nuevatribuna.es |Rafael
Fernando Navarro |06 Diciembre 2014 -16:55 h.
Una fila de
estómagos vacíos. La fila de la vergüenza
Dicen que en este
país somos muy aficionados a hacer colas. Para el cine, para el fútbol, para un
concierto. Supongo que esta afición es universal cuando lo que se desea es
conseguir algo deseado por muchos.
Ultimamente entra
un escalofrío en la piel del alma cuando la fila está compuesta por estómagos
vacíos, cuando la fila la compone el hambre multiplicada por sí misma hasta
alcanzar cifras longitudinales que pesan sobre los esquemas del pueblo
desarrollado que somos. En la fila de países prósperos, de economías
florecientes ocupamos uno de los primeros. Y nuestros políticos se ufanan de
ello, de un crecimiento económico superior al de muchos pueblos europeos, con
una prima de riesgo que baja, con un déficit amparado por el artículo 135 de la
Constitución hecho a imagen y semejanza de una deuda soportada por méritos
propios o impuesta por la usura ajena. Les confieso que me sobrepasan ciertas
coordenadas y por eso no las nombro, porque su nombre mancha, infecta y
destruye el tejido del alma.
Filas de
hambrientos. Recuerdo aquellas huchas cuando niño. Donativos para los negritos,
para convertirlos al catolicismo y darles de comer. Y nos ponían filminas con
vientres hinchados, pieles infantiles pero ya viejos, mujeres jóvenes con pechos
de setenta años, hombres apoyando su debilidad en árboles desconocidos. Había
que convertirlos a la verdad única porque fuera de la iglesia no había
salvación y había que darles de comer porque dios no entra en almas con
estómagos dilatados por el hambre, en pezones secos, en muslos sin carne para
la caricia.
Yo no hay huchas
con cabezas de negritos. Ahora todo se desarrolla con higiene y hasta elegancia
en las catedrales del consumo. Los voluntarios están plastificados con unos
dorsales elegantes. La comida viene enlatada y limpia como si en cada bolsa
hubieran metido un detergente invisible. Y dan gusto los macarrones, las
lechugas, los flanes. Porque esta no es el hambre miserable del tercer mundo.
Es el hambre elegante del primero. Y ahora se llaman bancos de alimentos. Me
repugna que se denominen bancos. Los bancos son rapiña y no se compadecen con
esta generosidad y solidaridad de los que aportan alimentos y de los que
emplean su tiempo para preocuparse de los de la fila del hambre.
La fila de estómagos
vacíos aumenta. Parados viejos para trabajar, pero jóvenes para estar sin
trabajo. Jóvenes sin futuro y mayores sin pasado. Hartos de repartir
curriculums y las espaldas cargadas con la respuesta gastada: ya le llamaremos.
Hogares donde no entra un euro y los niños no desayunan ni comen ni cenan,
parejas que no se besan porque tienen los labios cuajados de lágrimas, de
angustias, de penas. Viejos que con quinientos euros de pensión hacen sopa de
ajos, pero sin ajos y sin huevos porque eso es un lujo para los pobres.
Matrimonios que se acarician en un parque porque ella vive con sus padres y él
con los suyos. Desahuciados sin un techo para mirarse a los ojos. El frío atado
a los huesos porque no hay luz ni gas y hay que taparlo con mantas que dan de vez
en cuando en Caritas.
Y la vergüenza de
ser pobres. Que no los vea la señora del quinto o el compañero hasta ayer de
oficina, de andamio, de camión. Que nadie sepa que tengo hambre y que mis hijos
y mi padre y mi suegra tienen hambre. Que no me vean en la fila de los
estómagos vacíos porque se me vienen los colores del pudor, del recato, de la
ignominia de ser pobre.
¿Cuántos sois?
Los que figuran en la ficha (cuando Franco se llamaba cartilla de
racionamiento) Seis. Somos seis. Mi marido, mis padres, dos niños y yo. Y el
aceite, los macarrones, galletas, leche, naranjas y mortadela. No sientas
vergüenza por ser pobre. A mi marido le han dicho que ya lo llamarán. Es
mentira. No lo llamarán y ella lo sabe, pero se consuela pensando en el andamio
de siempre, en la oficina de siempre, en el camión de siempre. No acepta que
serán pobres para siempre.
Y Rajoy diciendo
que somos…Y Montoro diciendo que somos…Y De guindos diciendo que somos…Y
Cospedal proclamando que tenemos un gobierno que crea empleo. Y Floriano subido
a la gloria de Bernini. Y Wert, que si nuestros hijos no estudian es
porque gastamos el dinero en tonterías. Y que tenemos una sanidad modélica,
aunque hay que co-pagarlo todo, hay que elegir entre el Seretide 500 para
respirar o un trozo de pan sin nada dentro.
Una fila de
estómagos vacíos. Vacíos de pan, de esperanza, de futuro, de mañana, de luz, de
gas. Estómagos huecos. Formando fila porque el hambre también requiere un
orden. A ver si esta noche le damos una tortilla francesa partida en tres a los
niños y un poco de leche con agua del grifo para que ilusione el sueño helado
de la chavalería.
Una fila de
estómagos vacíos. La fila de la vergüenza.
Fuente: www.nuevatribuna.es

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