Su gerente, un maltratador de animales humanos y no
humanos
Artículos de
Opinión | Julio Ortega Fraile | 20-01-2013 |
“La
violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Una reflexión de Mahatma
Gandhi más allá del tiempo y de las culturas. Y miedo produce, al ruin, que
alguien descubra que cobra por conceptos encubiertos que no figuran en su
nómina, conceptos como la tortura, sobre todo cuando en el epígrafe del puesto
reza algo así como: "hacedor de diversión, educación y arte". Sí, los
ideales de otros generan pánico en quienes saben que una idea, pongo por caso
acabar con la esclavitud, puede convertirse en realidad, y cuando avistan la
superación del engaño o de la ignorancia que supondrá el final de las coartadas
que garantizaban la impunidad de sus crímenes.
No es la
primera vez que personajes vinculados a alguna forma de crueldad con los
animales agreden a activistas que reivindican el respeto a los derechos básicos
de otras especies. Y en esta ocasión le ha vuelto a tocar a miembros de la Asociación
Igualdad Animal. Ahora no les han zurrado en la arena un ruedo, no han sido
taurinos intentando cortarles la cuerda desde la que pendían a veinte metros de
altura, ni cazadores armados amagando con dispararles y golpeándoles, esta vez
fue el responsable y varios trabadores de un circo. De un circo con animales,
claro. El Circo Berlín en Málaga.
Les
rompieron el megáfono, les destrozaron las cámaras de fotos y les quitaron los
móviles. Pero eso no es suficiente para quienes consideran que la violencia es
un recurso y la utilizan a diario, así que completaron su actuación pegándoles
en la cara y en la cabeza, y lo hicieron con tal ferocidad que fue necesaria su
asistencia hospitalaria. Los partes de lesiones así lo corroboran.
Los
activistas repartían folletos a los viandantes y les explicaban cuál es la
realidad que esconden los circos con animales, pero a Franki Bügler, el
gerente, eso no les gustó, así que allí se fue con sus secuaces (trabajadores
obedientes a la voz de su amo) para empezar a apalearles sin mediar palabra.
Los empleados del Circo Berlín, conscientes de que los superaban en número y de
que los animalistas, por principios, son pacíficos, sabían que no corrían el
menor riesgo. La cobardía es un rasgo común en los crueles con los animales y
estos no han sido una excepción.
El año
pasado conocí a Daniel Delgado, el activista al que le abrieron la nariz.
Aquella noche cenamos juntos y `pude comprobar que él, al igual que sus
compañeros agredidos, al igual que todos los que integran el movimiento por los
derechos de los animales, representa lo contrario que sus agresores: el
respeto, la libertad, la inteligencia, la sensibilidad, la cultura, el
progreso.
El
energúmeno del gerente y sus matones a sueldo saben que por ahí es por donde se
les acaba un negocio basado en la explotación cruel de seres vivos, y a falta
de argumentos éticos con los que defender su conducta pancista y bestial echan
mano del cabezazo, del puñetazo o de la patada, el equivalente con humanos a
sus tácticas con los animales a los que maltratan: el látigo, la descarga
eléctrica, el hambre, las drogas y los palos.
Entre estos
seres humanos y los animales obligados a ejercer conductas antinaturales bajo
la carpa de ese circo existe una relación de explotación y, por lo tanto, cargada
de violencia. Toda la parafernalia con la que se envuelve: música, risas,
color, danzas, dulzor y fantasía, no son más que pura retórica al servicio de
esa violencia que hace posible que el espectáculo continúe bajo una apariencia
de inocencia que sólo esconde podredumbre y dolor.
Se dice que
para el enemigo, y en este caso el nuestro lo es quién maltrata y explota a los
animales, “violencia” son los actos que amenazan su poder (su negocio) porque
no los puede controlar, y “paz” es en cambio la aplicación de su orden
violento. Así que probablemente este empresario circense, con la intención de
defenderse y en el mismo acto criminalizar a los activistas, les acusará de
“ecoterroristas”, y lo cierto es que lo hará convencido, para él lo son porque
ponen en peligro sus intereses al propugnar la libertad de los esclavos de los
que se lucra.
Es a ti,
mamá, es a ti, papá, y no a tus hijos, a quien corresponde analizar todos estos
hechos y decidir si realmente quieres por una parte seguir alimentando ese bucle
de mentiras, explotación y violencia, y por la otra si crees que lo más
conveniente para la educación de tus pequeños es someterlos a un proceso
domesticación y alienación que anule su capacidad de reflexión, de crítica y,
por lo tanto, negarles las herramientas para que formen parte de un proceso de
transformación (evolución) tan necesario, condenándoles a constituirse en
baluarte del enquistamiento social en los tiempos del abuso y de la desigualdad
amparadas por ley y conciencias.
No son los
golpes lo que hoy más le duele a estos jóvenes, sino saber que esos pobres
animales continuarán en manos de tan miserables y violentos personajes. Pero
olvidando su dolor físico y arrastrando su dolor moral, seguirán, seguiremos,
luchando cada día con mayor fuerza que el anterior, porque nosotros, los
animales humanos, disponemos de comisarías en las que denunciar y de salas de
juicio en las que vernos las caras con nuestros agresores, pero ellos, los
esclavos de otras especies, sólo nos tienen a los que no dejaremos de partirnos
el alma y la cara si hace falta con sus maltratadores y asesinos. En sus ojos
veis el miedo, pero en los nuestros, hatajo de cobardes, sólo veréis coraje.
Palabra de animalista.

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