La Rosa roja ahora también ha desaparecido. Dónde se encuentra es
desconocido.
Porque ella a los pobres la verdad ha dicho. Los ricos del mundo la han
extinguido.
Bertold Brecht
Artículos de
Opinión | David Arrabalí* | 16-01-2013 |
En memoria
de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht
Hace 94
años, la noche del 15 de enero de 1919, en Berlín, fue detenida Rosa
Luxemburgo: una mujer indefensa con cabellos grises, demacrada y exhausta. Una
mujer mayor, que aparentaba mucho más de los 48 años que tenía.
Uno de los
soldados que la rodeaban, le obligó a seguir a empujones, y la multitud burlona
y llena de odio que se agolpaba en el vestíbulo del Hotel Eden le saludó con
insultos. Ella alzó su frente ante la multitud y miró a los soldados y a los
huéspedes del hotel que se mofaban de ella con sus ojos negros y orgullosos. Y
aquellos hombres en sus uniformes desiguales, soldados de la nueva unidad de
las tropas de asalto, se sintieron ofendidos por la mirada desdeñosa y casi
compasiva de Rosa Luxemburgo, “la rosa roja”, “la judía”.
Le insultaron:
“Rosita, ahí viene la vieja puta”. Ellos odiaban todo lo que esta mujer había
representado en Alemania durante dos décadas: la firme creencia en la idea del
socialismo, el feminismo, el antimilitarismo y la oposición a la guerra, que
ellos habían perdido en noviembre de 1918. En los días previos los soldados
habían aplastado el levantamiento de trabajadores en Berlín. Ahora ellos eran
los amos. Y Rosa les había desafiado en su último artículo:
“¡El Orden
reina en Berlín! ¡Estúpidos secuaces! Vuestro ‘Orden’ está construido en arena.
Mañana la revolución se “alzará ella misma con un estruendo” y anunciará con
una fanfarria, para vuestro terror: ¡Yo fui, yo soy, yo seré!”
La empujaron
y golpearon. Rosa se levantó. Para entonces casi habían alcanzado la puerta
trasera del hotel. Fuera esperaba un coche lleno de soldados, quienes, según le
habían comunicado, la conducirían a la prisión. Pero uno de los soldados se fue
hacia ella levantando su arma y le golpeó en la cabeza con la culata. Ella cayó
al suelo. El soldado le propinó un segundo golpe en la sien. El hombre se
llamaba Runge. El rostro de Rosa Luxemburgo chorreaba sangre. Runge obedecía
órdenes cuando golpeó a Rosa Luxemburgo. Poco antes él había derribado a Karl
Liebknecht con la culata de su fusil. También a él le habían arrastrado por el
vestíbulo del Hotel Eden.
Los soldados
levantaron el cuerpo de Rosa. La sangre brotaba de su boca y nariz. La llevaron
al vehículo. Sentaron a Rosa entre los dos soldados en el asiento de atrás.
Hacía poco que el coche había arrancado cuando le dispararon un tiro a
quemarropa. Se pudo escuchar en el hotel.
La noche del
15 de enero de 1919 los hombres del cuerpo de asalto asesinaron a Rosa
Luxemburgo. Arrojaron su cadáver desde un puente al canal. Al día siguiente
todo Berlín sabía ya que la mujer que en los últimos veinte años había
desafiado a todos los poderosos y que había cautivado a los asistentes de
innumerables asambleas, estaba muerta.
Mientras se
buscaba su cadáver, un Bertold Brecht de 21 años escribía:
La Rosa roja
ahora también ha desaparecido. Dónde se encuentra es desconocido.
Porque ella
a los pobres la verdad ha dicho. Los ricos del mundo la han extinguido.
Pocos meses
después, el 31 de mayo, se encontró el cuerpo de una mujer junto a una esclusa
del canal. Se podía reconocer los guantes de Rosa Luxemburgo, parte de su
vestido, un pendiente de oro. Pero la cara era irreconocible, ya que el cuerpo
hacía tiempo que estaba podrido. Fue identificada y se le enterró el 13 de
junio.
En el año
1962, 43 años después de su muerte, el gobierno federal alemán declaró que su
asesinato había sido una “ejecución acorde con la ley marcial”. Hace sólo doce
años que una investigación oficial concluyó que las tropas de asalto, que
habían recibido órdenes y dinero de los gobernantes socialdemócratas, fueron
los autores materiales de su muerte y la de Karl Liebknecht.
Rosa
Luxemburgo fue asesinada por las tropas de asalto al servicio de la
socialdemocracia. Junto a ella murió su camarada Karl Liebknecht. Había nacido
el 5 de marzo de 1871. Mucha gente sigue la tradición de la ex Alemania
oriental de asistir a la manifestación para recordarla, su respeto lo
demuestran depositando claveles rojos en el monumento dedicado a la «Rosa Roja»
y a los socialistas y comunistas que trabajaron por un mundo mejor.
"Qué
extraordinario es el tiempo que vivimos”, escribía Rosa Luxemburgo en 1906.
“Extraordinario tiempo que propone problemas enormes y espolea el pensamiento,
que suscita la crítica, la ironía y la profundidad, que estimula las pasiones
y, ante todo, un tiempo fructífero, preñado”. Rosa Luxemburgo vivió y murió en
un tiempo de transición, como el nuestro, en el que un mundo viejo se hundía y
otro surgía de los escombros de la guerra.
Sus
compañeros intentaron construir el socialismo, sus asesinos y enemigos ayudaron
a Adolf Hitler a subir al poder. Hoy, cuando el capitalismo demuestra una vez
más que la guerra no es un accidente, sino una parte irrenunciable de su
estrategia; cuando los partidos y organizaciones “tradicionales” se ven en la
obligación de cuestionar sus formas de actuar ante el abandono de las masas;
cuando la izquierda transformadora aboga exclusivamente por el parlamentarismo
como vía para el cambio social; cuando nos encontramos ante una enorme crisis
del modelo de democracia representativa y los argumentos políticos se reducen
al “voto útil”, hoy, decimos, Rosa Luxemburgo se convierte en referente
indispensable en los grandes debates de la izquierda. No es sino su voz la que
se escucha bajo el lema, aparentemente novedoso: “Otro mundo es posible”. Ella
lo formuló con un poco más de urgencia: “Socialismo o barbarie”. Su
pensamiento, su compromiso y su desbordante humanidad nos sirven de referencia
en nuestra lucha para que este nuevo siglo no sea también el de la barbarie”.
Fuente: http://www.mundoobrero.es/

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