El 15-M, lo mejor que le ha ocurrido en los últimos 35
años
Extractado del artículo de Juan Carlos
Monedero "¿A dónde va el 15-M? "
El 15M es, sin duda, lo mejor que
le ha pasado a la democracia desde que se murió Franco. Si no
parece mucho, será porque tampoco hemos ganado mucho desde que salimos de la
dictadura. O será que lo que ganamos lo hemos perdido con la misma
vertiginosidad. El que mira siempre está lleno de los propios reflejos.
El 15M es la devolución - con acuse de recibo - a los partidos de la
izquierda y también a los sindicatos de la orden de abandonar las
calles que dieron en 1977, cuando, con ocasión de los mentirosos Pactos de
la Moncloa, nos dijeron que volviéramos al trabajo y a las aulas para que
nos consintieran la democracia. El 15M es la devolución a los partidos de la
derecha de la orden histórica de interiorizar la ausencia de alternativas a lo
existente, para volver a resignarnos como en la larga noche del franquismo o
como en el turnismo del siglo XIX. Es también la devolución a Europa de
la orden de asumir una Constitución demediada y a un rey socializado en
el Palacio del Pardo y en la frivolidad, devolverles a los burócratas europeos
el sentimiento de inferioridad sembrado en nuestro país y la exigencia de una
inserción en la economía comunitaria que pasa por perpetuarnos como los
camareros y los cuidadores de los pudientes y jubilados del continente. Es la
devolución a la patronal de sus órdenes de irnos a trabajar a Laponia o
a poner copas a Londres, de la pretensión de empresarios sobrados de
recuperar el derecho sobre nuestras vidas y, ya de paso, de nuestros
cuerpos.
Las contradicciones insolubles del modelo (o de la corrupción como
consecuencia de la crisis económica)
El modelo neoliberal genera, como diría el clásico, sus propios sepultureros.
La internacionalización del capital, la desregulación financiera, la
deslocalización, el poder de las grandes empresas multinacionales –
los 35 empresarios hispánicos que entrega una carta al rey para que, a su vez,
se la entregue al presidente del gobierno- y el mantenimiento de la tasa de
ganancia de las empresas sostenido sobre los hombres de las mayorías –en forma
de desposesión de bienes y derechos sociales, de robo de la vivienda, de
abaratamiento de la mano de obra o de rescates públicos- necesariamente
expulsa, cuando menos, a un tercio de la población, que ve en un plazo muy
breve cómo su calidad de vida se ve radicalmente cuestionada (aunque si sumamos
al 26% de desempleo, la emigración y la gente que ya está fuera de las
estadísticas, el porcentaje aumenta).
“Durante la transición el Partido comunista
quiso participar, como fuera del aparato de Estado. Creía que, desde ahí, iba a
conquistar pasos esenciales hacia el socialismo. Pero asumió la monarquía, la
bandera, los políticos franquistas, las bases nortamericanas, el papel de la
iglesia…..”
En tiempos de recortes y
pérdida de calidad de vida, la vida desahogada de las élites políticas pasa a
primer plano. Las necesidades generalizadas invitan a la delación, pues la
avidez crece y la discriminación aumenta. Es entonces que la corrupción
política aparece en todo su esplendor. No porque haya más que en otros momentos
–la corrupción es el lubricante del sistema-, sino porque, al haber menos para
repartir, los que se quedan fuera denuncian, al tiempo que los que siempre han
estado fuera y antes toleraban ahora se indignan y dejan de hacer la vista
gorda. El hombre nuevo es el hombre viejo en nuevas circunstancias. Y ésas
todavía no han llegado.
La crisis económica ha abierto los ojos a la crisis política. De pronto, todas
las peleas puntuales parecen unirse en un hilo rojo donde, como siempre en la
historia de este país llamado reino de España, una amplia mayoría está en un
lado, reclamando la emancipación, y una minoría, en el otro, reclamando
resignación y, en su caso, mano dura. ¿Las dos Españas? Una mentira mil veces
repetida. En un lado, el grueso del país. En el otro, los publicistas
(ahora, los medios de comunicación y sus columnistas y tertulianos), la cúpula
de la iglesia y sus soldados catecúmenos, la monarquía, los banqueros, los
terratenientes (ahora constructores e inmobiliarias) y los grandes empresarios.
También los jueces, los notarios y los registradores de la propiedad, junto a
sectores de la alta oficialidad del ejército y de la policía. No faltará algún
que otro catedrático de universidad y alguna tonadillera, los consabidos
mercenarios extranjeros y las familias reales europeas.
Las renuncias tácticas como renuncias
estratégicas
Hubo un tiempo, durante la transición, que la izquierda quiso participar, como
fuera, del aparato del Estado (me refiero al Partido Comunista). Creía
que, desde ahí, iba a conquistar pasos esenciales hacia el socialismo. Por eso
asumió la monarquía, la bandera, los políticos franquistas, la renuncia al
castigo a los golpistas (como acaban de hacer en Guatemala con Ríos Mont), las
bases norteamericanas, el papel de la iglesia, una Constitución donde los derechos
sociales estaban impedidos y donde la democracia participativa estaba ausente.
