11.05.2013 |
02:35
ANDRÉS
CEPADAS Ayer, querida Laila, fue el día 21 de Floreal.
Calendrier-republicain
Ese día de 1796
fue detenido por conspiración contra el Estado François (Gracus) Babeuf, que
intentó un golpe revolucionario para restablecer la Constitución de 1793, que
en realidad nunca había entrado en vigor pero que profundizaba en el camino
abierto por la Revolución francesa de 1789. Por cierto que la citada
Constitución proclamaba ya el sufragio universal. Babeuf fue ejecutado un año
más tarde y su intento revolucionario fue conocido por la "conspiración de
los iguales". Efectivamente, desde la misma toma de la Bastilla, la
preocupación de Babeuf era alcanzar de facto la igualdad real de los
ciudadanos, que consideraba fundamental para asegurar las otras dos patas de la
revolución: libertad y fraternidad. Ya en el mismo año 1789 Babeuf propone lo
que se llamó "Catastro perpetuo", de hecho una reforma fiscal a fondo
que incluía un reparto equitativo de todas las propiedades a once fanegas por
hogar. Este intento le valió que fuese considerado como el precursor de las
futuras doctrinas igualitarias, que habían de jugar tan importante papel en el
mundo contemporáneo.
El lema
Libertad, igualdad, fraternidad nace en el periodo revolucionario,
principalmente como un eslogan para el permanente estado de guerra que hubo de
sufrir la Revolución: "¡Libertad, igualdad, fraternidad o la
muerte!", gritaban los ciudadanos. Sin la disyuntiva de la muerte, el
eslogan fue oficialmente asumido para el Estado francés por su Segunda República
en 1848 y está hoy más vigente que nunca, no solo para los franceses, sino
también para muchos pueblos y ciudadanos del mundo, precisamente porque estas
aspiraciones, esenciales para el ser humano, nunca se vieron razonablemente
cumplidas y siguen siendo un objetivo a alcanzar y hacia el que se avanza con
pasos adelante y atrás. Gracus Babeuf tuvo la lucidez de percibir que la clave
para alcanzar las metas de la revolución estaba en conseguir la igualdad real
de los ciudadanos, ya que sin ella no es posible ni la libertad efectiva y
mucho menos la fraternidad que, realmente, es imposible entre desiguales.
La evocación
de Babeuf, querida, me surgió luego de mi conversación contigo, en la que
convenimos que el gran debate actual no es otro que el de la igualdad, en todos
sus aspectos. Desde la igualdad de la mujer, que llevas tan a flor de piel, a
la de todos los ciudadanos ante los efectos y presuntas salidas de la crisis,
pasando por la igualdad de oportunidades, que defendieron el jueves docentes y
discentes en las calles de España; la equidad fiscal, tan en pañales; o la
irritante precariedad de la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la
justicia, que se ha puesto de manifiesto con esta inusitada desimputación
excepcional de la infanta Cristina. Tan inusitada como la misma palabra, que ni
siquiera está en el diccionario y puede que entre antes en la jurisprudencia,
si alguien no lo remedia. Las palabras del Rey, en la Navidad de 2011, "la
justicia es igual para todos", se desmoronaron como castillo de naipes.
Mejor que hubiera dicho: "La justicia debiera ser igual para todos",
expresando así una aspiración general no cumplida, hacia la cual, sin duda,
algunos pasos se han dado, pero quedan muchos por dar, como muy bien demuestra
el caso de su propia hija.
Los ciudadanos
ya sabían que, en la práctica, la justicia no es igual para todos. Recuerdo
aquel abuelo que terminaba siempre el rezo del rosario en familia con un Padre
nuestro "para que Dios nos libre de la justicia". Lo sabían y lo
saben, pero aspiran legítimamente a la igualdad ante la ley y por eso, querida,
los irritan y desmoralizan tanto, pasos atrás de tamaña estridencia.
Un beso.
Andrés
Fuente: www.laopinióncoruna.es

Sin igualdad, no hay libertad ni democracia
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