Milana bonita
Artículos de
Opinión | José A. López Camarillas (*) | 12-01-2013 |
Violencia en
vez de sartenes, tostadoras o calendarios. Ése fue mi regalo tras negociar con
el director del “banco”. Iluso de mí, me sorprendí. A veces olvidamos que los
banqueros son también trabajadores. Sí, trabajadores como los antidisturbios
que golpean a menores. Gente que tiene muy claro a qué bando sirve. Algunos
parecen sentir compasión por sus victimas. Puede que hasta la tengan. El
director de esta sucursal de Cajamar, no.
Acompañé a
una señora de Burjassot a la que iban a desahuciar al despacho del “señorito
Iván”. Solicitamos la dación en pago y un alquiler social. Él podía haberse
callado, haber tramitado la petición y lavarse las manos.
Pero no, su soberbia
se lo impidió y me juzgó. A mí, y a los miles de españoles y españolas que nos
partimos la cara por pegar los trozos de personas que usureros como él dejan
por el camino. “Los de Stop Desahucios no ayudáis en nada. Mucha palabrería
pero no buscáis pisos sociales ni ponéis dinero”. Intenta romper el hielo. Yo
me mantengo frío. En medio hay una tercera persona que necesita una dación para
sobrevivir.
“Entregaré
los papeles pero ya le digo que no se lo van a conceder. No es nuestra
política”, comenta con toda la indiferencia del mundo. La mujer llora
desconsolada. “¿Prefieren tener un piso vacío y condenar a esta familia de
trabajadores?”. Con toda la serenidad del mundo nos dedica un “sí” rotundo.
“Si no
desahuciamos, la gente puede perder sus ahorros. Lo que habría que crear es la
Plataforma de gente con el dinero a plazo fijo”. Le recuerdo que el dinero de
los plazos fijos debería estar garantizado por un fondo y no por una vivienda
sin ocupar. Sin pestañear, el director explica que los bancos no tienen ninguna
responsabilidad. “En todo caso la tendría el Estado, que para eso ha pagado
impuestos. Averiguad los motivos de que no nos pague”, reprocha mirando a la
mujer, olvidando los intereses cobrados, los rescates a la banca con dinero
público y, sobre todo, que habían sido ellos los que habían concedido una
hipoteca impagable. “No es mi problema que se quede en la calle”, matiza por si
nos ha quedado alguna duda acerca de su sensibilidad. “Claro que no es su
problema. Ustedes, los privilegiados que están al otro lado de la mesa, no se
van a quedar sin casa y arrastrando una deuda eternamente”, respiro
profundamente. Mi rabia comienza a calentar. Quiere salir a jugar. No le dejo.
“¿Privilegiado
yo? ¿Por tener un trabajo? ¿Como un albañil en lo alto de un andamio?”, declama
un discurso de clase “transversal”, como tanto gusta decir a los camisas
viejas. Al banquero obrero sólo la falta levantar el puño. “Además, yo no soy
el dueño”. Parece mentira que no lo sea, por como defiende al amo. “Pues medie
para que esta persona consiga una dación”. La mujer sigue llorando. Esta vez al
borde de un ataque de ansiedad.
“Es que la
dación en pago es una barbaridad. Si se generalizase, no podríamos conceder
préstamos a jóvenes como tú”, me intenta convencer. ¿Préstamos? ¿Con el país
que habéis dejado? ¿Para qué? ¿Para esclavizarme de por vida como a ella?”, mis
nervios empiezan a derretirse. “Ni caso, señora”, me desprecia. “No se
preocupe. Tengo contactos en Cáritas para que le den algo de comer. Cuando
algún amigo lo necesite, la llamaré para que friegue su piso. Eso sí, en las
condiciones laborales no me meto”. ¡Qué buen cristiano! Destrozo tu vida. Vale.
Pero dejo que te humilles ante mi caridad para ganarme el cielo. Quizá el
sueño.
A la mujer
sólo le falta besar la mano al verdugo. Miseria, prepotencia y servilismo sin
ningún pudor en esta escena propia de “Los Santos Inocentes”. Recuperamos la
marca España. De la rabia al odio sólo hay unos grados. “Esto son hechos, no
palabras como las de los de la plataforma, que te hacen perder el tiempo para
que pagues más intereses y gastos de abogado”.
Violencia.
Mucha violencia germina con el calor de la rabia. Respiro profundamente y me la
guardo. Me voy para no enseñarle mi puño proletario, pues dicen que las guerras
se ganan con la mente fría. Pero, ¿hasta cuándo? De esperar sin techo, sin
dignidad, sin trabajo, muchos nos estamos congelando. Milana. Milana bonita.
Pronto dejarás de volar. ¡Qué guarden las cuerdas de los bolis en los bancos!
(*) Para
Tercera Información. José A. López Camarillas es periodista y militante de
clase

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