Realizó las primeras transfusiones
móviles de la historia y creó el primer banco de sangre con donaciones
voluntarias. Una exposición ha recordado su hazaña.
07/12/2014 08:00
Bethune en Madrid, ante la ambulancia con la que
realizaba las transfusiones móviles.-Archivo
Todo comenzó con la pequeña camioneta de Ford, que
los españoles llamaban ‘la rubia' por su media carrocería de madera, un
frigorífico, un esterilizador y diverso material médico. El doctor canadiense
Norman Bethune llegó a Madrid el 3 de noviembre de 1936 para colaborar con los
servicios médicos del Gobierno republicano durante la Guerra Civil. Con
la ayuda del Comité Canadiense de ayuda a la democracia española, viajó a Europa.
Adquirió el vehículo en Londres e instrumental médico
en París, desde donde emprendió camino hacia la España de la contienda en
compañía de Henning Sorensen y del joven Hazen Sise, que hacía de conductor. En
Marsella compró una furgoneta Renault de mayores dimensiones, un vehículo con
el más tarde salvaría vidas de refugiados que huían de Málaga a Almería.
Le empujaba una personalidad crítica e ideas apegadas al
comunismo, "me niego a vivir sin rebelarme contra un mundo que engendra
crimen y corrupción", defendía. Permaneció medio año en España, y
practicó más de 700 transfusiones, entre ellas, las primeras de la historia en
un campo de batalla.
En Madrid instaló el primer banco de sangre que hubo en el
país, en una vivienda de la calle Príncipe de Vergara que contaba con 15
habitaciones y en la que reunió más de 1.300 piezas médicas para su cometido.
Desde allí, se repartía sangre a todos los hospitales de la capital. Bethune
fue pionero, además, en organizar donaciones voluntarias, publicando anuncios
en prensa y solicitudes por radio para llamar a los donantes, peticiones que
los madrileños respondían en concurrencia.
"La solidaridad del pueblo de Madrid sobrepasó todas
sus expectativas: cuando puso en marcha el Servicio Canadiense de
Transfusión de Sangre se hizo un llamamiento a la población a través de la
radio; enseguida se formó a las puertas una larguísima cola de gente que
pacientemente esperó su turno. Tanta fue, que los canadienses llenaron todas
sus botellas y tuvieron que despedir a personas dispuestas a donar, aunque les
tomaron sus datos y grupo sanguíneo para llamarles cuando necesitaran sangre.
Nunca fue un problema la falta de donantes", explica a Público
Jesús Majada Neila, comisario de la exposición ‘La huella solidaria', que
recoge imágenes inéditas del trabajo del doctor Bethune en España y en China,
donde colaboró con Mao Tse Tung en 1938 durante la invasión de Japón.
Precisamente, ha sido el Centro Cultural de China en
Madrid el exhibidor de esta colección, una iniciativa que surge del Centro
Andaluz de Fotografía para conmemorar el 75 aniversario de la muerte del
médico canadiense.
"El servicio ya está en marcha. Hemos tenido una
magnífica respuesta del pueblo de Madrid. Las primeras transfusiones fueron
realizadas anoche con pleno éxito", reconoció Bethune en una de las
múltiples notas donde detallaba su práctica: "Por su mirada y lo débil del
pulso debe haber perdido más de dos litros. Sangre calentada a temperatura del
cuerpo, jeringuilla totalmente esterilizada. Miro la etiqueta, ‘sangre número
695, donante 2206, grupo IV, recogida en Madrid el 6 de marzo'. Todo el regla;
no hay hemólisis. Vamos allá, cinco minutos y hemos acabado".
Las primeras transfusiones móviles de la historia
Pese al éxito de las donaciones de sangre, -en
ocasiones se regalaba vino a cambio-, Bethune se percató de que para la mayoría
de los heridos que llegaban a los hospitales era demasiado tarde, y adoptó una
idea nunca antes puesta en práctica: llevar la sangre hasta los frentes
de guerra con una unidad móvil de transfusión. Planteó su propuesta a los
servicios médicos republicanos, y el propio Bethune decidió asumir la
organización y la financiación de la misma. "Conseguí un tipo de vehículo
adecuado y compré un equipo completo.
