– 17 enero,
2013Publicado
Eduardo Luque Guerrero.
Profesor de la Universidad de Barcelona.
(…)Mas cada
cual el rumbo siguió de su locura;
Agilitó su
brazo, acreditó su brío;
Dejó como un
espejo bruñida su armadura
y dijo: «El
hoy es malo, pero el mañana… es mío.»
Y es
hoy aquel mañana de ayer… Y España toda,
con sucios
oropeles de Carnaval vestida
aún la
tenemos: pobre y escuálida y beoda (…)
“Una España
joven”
Antonio
Machado, 1914
Ya hace casi
cien años Antonio Machado reflexionaba sobre la condición social de una España
que se acodaba en el balcón de un nuevo siglo. Un país que vivía la pujanza de
movimientos sociales cada vez más fuertes y una enorme masa de población,
“devota de Frascuelo y de María…” como cantaría en otro de sus geniales versos.
Una sociedad enfrentada a la pesadilla de un Imperio desaparecido que se
contemplaba en el espejo de sus propias miserias. Hoy como ayer, aquel
triunfalismo autocomplaciente deja paso a la visión descarnada de nuestras
limitaciones. La política española, despiadada con los más pobres, dirigida por
políticos corruptos, mezquinos y mediocres, se apresta a recrear y profundizar
las fuentes de la exclusión.
Los años de
euforia nos transformaron. Dejamos de definirnos por lo que hacíamos y nos
afirmamos en lo que éramos capaces de consumir. La ética del esfuerzo fue
secuestrada, banalizada por la televisión, y nos fue devuelta como una ética
para el consumo. El modelo social era el éxito fácil; el ladrillo creaba y
recreaba un imaginario colectivo. Ya éramos europeos. España dejaba atrás años
de atraso y tocaba con sus dedos la nueva modernidad.
La clase
obrera renegó de su propia substancia: ya no éramos parados sino desempleados;
no éramos obreros sino clase media. Una fantasía hecha de fragmentos de
explotación, de pobreza cultural, de bajos salarios, de políticas sociales
mezquinas. Han sido años de crecimiento ininterrumpido sobre una falsa verdad:
el ladrillo que no tenía fin. La especulación y la corrupción eran vistas
como parte integrante de este cuadro. Los políticos corruptos se eternizaban en
el poder, aupados por sucesivas mayorías absolutas. El electorado no castigaba
la corrupción, la comprendía; el “Si yo pudiera, haría lo mismo”
era el triste verso de este sainete. Poco importaba que este crecimiento
sostenido en el tiempo naciera de la desindustrialización del país, del cierre
de astilleros, de la deslocalización…. Se nos vendió que era el precio de la
nueva modernidad, la contrapartida de la integración europea, de Maastricht y
el euro.
A muy pocos,
terriblemente pocos, parecía preocuparles. Los ministros de economía
proclamaban que España era el país de Europa donde más fácilmente era posible
enriquecerse. A esta voz corrió parte de la población. El pelotazo inmobiliario
se hizo carta de naturaleza en las conversaciones, aún en las del más humilde
trabajador. Ha sido la época donde los salarios se han depreciado un 8% de
promedio pero el nivel de consumo ha continuado disparado al utilizar la vía
del crédito fácil. El cambio de vivienda, sobre la que especulaba el banco y la
constructora pero también el pequeño ahorrador, era la moneda de cambio en una
espiral que parecía no tener fin. Éramos el ombligo de Europa, los nuevos
ricos, capaces de adelantar a Italia y a poca distancia de la poderosa Francia.
Ahora, la profundidad indiscutible de la depresión económica resitúa en el
subconsciente colectivo los límites reales de nuestra propia afirmación; nos
sitúa frente al espejo y nos retrata tal y como somos.
Esta
sociedad ha visto convertido el despertar en pesadilla. Desaparecida la ficción
del crecimiento sin fin se precisa encontrar un nuevo culpable. El costo
excesivo de los beneficios sociales será el argumento. Hemos vivido por encima
de nuestras posibilidades se dice; precisamente lo proclaman aquellos que han
convertido la política y el robo en analogía. Los voceros sin escrúpulos proclaman
ya la necesidad de suprimir derechos. Primero fueron los extranjeros, después
los excluidos del sistema por el propio sistema, aquellos que sólo tienen
derechos residuales; después, y en un ejercicio de cainismo social, enfrentar
en una competición estéril a unos contra los otros. Si es preciso se atizarán
realidades ficticias o imaginarias de unas comunidades contra las otras; del
“Espanya ens roba” se pasará a la “mezquindad independentista catalana o
vasca”. Al “seny catalán” o la “laboriosidad vasca” se le opondrá el
estereotipo andaluz de la vagancia y del “saber vivir”.
