Contra todo, contra todos
Artículos de
Opinión | José Haro Hernández | 13-01-2013 |
’Desde el
punto de vista económico, la inmanejable deuda del Estado fue exacerbada por un
sistema de extrema desigualdad social y del altos impuestos que la nobleza y el
clero no tenían obligación de pagar, pero que sí oprimía al resto de la
sociedad’. Así define la Wikipedia el cuadro socioeconómico que arrastró al
Antiguo Régimen al basurero de la historia de la mano de la Revolución
Francesa. Resulta sorprendente la analogía entre el sistema que se resistía a
morir en 1789 y el que padecemos en España (y en buena parte de Europa) más de
doscientos años después. Una deuda ilegítima impresionante (entonces por las
guerras, ahora por la especulación), una élite social (antes la aristocracia
feudal, ahora la plutocracia financiera) que no tributa por sus riquezas, y una
gran mayoría social sometida a una fuerte exacción (antes por los impuestos,
ahora además por las rebajas salariales). Pero existen más similitudes. Las
aduanas interiores, los peajes y los derechos señoriales que hace dos siglos
impedían la libre expansión de la producción y el comercio, en estos tiempos se
han transmutado en unos oligopolios privados (en la energía, el agua, la banca
y la distribución) que imponen tarifas y precios que, al mermar
considerablemente la capacidad adquisitiva de la gente, retraen la actividad
económica. En lo político, el paralelismo es igualmente importante. El poder
entonces lo detentaba no más del 2% de la población (nobleza y alto clero).
Actualmente no es mayor el porcentaje conformado por la aristocracia
financiero-empresarial y la élite política que sistemáticamente gobierna contra
más del 90% restante. Ha sido una constante a lo largo de la historia que los
gobiernos conservadores se dedicaran a machacar al movimiento obrero y a sus
aliados políticos, pero preservando la lealtad de amplias capas medias,
pequeños propietarios y miembros de los aparatos del Estado. Pero hoy la lista
de agraviados por los recortes del gobierno no parece tener fin. Un día son los
rectores de todas las Universidades quienes arremeten contra la situación de la
enseñanza superior. Al día siguiente, son todas las asociaciones de jueces,
independientemente de su adscripción ideológica, las que denuncian el
tijeretazo en la justicia. Funcionarios de todos los niveles muestran su
indignación por los ataques a sus salarios y a los servicios públicos. Los
médicos se movilizan contra las consecuencias de la privatización de la
sanidad. Los autónomos, en una decisión sin precedentes históricos, se suman a
la última huelga general del movimiento sindical. Hasta los policías, en Madrid
y otras ciudades, hacen circular octavillas en las que se lamentan de no poder
proceder al arresto de los grandes delincuentes de la sociedad: banqueros y políticos.
Exactamente como hace dos siglos, cuando burgueses, comerciantes, obreros,
campesinos y artesanos se alzaron contra una nobleza improductiva que
vampirizaba a toda la sociedad e impedía el desarrollo de las fuerzas
productivas. Hasta el trato que los de arriba dispensan a los de abajo es
equiparable. Los aristócratas exhibían burla y desprecio hacia las
reivindicaciones sociales, por justificadas y masivas que éstas fueran. Ahora
ocurre otro tanto: a las movilizaciones de colectivos enteros, los dirigentes
del Partido Popular responden con la porra, el cinismo y la criminalización.
Temerosos de que el estallido social se los lleve por delante, desempolvan
estrategias represivas, inspiradas en el miedo, que nos retrotraen a los
momentos más tenebrosos de la dictadura franquista: multas desmesuradas a
gentes que han participado en manifestaciones, encarcelamiento durante semanas
de participantes en piquetes, apaleamientos de ciudadanos pacíficos...En la
misma dirección, sepultan la división de poderes y el parlamentarismo queda
reducido a una pantomima, gobernando sistemáticamente mediante decreto-ley. De
golpe (y nunca mejor dicho) nos llevan hasta más de dos siglos atrás:
ciudadanos empobrecidos y sin derechos, mientras que los recursos económicos son
acaparados por una oligarquía parasitaria que los deposita en los paraísos
fiscales. Aquella época concluyó con la afilada hoja de la guillotina. Algunos
debieran conocer cómo terminó el Antiguo Régimen que con tanto afán y esmero
pretenden restablecer.
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