Siempre tuvimos presente la idea de la movilidad, por ello,
todos los aparatos que compramos, refrigeradores, autoclave, incubadoras, etc.
podían funcionar con gasolina o queroseno, sin necesidad de corriente
eléctrica", concretó el propio Bethune en un documento ahora rescatado por
Jesús Majada para la exposición.
De esta manera, el cirujano canadiense se sumó a los
servicios médicos de las Brigadas Internacionales, y comenzó una labor
inédita con la que salvó vidas primero en Madrid, después en Guadalajara,
Valencia y Barcelona y, también, durante el éxodo en la carretera de Málaga
a Almería.
Transfusiones en la carretera de la muerte
El equipo de Bethune -Servicio Canadiense de Transfusión,
que contó con médicos españoles y extranjeros- fue extendiendo su radio de
acción por los diferentes frentes bélicos, llevando sangre por toda la región
madrileña, desde la sierra de Guadarrama a la Casa de Campo.
Después, emprendió camino hacia el este del país, pasando
por Guadalajara, Valencia y terminando en Barcelona. Cuando se encontraba en la
capital del Turia, recibió la noticia del avance de los militares rebeldes en
Málaga, y decidió partir al sur con su equipo en febrero de 1937. "Supo
que el ejército fascista estaba copando esa ciudad, pero cuando llegó Málaga ya
había caído sin ninguna resistencia, y lo que Bethune se encontró fue una riada
de cien mil personas que huían despavoridas por la carretera con el objetivo de
refugiarse en Almería", aclara Majada.
Las impresiones de lo que allí vio quedaron plasmadas en sus
escritos con todo tipo de detalles: "Se detuvo el camión, salí y me quedé
en medio de la carretera. ¿De dónde venían? ¿A dónde iban? ¿Qué estaba
ocurriendo? Me miraban tímidamente. No tenían fuerza para seguir, pero temían
detenerse. Decían que los fascistas iban detrás de ellos. Sí, Málaga
había caído. Las armas habían tronado. Las casas fueron arrasadas. La ciudad
había sido golpeada duramente y toda persona capaz de andar se había echado al
camino".
En pleno éxodo, Bethune trató de organizarse entre la riada
de personas, muchas de ellas gravemente heridas y enfermas. Decidió descargar
los aparatos de la furgoneta para hacer hueco a los niños más graves y
llevarlos con prontitud a Almería. El material médico se cargaría en la
primera ambulancia que circulase por la zona. "Paramos el camión en la
estrecha carretera, descargamos el equipo y las existencias de sangre, y
después abrimos las puertas traseras. Se podía ver la excitación en los rostros
de los refugiados", testimonió.
Norman Bethune regresó medio año después a Norteamérica e
inició una gira por diferentes ciudades narrando los episodios que había vivido
en España con el objetivo de recaudar fondos para el gobierno republicano y de
sensibilizar sobre la peligrosidad del auge del fascismo. Sobre la huida de
refugiados de Málaga al Almería, exclamó: "Imaginaos ciento cincuenta mil
hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio a una ciudad situada a
cerca de 200 kilómetros. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. Lo
que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más
grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros
tiempos".
"Además de un reputado cirujano torácico, Bethune era
pintor, poeta, buen escritor y buen orador", puntualiza Majada sobre las
otras facetas del médico canadiense.
Una década conociendo a Bethune
La muestra que acaba de finalizar en Madrid, recalará en
Valencia, en marzo, y en Granada, en mayo. Serán las siguientes paradas
de un periplo que ya ha transcurrido por una quincena de ciudades españolas
retirando el velo de olvido que cubre la figura de Norman Bethune.
"Hasta hace diez años, era un absoluto desconocido en
España", reconoce Majada. Ahora, hechos como la traducción al español de
‘Las vidas del doctor Bethune' y la denominación ‘Paseo de los Canadienses' a
un camino ribereño en Málaga significan pequeños avances hacia el conocimiento
de la labor del cirujano. "Además, se han unido los tres países para
homenajear a Bethune: Canadá, China y España", recuerda Majada sobre el año
de actos en que se ha recordado la hazaña de este médico fallecido en China
hace 75 años
Fuente: www.publico.es

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