Artículos de
Opinión | David Al Yasari | 18-01-2013 |
El valor de
las cosas
Con esta
columna se inicia una serie dedicada al análisis de la economía desde una
perspectiva marxista.
El objetivo,
evidentemente, es explicar las raíces de la crisis actual, y evaluar las respuestas
que se proponen ante ella. En los medios, se habla de la crisis como del
producto de fuerzas más allá de la intervención humana.
El marxismo,
en cambio, la analiza precisamente como el resultado de las acciones (si bien
descoordinadas y a menudo inconscientes) de los seres humanos.
Pero para
entender la crisis, hay que entender el funcionamiento básico de la economía
capitalista. Y para hacer esto, hay que establecer las bases de la visión
marxista, que es la teoría del valor.
Los
“economistas” que aparecen en la televisión (y en la mayoría de aulas
universitarias) no suelen hablar nunca del valor de las cosas, sólo hablan de
los precios. Y presentan éstos como el resultado accidental de la interacción
entre la oferta y la demanda. Pero no ofrecen ninguna explicación objetiva
acerca de por qué un Rolls Royce, por ejemplo, cuesta más que un bocadillo.
Marx, en
cambio, mantuvo que las cosas —o para ser más exactos las mercancías— sí tenían
un valor objetivo, más allá del precio que tuvieran en un momento dado. Para
él, el valor de una mercancía venía determinado por la cantidad de trabajo
humano necesario para producirla.
Antes de
continuar, se debe hacer una aclaración. Aquí de lo que se trata es del valor
de cambio. El valor de uso es otra cosa; el aire, por ejemplo, no tiene valor
de cambio, porque (por ahora) no se produce como mercancía, pero obviamente
tiene muchísimo “valor de uso”. También tienen valor de uso los productos
alimenticios, los coches, los bolígrafos, etc., pero estos valores de uso no son
calculables, ni son intercambiables. Si estás muriéndote de sed, ninguna
cantidad de trajes Armani te solucionará el problema. El valor de intercambio,
en contraste, se centra en algo que toda mercancía tiene en común, que es el
hecho de ser el producto de una cantidad determinada de trabajo humano.
Así que una
silla y una cena son totalmente diferentes físicamente, pero pueden equipararse
en valor, si requieren la misma cantidad de trabajo humano para producirlas. Lo
mismo se podría aplicar a cosas tan diferentes como a un libro y a una pieza de
ordenador.
La cantidad
de trabajo humano a la que se refiere es a la de todo el proceso de producción.
Es decir, una fábrica moderna puede ser muy eficaz, produciendo una gran
cantidad de móviles o latas de refresco en poco tiempo. Pero no se debe
calcular sólo el tiempo gastado en la última etapa del proceso. También se debe
incluir la parte proporcional del desgaste de las máquinas. Y éstas son en sí
el resultado del trabajo humano anterior, cuyo valor se transfiere a la
mercancía producida. Lo mismo se aplica a las materias utilizadas en dicha
fábrica, que también son producto de procesos anteriores de producción; otra
vez, en último término, productos del trabajo humano.
El aspecto
más importante de este argumento no es cuantitativo; no se trata de calcular
exactamente cuántas horas de trabajo son necesarias para producir cada
mercancía. El punto clave es más bien político.
Esto lo
vemos claramente en la respuesta a la teoría que dan los capitalistas, o mejor
dicho, la que dan sus luchadores entrenados, los economistas de la televisión.
Se apresuran a rebatir el análisis, alegando que, si bien el trabajo humano
produce valor, también lo hace la maquinaria. Para poner esta teoría a prueba,
sólo hace falta dejar en un taller una máquina y algo de materia prima, y
esperar a ver cuánto valor produce. El resultado, evidentemente, es cero.
El capital
de por sí no produce valor alguno. Es más, todo capital existente es en sí
mismo producto del trabajo humano anterior, adquirido mediante la explotación a
la que se somete a la clase trabajadora. A esto volveremos en la siguiente
columna.
Por el
momento, terminemos con este punto. El esfuerzo de la clase trabajadora crea
todo el valor que existe en el sistema. Esta clase, la misma a la que los
capitalistas quieren hacer pagar la crisis, es la que ha producido toda su
riqueza. Esto es lo que demuestra la teoría marxista. Por algo no quieren que
se explique en televisión.
Explotación,
origen de los beneficios
La segunda
columna de la serie dedicada al análisis de la economía desde una perspectiva
marxista. Se suele utilizar el término explotación para hacer referencia a un
abuso excepcional y tercermundista.