En el
naufragio colectivo los poderosos dibujan soluciones en horizontes
inalcanzables, ocultan así su propia responsabilidad. Poco importa, una
parte de la población nuevamente abordará esos imaginarios botes salvavidas.
“La independència es fàcil” decía un cartel en la última campaña electoral;
querrán oír únicamente el canto de Nausica, creyendo que así se alcanzará
el país de los Feacios, cuando en realidad serán las sirenas quién los conduzca
hacia las monstruosas Scila y Caribidis. Poco importa que los parados
superen de largo los 600.000 en Cataluña o que los desahucios se cuentan por
miles, que la educación o la sanidad catalana entren en barrena. Se dirá…: «El hoy
es malo, pero el mañana… es mío.» Y, frente a ese hoy, se fantaseará con
soluciones mágicas y, por ende, efímeras.
La derrota de la izquierda sindical y política
Pocas y
escasas voces alertan con la coherencia necesaria de esta situación. La
izquierda mayoritaria, obligada a ejercer de contrapeso ideológico frente a la
realidad, ha rehuido sus obligaciones. Atenta únicamente a la última encuesta
demoscópica, difumina el discurso antagónico hasta hacerlo irreconocible. Los
instrumentos políticos y sindicales dejaron de ser considerados como medios
para aparecer como fines; es la forma para hacerlos asumibles por el sistema.
Lo real es lo posible; la institución, el objetivo. Ahuyentadas y desarboladas
las ideologías y las matrices del reconocimiento colectivo sólo queda el abrazo
al poder. La derrota de la izquierda tanto sindical como política ha sido el
paso consiguiente. La magnitud del desastre ha permitido al enemigo imponer su
visión de final de la historia. “El capitalismo es y responde a la
naturaleza misma de los seres humanos”, repite el sistema. Se está
imponiendo la concepción de la resignación, la aceptación de lo real como lo
racional, lo existente como lo único posible. La alternancia en el gobierno (de
nuevo el viejo juego lampedusiano, ”cambiarlo todo para que nada cambie”)
pretende focalizar la luz sobre las marionetas, mientras se nos ocultan las
manos que las dirigen.
La casi
desaparición de la propuesta alternativa de izquierdas en el espectro político
pide ser rellenada. Porque no hay nada más eficaz que una idea que encuentra su
época
Los
fragmentos de este naufragio, la izquierda existente, real o simbólica,
enfrenta una premisa imprescindible: reconocer la calidad y la gravedad de esta
derrota; sólo así se podrá generar una nueva síntesis alternativa. La crisis
del capitalismo ha introducido variables nuevas en esta ecuación social, nos
está obligando a despertar aunque no queramos. Es preciso reconstruir las
fuerza alternativas. Lo alternativo sólo será necesario si sabe crear formas
culturales capaces de contraponerse a lo existente; si es capaz de construir
acción antagónica y propuesta. El reencuentro de los restos de este hundimiento
no ha de basarse en el aislamiento ni el dogmatismo; su función es preservar el
elemento que sirva de amalgama a la creación de otra realidad. El apoyo de los
nuevos/viejos sujetos históricos se hace imprescindible. Se han de encontrar
nexos de contacto con otras narraciones coincidentes. La nueva propuesta no se
debe definir como opción abstracta sino como acción política al servicio de las
necesidades colectivas; no puede ser un mero ejercicio académico o un lugar de
identificación simbólica. La situación de orfandad de las fuerzas antagónicas
sumados a los experimentos frustrados de la izquierda, propician la necesidad
de recrear más que refundar nuevos marcos de acción. Debemos pues recalificar
la política desde la suma y la contaminación de las ideas, las nuevas y las
viejas. Desde una nueva síntesis generadora, que abarque, que englobe y que
sistematice. La casi desaparición de la propuesta alternativa de izquierdas en
el espectro político pide ser rellenada. Porque no hay nada más eficaz que una
idea que encuentra su época.
Todos
temíamos y adivinábamos que, en los recovecos de nuestros sueños, nos esperaba
un iceberg que hundiría este modelo, que no es sino un Titánic de cartón
piedra. Todos lo temíamos, presumíamos su existencia, aunque ninguno
quería despertar de este sueño porque adivinábamos que la pesadilla no era sino
un naufragio.
Fuente: http://www.cronicapopular.es/

No hay comentarios:
Publicar un comentario