No se
le perdió nada?
—Nada
—dije, asociándola a la otra de mi ensueño.
—Piense
bien.
Palpé mis
bolsillos; todo en orden.
—Nada.
—¿Y esta
piedrecita? Yo se la vi en el llavero.
—Ah,
carajo.
Entonces me golpeó el reproche con fuerza salvaje. No se pierde nada necesario,
vitalmente necesario. Y, ¿se vive si no se es necesario? Vegetativamente sí, un
ser moral no, creo que no, al menos.
Hasta sentí el chapuzón en el recuerdo y me vi palpando los bolsillos con
rigurosa meticulosidad, mientras el arroyo, pardo de tierra montañera, me
ocultaba su secreto. La pipa, primero la pipa; allí estaba. Los papeles o el
pañuelo hubieran flotado. El vaporizador, presente; las plumas aquí; las
libretas en su forro de nylon, sí; la fosforera, presente también, todo en
orden. Se disolvió el chapuzón.
Solo dos recuerdos pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi mujer y
el llavero con la piedra, de mi madre, muy barato este, ordinario; la piedra se
despegó y la guardé en el bolsillo.
¿Era clemente o vengativo, o solo impersonal como un jefe, el arroyo? ¿No se llora
porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay derecho a olvidar, aún en la
guerra? ¿Es necesario disfrazar de macho al hielo?
Qué se yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: “mi viejo”, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”…
Qué se yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: “mi viejo”, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”…
—¿Está
fuerte? A mí también me hace efecto; ayer casi me caigo cuando me iba a
levantar. Es que no lo dejan secar bien parece.
—Es una
mierda, estoy esperando el pedido a ver si traen picadura como la gente. Uno
tiene derecho a fumarse aunque sea una pipa, tranquilo y sabroso ¿no?…

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