El análisis
marxista, en cambio, demuestra que la explotación es la norma bajo el
capitalismo. Es, de hecho, el origen de los beneficios, incluso en las empresas
más “avanzadas” y respetables.
Para
entender el porqué, volvemos a lo que se comentó en la primera columna de esta
serie: el valor de intercambio de una mercancía se basa en la cantidad de
trabajo humano requerida para su producción.
Mucha gente
piensa que los beneficios provienen de vender las mercancías a un precio
superior a su valor. Pero una venta es, a fin de cuentas, el intercambio de una
mercancía por otra, con dinero por en medio. Si se intercambian dos mercancías,
es imposible que ambas obtengan más de su valor. Algunos capitalistas sí
consiguen vender sus productos a un precio por encima de su valor real
—mediante patentes, publicidad, monopolios, poder militar, etc.— pero esto sólo
conlleva que otros productos se vendan por debajo de su valor. No se producen
así beneficios en el conjunto del sistema.
Para
entender los beneficios, debemos volver, otra vez, al trabajo humano.
En el
capitalismo, la propia capacidad humana de trabajar es una mercancía. Como
cualquier mercancía, tiene su valor, basado en la cantidad de trabajo humano
requerida para (re)producirla. Para que una persona pueda trabajar —en una
fábrica, oficina, hospital, etc.— tiene que descansar y dormir lo suficiente,
comer, vestirse, etc. A largo plazo, la existencia de mano de obra requiere que
se formen a las próximas generaciones de la clase trabajadora.
Todo el
trabajo humano pagado necesario para reproducir la fuerza de trabajo —es decir,
la parte correspondiente a un día— constituye su valor de intercambio.
(Destaquemos que, para el capitalismo, los cuidados familiares son como el
aire: imprescindibles pero invisibles, y no producen valor de intercambio).
En los
inicios del capitalismo, con una baja productividad, una persona podía tener
que trabajar mucho tiempo —digamos seis horas diarias— sólo para reproducir sus
propias necesidades existenciales. Aquí entra en juego el truco del
capitalismo. Se compra la capacidad para trabajar un día, pero la extensión de
ese día es un tema abierto. Típicamente el jefe exigía que se trabajasen no
seis, sino diez, doce o más horas.
Esta
diferencia entre las horas requeridas para cubrir el valor de la fuerza de
trabajo, y las horas que realmente se trabajan, es la fuente de los beneficios;
es la plusvalía.
Para
ilustrar cómo funciona, seguimos con el ejemplo histórico. Tomemos una empleada
de una fábrica textil, con una jornada laboral de doce horas. Digamos que en
este tiempo gasta materia prima, así como una parte proporcional de la
maquinaria, por un valor total de 24 horas. Éstas se suman a las doce horas
trabajadas por la empleada, con lo cual el valor del producto total del día
serían 36 horas.
Las 24 horas
de materia prima y de maquinaria gastada, el jefe las tiene que pagar, en
general, a su valor. La mercancía producida la vende por su valor. Los
beneficios provienen del hecho de que paga el valor de la fuerza de trabajo,
que son sis horas, pero recibe a cambio doce.
Hoy en día,
se aplica el mismo principio, aunque con cifras bastante diferentes. Suele
haber un valor mucho mayor de maquinaria; la inversión necesaria para
establecer una fábrica moderna es mucho más alta que hace 150 o 200 años. En
cambio, las jornadas laborales suelen ser menores de doce horas.
Sin embargo,
con la productividad actual, lo necesario para la reproducción de la fuerza de
trabajo —la comida del súper, la ropa prefabricada, un piso de 50 o 70 metros,
incluso un teléfono móvil y un TV grande— puede producirse en mucho menos tiempo
de lo que hacía falta en 1850 para un nivel de vida más básico.
El resultado
es que incluso trabajando “sólo” ocho horas, y pudiendo comprar el coche de sus
sueños (a plazos; no nos pasemos), el o la trabajadora sigue sufriendo
explotación.
Y esto es si
tiene la suerte de tener un trabajo. Porque la misma lógica del sistema hace
que éste entre en crisis, produciendo los niveles de paro que vemos hoy. Del
porqué de esto, hablaremos en la próxima columna.
El porqué de
las crisis
La tercera
columna de la serie dedicada al análisis de la economía desde una perspectiva
marxista.
Cuando había
boom, los economistas lo atribuían a las virtudes innatas de la economía de
mercado. Los jefes de las grandes empresas y de la banca compartían esta
visión, pero a la vez se llevaban enormes pluses por su gran logro al observar
este proceso “natural”.
