El asesinato del bebé Braulio y la lesa humanidad de la jueza
Artículo sobre otra desestimación de
demanda para la exhumación de la fosa común del Cementerio de Las Palmas
Memoria
Histórica | Viajando entre la tormenta | 07-01-2013 |
El niño
Braulio dormía plácidamente en su humilde cunita, sus sueños mágicos navegaban
entre nubes rosadas y racimos de mariposas multicolores. Eran las 12 de la
noche cuando de repente golpearon violentamente la puerta y se escuchó un
disparo, que voló la cabeza al perrillo podenco que ladraba amarrado en la
entrada de la vivienda. Los falangistas junto a otros fascistas vecinos del
pueblo de Tamaraceite, entraron en la casa de Pancho dando gritos, golpes y
amedrentando a los tres hermanos del bebé. Esos niños descalzos, vestidos con
harapos que aullaban de miedo, que percibieron un odio nunca visto en aquellas
bestias vestidas de azul. Lola, su madre trató de pararlos, pero ya era tarde
cuando golpearon el empobrecido lecho de Braulio y una mano, casi una garra de
un asesino con correajes, lo lanzó de cabeza contra la pared. En ese momento se
hizo el silencio, los niños dejaron de llorar y Lola García se quedó
paralizada, helada, como en un sueño terrible, ante el horrendo espectáculo de
la sangre que manaba del cráneo destrozado de su pequeñín agonizante. A los
pocos días el angelito falleció en los brazos de su desgraciada madre y fue
enterrado casi en secreto, al negarse la parroquia del pueblo a hacerle una
misa funeral por ser hijo de un comunista fugado.
Todo esto
pasó en el municipio de San Lorenzo, isla de Gran Canaria, el 12 de septiembre
de 1.936, mientras un grupo de franquistas buscaban a los republicanos
evadidos. Esta espantosa acción que acabó con la frágil vida del bebé Braulio
tiene nombres y apellidos, los de unos asesinos brutales que llenaron los
pozos, las simas, las fosas y las cunetas de estas islas atlánticas de miles de
personas, de gente de todas las edades que solo defendían pacíficamente la
democracia y la libertad.
A los pocos
meses, el 29 de marzo de 1937 a las 4 de la tarde, el pelotón de fusilamiento
mataba al padre de Braulio, junto con el alcalde de San Lorenzo, Juan Santana
Vega, el secretario municipal, Antonio Ramírez Graña, el inspector jefe de la
policía local, Manuel Hernández Toledo y el intelectual y sindicalista de
Guanarteme, Matías López Morales. Cinco hombres inocentes que fueron detenidos
ilegalmente, torturados salvajemente y asesinados por unos genocidas, por unos
psicópatas compulsivos, erigidos vergonzosamente como defensores de los oscuros
valores del fascismo español.
Setenta y
cinco años después como nieto de Francisco González Santana y sobrino del bebé
Braulio González García, no puedo más que estremecerme cuando compruebo que la
jueza del Juzgado de Instrucción nº 5 de Las Palmas, nos desestima nuestra
demanda para recuperar los huesos de mi abuelo y los del resto de compañeros,
enterrados como basura en la fosa común del Cementerio de Vegueta. Lo único que
pedíamos era identificarlos y darles una sepultura digna.
Un
escalofrío siniestro me recorrió el cuerpo cuando leí el Auto judicial firmado
por esta señora jueza, donde dice que “no se aprecian delitos de lesa
humanidad ni de detención ilegal”. Volví de nuevo de golpe a
los años terribles del franquismo, donde todo nos era denegado, hasta la
recuperación de las propiedades que nos robaron, que nos expropiaron desde el
momento del fusilamiento, quedando para siempre en manos de las mafiosas
familias de los falangistas.
Esta
decisión judicial nos ha golpeado la dignidad con un mazo de odio, nos ha
removido las tripas y esa parte de la conciencia que ya creíamos dormida para
siempre. Mi padre con 87 años lleva varias semanas sin entender porque no le
dejan recuperar los huesos paternos, me pregunta ¿Cómo pueden negarnos algo tan
simple? No lo entiende aunque se lo explique miles de veces ¿Cómo en una
supuesta democracia se le puede negar a unas familias enterrar dignamente a sus
muertos asesinados? Recuperar unos huesos que nos pertenecen por esa justicia
universal que va más allá de las togas y los intereses políticos.
El niño
Braulio descansa en el pequeño Cementerio de San Lorenzo en una tumba sin
nombre, estoy seguro que donde esté también se le habrá removido el alma ante
esta nueva injusticia, ante este nuevo atentado a los derechos de nuestra
familia, de las cientos de miles de familias de todo el estado español que
siguen buscando a sus muertos, a los asesinados por el franquismo, a las
personas justas que en esos años de esperanza trataban de que la vida fuera
mejor para todos, que sintieron un perfumado halo de esperanza cuando la
legítima democracia republicana irrumpió en sus vidas, cuando sintieron que era
posible acabar con los abusos de poder y el caciquismo ancestral.
Seguimos y
seguiremos luchando hasta el final, nadie nos podrá parar ni con injustos Autos
judiciales, ni con descerebradas medidas represivas, porque nuestra fuerza
radica en los principios ya eternos de nuestros muertos, en la santa inocencia
de un niño asesinado, en el ejemplo heroico de todas las personas que entregan
su vida por los demás sin pedir nada a cambio.
Es de
justicia.

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