Hoy sabemos que eso era una ingenuidad. Al igual que, hoy, sería algo peor que
una ingenuidad que el 15M se convirtiera en un partido político. Durante la
transición, las exigencias de Santiago Carrillo pudrieron no pocos
desarrollos. ¿Y hoy, quién exige?
Medir mal los
tiempos es igual que equivocarse. Nunca los cambios han nacido como una
alternativa directa al poder. Primero precisan agotar el momento destituyente,
demostrar que las instituciones vigentes han agotado su ciclo, demostrar la
inanidad de esas personas que aplauden que la Pantoja no entre en la
cárcel o que la Infanta Cristina no vaya, por ahora, a juicio. Convencer a esas
personas que votan al PP porque ya no pueden votar al PSOE y que
“El 15M es la devolución –con acuse de
recibo- a los partidos de izquierda y también a los sindicatos de la orden de
abandonar las calles que dieron en 1977, cuando, con ocasión de los mentirosos
<Pactos de la Moncloa, nos dijeron que volviéramos al trabajo y a las aulas
para que nos consintieran la democracia……”
están esperando a ver si
pueden votar al PSOE porque ya no pueden votar al PP. Hacer ver a la
gente que la nueva formación política que nazca no quiere asumir
responsabilidades para ofrecer lo que ya no pueden otorgar ni el PSOE ni
el PP con sus apoyos puntuales en CiU y el PNV o, llegado el
caso, UPYD. Antes de crear un partido político hay que crear el
movimiento social que necesite un nuevo partido político. Y el instrumento para
convencer a la gente no es, precisamente, un partido político.
El 15M como repolitización en una democracia de baja intensidad
El 15M no ha ganado ninguna guerra, pero ha ayudado en todas las batallas. Igual que el mercado es una poderosísima herramienta que asigna recursos y precios de manera vertiginosa, el 15M asigna conciencias y brazos a todas las posibles peleas de la emancipación. El sistema puede prever dónde se moverá la indignación pero no podrá hacer gran cosa para impedirlo, pues ese espacio está construido por todas las teselas de insatisfacción que, juntas, conforman el mosaico de la alternativa.
El 15M no ha ganado ninguna guerra, pero ha ayudado en todas las batallas. Igual que el mercado es una poderosísima herramienta que asigna recursos y precios de manera vertiginosa, el 15M asigna conciencias y brazos a todas las posibles peleas de la emancipación. El sistema puede prever dónde se moverá la indignación pero no podrá hacer gran cosa para impedirlo, pues ese espacio está construido por todas las teselas de insatisfacción que, juntas, conforman el mosaico de la alternativa.
Es el sistema el que cava su trinchera. Tiene la ventaja de que la
proporción de “norte” que nos ha correspondido hace a una parte de la población
conservadora de su pequeño privilegio. No es tiempo de pesimismos, pero tampoco
de optimismos. Es tiempo de optimismos trágicos o de pesimismos esperanzados.
No es fácil, pero errar promete el infierno y acertar, cuando menos el
purgatorio. El 15M va a seguir impulsando todas las protestas que no
puedan ser usurpadas por una lógica partidista. No está escrito, sin embargo,
que su éxito esté garantizado. Es el necesario pesimismo. A dos años del 15M,
el incremento de conciencia, a día de hoy, ha dejado más espacio libre a los
indigentes intelectuales y morales de la derecha que nos gobiernan. De nada
servirá esta explosión de dignidad popular si no se canaliza hacia
posibilidades de cambio.
En
2011, el 15M tuvo éxito porque carecía de liderazgo, de programa y de
estructura. Ahora corresponde impulsar “liderazgos” (en plural) que
rebajen incertidumbre y generen credibilidad ciudadana (el caso de la PAH es
evidente en ese aspecto). Toca construir un programa de mínimos compartido que
demuestre la irrelevancia del régimen de 1978. Y es hora de articular alguna
forma de organización que haga las labores de sutura entre la democracia
representativa –inevitable en el corto plazo- y las exigencias de participación
popular. Adelantar un partido es un gran error, pues no tiene sentido un
partido si todavía no se ha logrado convertir en sentido común la decadencia
del régimen de la transición. Las carreras aquí son tropiezos prometidos desde
ya. Es tiempo de resistencias que exacerben las contradicciones del sistema. De
formas de organización alternativas que demuestren la virtud de otras maneras
de hacer las cosas. De reflexión y debate camino del nuevo régimen que
sustituya al caduco y lacerante que ahora padecemos. Un proceso constituyente,
que devuelva al pueblo su condición de soberano, parece que va en la dirección
correcta.
El 15M sabe su lado. El 1% también. Falta que el otro 90% decida dónde poner su
esfuerzo. Hay viento en las velas. Se trata ahora de orientarlas.

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