Pero si el
boom tuvo muchos padres (y unas pocas madres), la crisis es huérfana. Dan a
entender que la crisis no es fruto del sistema —ni de los que mandan— sino que
es algo inexplicable y externo a la familia (capitalista) feliz.
La verdad es
otra; para ver el porqué, otra vez, hay que ir a la raíz de la cuestión. Como
se ha explicado en columnas anteriores, la fuente del valor de cambio, y de los
beneficios, es el trabajo humano.
Tomemos el
ejemplo de un taller, llamado Muebles Botín. Digamos que una trabajadora
—Fátima— construye una mesa en una jornada laboral de 8 horas (“trabajo vivo”,
en terminología marxista), gastando materia prima y maquinaria (“trabajo
muerto”) por un valor de 16 horas. La mesa vale, por tanto, 24 horas de
trabajo. El jefe, el Sr. Botín, debe pagar el coste total del trabajo muerto.
Pero por el trabajo vivo, sólo paga lo que cuesta reproducir la fuerza de
trabajo, digamos 4 horas. Las otras 4 horas son su plusvalía, la fuente de sus
beneficios.
Digamos que
este taller es uno de varios en la misma calle, todos compitiendo entre ellos.
El Sr. Botín —qué listo él— descubre que invirtiendo en nueva maquinaria puede
producir mesas más baratas. Con esto, en las mismas 8 horas, Fátima produce dos
mesas. Para hacerlo, gasta más “trabajo muerto” o maquinaria y materia prima;
digamos el doble, 32 horas. Pero al final del día, con un total de 40 horas
—las 8 del trabajo vivo de Fátima más las 32 del trabajo muerto— hay dos mesas.
Es decir, cada mesa ahora cuesta 20 horas, en vez de 24. Lo bueno para el Sr.
Botín es que puede venderlas por más de su valor. Si las vende por el
equivalente a 23 horas, saca super beneficios a la vez que les quita clientes a
sus competidores.
¿Qué hacen
éstos? Tienen que dar el mismo paso que Botín, o se hundirán. Al final, todo el
mundo habrá hecho la misma inversión, y no habrá super beneficios ni mercado
extra para nadie. Todo vuelve a la normalidad, con lo cual las mesas vuelven a
venderse por su valor, es decir, por el equivalente a 20 horas.
Pero ¿y los
beneficios? Antes, Botín y los demás sacaban 4 horas de plusvalía, o
beneficios, por una inversión de 24 horas; un 17%. Ahora, tras el aumento en la
productividad, y con más capital invertido, obtiene 4 horas de plusvalía sobre
una inversión de 40 horas. La tasa de beneficios ha bajado al 10%. Lo que era
una decisión racional para un capitalista se convierte en irracional para el
sistema en su conjunto. Este proceso ocurre a escala mundial, y en industrias
mucho más grandes. Recientemente se anunció que Samsung, ahora el mayor
fabricante de teléfonos móviles del mundo, ha iniciado la construcción en China
de una nueva planta de chips informáticos. El coste de la fábrica será de 5,4 mil
millones de euros. Ante este tipo de competencia, la empresa líder durante 14
años, Nokia, se encuentra en crisis.
El mercado
informático es un caso extremo en el aumento de inversión, para aumentar la
productividad y bajar precios, pero se da el mismo proceso en otros sectores.
Una bici es relativamente mucho más barata ahora que hace 20 años; incluso un
pollo o un salmón cuesta menos, en términos reales, que antes, “gracias” a la
producción industrial.
Y el
resultado de este espectacular aumento en la productividad es la mayor crisis
que se ha vivido, al menos desde los años 30.
La crisis no
es sólo fruto de la especulación… aunque sí ha habido una especulación obscena.
Tampoco la han producido las decisiones equivocadas de políticos, banqueros,
consejeros delegados… aunque seguro que han tomado decisiones enormemente
estúpidas y no se merecen sus salarios, ni mucho menos sus pluses.
Sin embargo,
el problema es otro. Si el capitalismo es incapaz de mantener el equilibrio
económico en una calle con talleres de muebles, aún menos lo es para hacerlo en
el mundo entero. El sistema capitalista produce crisis como los banquetes de
los ricos producen indigestión.
La única
cuestión es quién sufrirá el dolor de estómago; ellos o nosotros. Quieren que
la crisis la paguemos nosotros, y hacer que la tasa de beneficios vuelva a
subir. Sobre cómo lo hacen —o cómo lo intentan hacer— hablaremos en la
siguiente columna.
