Artículos de
Opinión | Diego Jiménez García | 20-01-2013 |
Cuando,
amable lector, te asomes a este mi primer artículo del nuevo año, llevaré un
día jubilado de la enseñanza. Con fecha 7 de enero, coincidiendo con mi 60
cumpleaños, habré cesado en la actividad que me ha ocupado casi 36 años de mi
vida.
En mi
anterior artículo (Aquellos años de adoctrinamiento) evoqué parte de la etapa
de mi infancia y adolescencia en las aulas. Unos años después, recién estrenada
mi posterior licenciatura en Geografía e Historia en la Universidad de Murcia,
me esperaba el obligado servicio militar, en enero de 1976. Concluí la mili
justo en el momento en que en España se convocaban las primeras elecciones a
Cortes constituyentes, en junio de 1977. Días después, el título de licenciado
me permitió acceder, por oposición, a una plaza docente en la EGB. Mi travesía
por las aulas en aquella etapa me condujo a lugares como Portmán. Qué buenos
dos años aquellos, en contacto con gente del pueblo y foránea, personas que ya
por entonces cuestionaban el encenagamiento de la preciosa bahía por los
vertidos incesantes de la multinacional Peñarroya.
Desde 1980
al 1989 disfruté de plaza definitiva de maestro en Vista Alegre -junto a
Alumbres-, la barriada que me vio crecer. Estuve cómodo en mi lugar de origen,
en el colegio del que incluso llegué a ser director durante un año. Cerca
tenía, como padres de mis alumnos, a quienes habían compartido conmigo, años
atrás, largas tardes estivales jugando al fútbol, en campos de juego
improvisados. Desde 1989 a 1994 encaminé mis pasos hacia la Huerta de Murcia.
Mi traslado al colegio comarcal Antonio Monzón de Beniel me puso en contacto
con una realidad social y cultural por entonces bastante ajena para quien, como
yo, nunca había abandonado los aires del Campo de Cartagena. En el verano de
1993 cambié de cuerpo docente, al acceder a una plaza de secundaria. Tras unos
años de actividad sindical me esperaban las aulas del recién estrenado
instituto de Blanca, localidad en la que estuve desde el curso 2000-01 hasta el
2010, en que, pensando en mi retiro, me acerqué a Murcia. En el IES Miguel
Espinosa han transcurrido estos dos últimos cursos de mi carrera. Y, tras este
pasado primer trimestre, como dije arriba, me he despedido de las aulas.
Experimento,
ante este hecho, una doble sensación. Por un lado, cómo no sentir un cierto
vacío ante la renuncia a ejercer una actividad que ha colmado más de la mitad
de mi vida. En estos años, el encontrarme casualmente con exalumnos que te
recuerdan con cariño, que te reconocen la influencia que pueda haber
determinado mi quehacer docente en sus vidas, es un motivo de satisfacción
personal. Aunque mis encuentros con ellos se han dado con relativa frecuencia, recuerdo
uno particularmente curioso. De regreso de Villarrobledo a Murcia, hace unos
años, un joven que se acercó a saludarme cuando repostaba en la estación de
servicio de Pozo Cañada. Me dijo que volvía a su pueblo desde su trabajo como
montador en Bilbao. Se me presentó como exalumno. Lógicamente, yo no le
recordaba, ni por su fisonomía ni, por supuesto, mucho menos por su nombre. Me
recordó que yo había sido su maestro en Segundo de EGB, nada menos que durante
mi estancia en Portmán, allá por el año 1979. ¡Y de ese hecho hacía 25 años!
Pero junto a
momentos gratos, en los que, cómo no, el contacto con compañeros y compañeras
supone un acicate para estrechar los lazos de amistad e incrementar el
enriquecimiento personal, es indudable que el alarmante deterioro de las
condiciones laborales (que incluyen el incremento de la carga lectiva, el
aumento de las ratios, la disminución salarial), el recorte de gastos de
funcionamiento en nuestros centros, la escasa, por no decir nula, labor
institucional para elevar la consideración social de nuestro trabajo y tantos
otros condicionantes negativos han hecho que muchos de nosotros, docentes
vocacionales (porque sin vocación no es posible dedicarse este noble oficio de
enseñar), hayamos entendido que el final de nuestra trayectoria docente pueda
ser el momento idóneo para seguir enriqueciéndonos en lo personal, sin desdeñar
destinar parte de nuestras energías a lo social. Y en esa nueva etapa estamos.
Quiero
aprovechar mi columna quincenal de La Opinión (en este mes de enero se han
cumplido ya trece años de permanencia en la misma) para, al despedirme de mi
actividad profesional, mandar un emocionado abrazo a quienes, durante estos
años, han compartido conmigo esta noble tarea, pues, en muchos casos, junto a
su amistad, me han brindado todo el apoyo necesario para intentar aprender a
enseñar.
También,
cómo no, un emocionado recuerdo a mis alumnas y alumnos del IES Miguel
Espinosa, mi último centro, pero también una consideración especial a mis
exalumnos de centros y años anteriores. Porque quienes nos dedicamos a este
oficio no sólo intentamos transmitir contenidos sino, sobre todo, inculcar
valores. Y constatamos que todos, profesores y alumnos, nos enriquecemos
mutuamente en nuestra cotidiana convivencia.
Fuente: http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2013/01/08/nueva-etapa/448859.html

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