Artículos de Opinión | Isaac Salinas | 13-05-2013
La
moneda única del euro es una herramienta de clase con la que el 99% debe acabar
para poner fin a la austeridad, tal como se ha puesto en evidencia con la
experiencia de Chipre.
El
16 de marzo, el nuevo presidente de Chipre anunciaba: “O aceptamos las
condiciones del rescate o nos enfrentamos al colapso total, con una posible
salida del euro”. ¿Por qué los líderes europeos tienen tanto miedo a salir de
la eurozona? ¿Por qué se empeñan en preservar la moneda única aun a costa de la
miseria para el 99%?
El
euro es muy importante para la clase dirigente de Europa. Junto con la Unión
Europea (UE), ha ayudado a empresarios europeos a mejorar su posición relativa
en el sistema capitalista mundial. Se creó en 1999, cuando la economía mundial
estaba en crecimiento; de ahí su “éxito” inicial. Forjó un mercado para las
exportaciones alemanas y facilitó enormes beneficios para los bancos alemanes,
franceses y británicos. La moneda única ha sido publicitada como el resultado
lógico de un largo proceso de integración económica en toda Europa.
Pero
compartir una moneda tiene consecuencias negativas para las economías más
débiles del sur de Europa. Atrapada en los mismos tipos de cambio y bajas tasas
de interés que la gigante Alemania, para la llamada “periferia” el euro ha
supuesto dificultad para exportar y verse inundada con crédito barato
procedente de las instituciones financieras con sede en los estados más ricos
del norte de Europa.
Crisis
Este
desequilibrio entre “centro” y “periferia” ayuda a comprender la crisis de la
deuda que sufrimos en el Estado español. Con la crisis económica, el euro ha
pasado de ser un mecanismo para prestar crédito a un mecanismo para hacer
cumplir la austeridad que impone la clase dominante alemana, en particular. Por
eso decimos que el euro es una trampa para la periferia: mientras mantengan la
moneda única, los países más endeudados estarán encadenados a sus deudas.
Chipre, Grecia, Italia, Portugal, el Estado español, etc., son rehenes de la
UE, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
Esta
“troika” de instituciones se compromete a pagar parte de la deuda mediante el
envío de dinero directamente a los banqueros (los mal llamados “rescates”).
Pero exige a cambio profundos recortes que están causando gran devastación
económica y social.
Si
el euro es un mecanismo de clase que hunde a la periferia en la crisis de la
deuda y presiona a la baja los costes laborales, la conclusión es lógica: hay
que salir del euro. Pero esta medida despierta gran controversia dentro de la
izquierda, por las repercusiones que tendría. Tomemos por ejemplo Chipre, la
economía más cerca hoy de abandonar la moneda. Su expulsión de la zona euro
implicaría una devaluación de facto de la nueva moneda de entre el 30 y el 40%.
Dado su elevadísimo endeudamiento (siete veces su PIB aproximadamente) Chipre
tendría que recurrir al default. Muchas personas y pequeñas empresas, la
columna vertebral de la economía, irían a la quiebra y el país se enfrentaría a
una depresión que podría rivalizar en gravedad con Grecia.
¿Es
ese el único escenario posible si Chipre abandona el euro? Si así fuera,
coincidiríamos con Syriza a favor de la supresión de parte de la deuda de
Grecia y una moratoria en el pago del resto, al mismo tiempo que defiende el
euro. Esta posición es ingenua, por incompatible. No podemos revertir las
políticas de austeridad sin desafiar integralmente a la troika y sus
estructuras.
Decir
no
Otro
relato es posible, y necesario. Un relato alternativo, no obstante, requiere
otros protagonistas: el 99%, las víctimas de la crisis. Podemos decir no al
pago de la deuda y recuperar soberanía sin deteriorar las condiciones de vida
de ese 99%, en un proceso de ruptura con el euro que incluya la nacionalización
de la banca y sectores estratégicos, una redistribución de la riqueza a favor
del trabajo, la introducción de fórmulas de autogestión obrera, etc. Si la
troika puede tomar los bancos y sus depósitos, entonces también puede hacerlo
la izquierda con intereses y efectos radicalmente diferentes. Todo esto supone
ir mucho más allá de la visión post-keynesiana de economistas como Martin Wolf
(Finantial Times), favorables a una salida “ordenada” del euro, pero que solo
aspiran a “restablecer el orden” y devolver la economía a la senda del
crecimiento.
Esto
solo será posible mediante grandes luchas sociales, como la que está librando
el pueblo griego, y la coordinación de la resistencia a nivel europeo. El
futuro del euro es cada vez más oscuro. Debemos tomar las riendas para evitar
un colapso de la moneda única que represente una nueva escalada de austeridad,
e impulsar en su lugar una salida radical que, junto al euro, entierre a la UE
y a este neoliberalismo cada vez más regresivo y antidemocrático.
Hay
fundados temores de que la ruptura de la eurozona alimente los nacionalismos y
a esa extrema derecha que tanta fuerza está ganando en países como Grecia. Sin
duda, la lucha por la hegemonía está servida. La izquierda radical tiene la
misión histórica de ganar a más sectores sociales a una ruptura desde la base
que ponga en primer plano la solidaridad internacional, superar el
aislacionismo nacional y avanzar hacia una Europa de los pueblos. Los fascistas
solo podrán seguir ganando terreno si confiamos en gobiernos que fracasen al
tratar de renegociar las políticas de austeridad con la troika.
Dentro
o fuera del euro, el capitalismo está sumido en una profunda crisis que
trasciende la esfera financiera y la única manera que tiene para salir de ella
la clase dominante es hacer que lo pague la clase trabajadora. Nuestra única
opción, pues, es luchar.
Chipre,
¿talón de Aquiles de la eurozona?
Cuando
en 2008 se produjeron los primeros “rescates” bancarios, los estados asumían la
deuda de la banca y garantizaban los depósitos pequeños y medianos con el fin
de evitar un efecto contagio tras el colapso de Lehman Brothers. A la gente de
a pie nos obligaron a apretarnos aún más el cinturón en nombre de la reducción
de la deuda, que entonces había pasado a las cuentas públicas. Ahora, casi
cinco años después, “rescate” significa robo directo del depositante.
El
simulacro de saqueo a los depósitos bancarios de Chipre que vimos en marzo es
una medida sin precedentes en la UE y refleja la agudización de la crisis de la
deuda. Rompe un tabú en la zona euro y abre la posibilidad de un bankrun
(cuando los clientes de un banco sacan sus ahorros todos a la vez) en el sur de
Europa.
En
el momento de cerrar la edición de este periódico, la posibilidad de que Chipre
salga del euro va cobrando fuerza. Actualmente, más de dos tercios de la
población de Chipre están a favor de salir del euro, tan solo seis años después
de haber adoptado la moneda. Existe un creciente potencial para la
radicalización de la resistencia en la isla, y empieza a caminar un “movimiento
contra la privatización”, impulsado por AKEL (el partido reformista que ha
pasado a la oposición) y parte de la izquierda radical. Sin duda, las protestas
de masas condicionaron que el 19 de marzo el Parlamento chipriota rechazara el
impuesto sobre los depósitos bancarios como contrapartida al “rescate”,
mostrando que vale la pena luchar y que la austeridad no es invencible.
Si
un estado abandona la zona euro, aun siendo una economía diminuta como Chipre,
podría ser el inicio del fin de la moneda única.

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