Algunas
respuestas a la crisis
La cuarta y
última columna de la serie dedicada al análisis de la economía desde una
perspectiva marxista. Se ha explicado en las columnas anteriores que la causa
fundamental de la crisis sistémica actual es la caída de la tasa de beneficios.
Esto se debe a algo intrínseco al capitalismo. La fuente de los beneficios es
el trabajo humano, pero el crecimiento de la economía —impulsado por la
necesidad de cada capitalista de aumentar su competitividad e ingresos— hace
que la producción requiera cada vez más inversión. Esto aumenta la proporción
de capital en relación a la mano de obra, que es, recordemos, el origen de los
beneficios. De ahí que la tasa de beneficios caiga.
Aquí
hablamos de la crisis sistémica. Las crisis cíclicas de sobreproducción y falta
de demanda quizá puedan resolverse (temporalmente) mediante medidas keynesianas:
más inversión pública, más regulación, etc. La crisis actual no, por la
sencilla razón de que la causa de la misma no son fallos puntuales —excesiva
especulación, mala gestión por parte de los banqueros, falta de previsión por
parte de los políticos, etc.—, aunque éstos por supuesto existen. La crisis es
producto del sistema y para superarla habrá que superar el capitalismo.
Huelga decir
que los capitalistas no lo ven así, y ellos sí buscan soluciones dentro del
sistema; todas ellas más o menos nocivas para la gente trabajadora.
La
competencia internacional entre capitales conlleva la amenaza de guerra, y la
guerra es buena para la economía. En términos keynesianos, aumenta la demanda.
En términos del análisis marxista, al destrozar grandes cantidades de capital,
la guerra ayuda a restaurar la tasa de beneficios. La guerra también permite
aumentar la explotación laboral. Ésta última es, de hecho, la respuesta
preferida de la burguesía ante la crisis. Tiene diversas maneras de hacerlo.
La menos
dolorosa viene de que al aumentar la productividad, las mercancías se fabrican
en menos tiempo. Así que lo necesario para reproducir la fuerza de trabajo de
un día —comida, ropa, etc.— quizás antes costaba cuatro horas, dejando cuatro
horas de la típica jornada laboral como plusvalía. Si se pueden producir las
mismas necesidades vitales en tres horas, entonces incluso manteniendo el nivel
de vida del trabajador o la trabajadora, el capitalista puede extraer cinco
horas de plusvalía. Pero esto ocurre más o menos sin que se note; al estallar
la crisis, esta vía ya se ha agotado.
Las otras
medidas implican ataques directos a la clase trabajadora; pasan por reducir los
salarios, y/o aumentar la jornada laboral, en ambos casos con el objetivo de
aumentar la tasa de explotación.
El salario
se basa en el valor de cambio de la fuerza de trabajo: cuánto cuesta
reproducirla. El valor de un televisor es una cuestión técnica; refleja el
tiempo necesario para producir las piezas y ensamblarlas. Pero el valor de la
fuerza de trabajo es un tema político. Forzosamente incluye comida y
alojamiento, sin los cuales la mano de obra no sobrevive. Pero por ejemplo,
¿incluye vacaciones pagadas cada año? ¿Incluye sólo protección básica contra
los elementos, o una vivienda digna, cómoda y estable? Y un largo etcétera.
Ante la crisis, los jefes intentan reducir el valor de la fuerza de trabajo
—tanto el salario inmediato como el salario social, es decir, la pensión, las
bajas por enfermedad, etc.— para que se acerque cada vez más a la mera supervivencia.
Intentan
aumentar la jornada laboral de varias maneras. La más explícita es exigiendo
que se trabaje más tiempo al final del día. De manera algo más sutil, eliminan
o reducen los períodos de descanso; quitan días festivos o “de libre
disposición”; reducen las vacaciones, etc. Y aparte de extender el día laboral,
intentan extender la vida laboral, posponiendo (incluso eliminando) la edad de
jubilación; así el sistema extrae más plusvalía y a la vez ahorra en pensiones.
Todas estas
medidas no surgen porque los jefes sean codiciosos y carentes de corazón
—aunque suelen serlo—, sino que son fruto de la misma lógica del sistema.
No se puede
superar esta lógica mediante reformas, aunque éstas pueden ser bienvenidas. No
se trata de crear empresas más ‘humanas’, porque éstas seguirán inmersas en un
sistema inhumano por naturaleza.
A fin de
cuentas, la única solución a la crisis es acabar con el propio sistema
capitalista. Ésta es la lección clave de la teoría económica marxista.

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