Artículos de
Opinión | Alejandro Rebossio | 18-01-2013 |
Avanzando
por distintas vías, las economías latinoamericanas se acercan poco a poco hacia
el pleno empleo. Según los datos publicados por la Organización Internacional
del Trabajo (OIT), el paro siguió bajando en la región en 2012 hasta situarse
en el 6,4%, la tasa más baja desde que la organización empezó a medir este
indicador hace ahora 22 años. Tras alcanzar una media regional del 11% en los
primeros años del siglo XX, el desempleo se ha ido reduciendo en la medida en
que los precios de las materias primas se mantienen altos y la economía crece.
Se han creado 30 millones de empleos y la mujer se incorpora cada vez más al
mundo laboral. El gran desafío, sin embargo, sigue siendo mejorar la calidad de
estos puestos de trabajo: la mitad de los empleos no cotiza en la Seguridad
Social y algunos trabajadores reciben ingresos con los que no logran salir de
la pobreza (un mal que afecta al 28,8% de los latinoamericanos). La generación
de empleo es abundante, pero se produce sobre todo en sectores con bajos
índices de productividad, y por ende de menores salarios, como en el comercio
minorista y la construcción. Existen excepciones en algunos países donde
también se expande el trabajo en la industria, aunque por lo general en
sectores con bajo contenido tecnológico y en los servicios de exportación.
“Por
diferentes caminos, las distintas economías de América Latina llegaron al mismo
lugar: una situación cercana al pleno empleo, aun cuando esto diste mucho de
haber resuelto los problemas sociales que aquejan a una proporción todavía alta
de la población”, observa la consultora argentina Bein en un reciente informe.
“A esta situación llegaron tanto las economías que optaron por el canal del
crédito y estabilizaron la demanda de dinero con tipos de interés altos en pos
de mantener acotada la inflación, como las que maximizaron el crecimiento de
corto plazo a partir de tipos de interés reales negativos (por debajo de la
subida de precios) e inflación alta. En el primer caso, la apreciación
cambiaria se dio por una caída nominal del dólar; en el segundo caso, por
inflación. Brasil, Chile, Uruguay, Perú, México y Colombia están en el primer
grupo. Argentina y Venezuela en el segundo”, señala Bein.
En ambos
grupos llegaron capitales por las elevadas cotizaciones de los productos
básicos, y en el primero también por el ingreso de fondos financieros que
buscaban mejores rendimientos que en los países desarrollados. Tanto dinero
entrando a la región derivó en el riesgo de caer en la llamada “enfermedad
holandesa”: en la década de 1960, Holanda descubrió grandes yacimientos de gas
cerca del Mar del Norte. Comenzaron a entrar entonces muchas más divisas al
país y se apreció su moneda, el florín; esto encareció la producción industrial
y terminó por dañarla.
En los
noventa, en América Latina crecía el desempleo al ritmo de las privatizaciones
y la apertura comercial. En los 2000, pese a las diferentes políticas
económicas de unos y otros países, dos factores impulsaron la recuperación del
empleo, según Julián Messina, economista senior del Banco Mundial. “Uno es el
crecimiento económico sostenido en el tiempo, algo que no estábamos
acostumbrados a ver. Otro son las condiciones externas favorables: el mayor
precio de las materias primas por la demanda china”, añade Messina. Incluso el
empleo resistió la gran recesión mundial de 2008/2009. Así lo destaca la
directora regional de la OIT, Elizabeth Tinoco: “Además de sacar provecho del
ciclo de crecimiento, es evidente que en algunos países se aprovechó la
experiencia acumulada de crisis anteriores, cuando la región, en vez de
reaccionar mecánicamente ajustando el cinturón, privilegió medidas de inversión
y promoción del crecimiento. Muchas de estas medidas se enfocaron a la
protección de los empleos y los ingresos de las personas”. Pero la industria
petrolera, la minería y la agricultura no son sectores de mano de obra
intensiva, no generan tanto trabajo como divisas. En los 2000 cayó la
participación del empleo del sector primario sobre el total de Latinoamérica.
Son sectores en los que mejoró mucho la productividad y en los que se tornaron
más prescindibles muchos trabajadores. Algo que sucedió, por ejemplo, en las
grandes plantaciones de soja o maíz. “Las materias primas propiciaron ingresos
que estimularon que otros sectores desarrollaran empleos”, explica la jefa de
Mercados Laborales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Carmen
Pagés-Serra. Sin embargo, se trató de puestos laborales en servicios que se
caracterizan por tener una baja productividad y estar dedicados al mercado
interno, explica Messina.
La
construcción, que en el año 2000 suponía el 7,1% de los empleos urbanos
latinoamericanos, ascendió hasta el 8,7% en 2011. El comercio pasó del 22,3 al
26,3%. Otros sectores más productivos también elevaron sus contrataciones. La
bonanza de los productos básicos impulsó la necesidad de una mejor logística,
con lo que el empleo en transporte, almacenamiento y comunicaciones se elevó
del 5,2 al 6,4%. Los servicios financieros pasaron del 2,1 al 3,8%.
Retrocedieron en cambio el sector primario (del 6,7 al 5,4%), el manufacturero
(del 15,2 al 14,1%) y el de servicios comunales, sociales y personales (del
40,4 al 34,7%), que abarca la Administración pública, la educación y la
sanidad, entre otros. Toda la región camina en esas tendencias, aunque existen
algunas excepciones. “Hay países como Argentina y Brasil con mayor empuje en el
sector manufacturero”, destaca Pagés-Serra. Son los únicos países donde creció
la participación del empleo industrial en la primera década de los 2000, aunque
cayó en 2011. En Brasil pasó del 14,1% en 2000 al 15,4% en 2009 y después, al
13,9% en 2011. En Argentina, pasó del 13,9 al 14,2% en 2010 y al 14% en 2011.
Pagés-Serra
adjudica este mejor desempeño respecto del resto de la región a que se trata de
dos países con “mercados internos muy fuertes”. También es cierto que Mercosur
conserva una menor apertura comercial que países más liberales, como México,
Chile, Colombia o Perú. La analista del BID aclara, no obstante, que los nuevos
empleos de las fábricas brasileñas y argentinas están vinculados con
producciones de bajo contenido tecnológico. En México, el empleo industrial
descendió del 23% al 16,3% en 2011 por el impacto de la crisis de Estados
Unidos y la competencia china en ese país, principal destino de las
exportaciones de las maquilas (ensambladoras) mexicanas. Hay casos puntuales
que los expertos destacan por su desempeño, aunque aclaran que su impacto es
reducido en relación con el empleo total de cada país: los servicios
financieros, marítimos y portuarios en Panamá, los proveedores de la minería en
Chile, los nuevos yacimientos en Perú (oro) y Bolivia (litio), los espárragos
peruanos, la biotecnología, las bodegas o los servicios audiovisuales en
Argentina, la industria del coche en este país, Brasil y México, la producción
brasileña de maquinarias, aviones y alimentos elaborados, el sector asegurador
mexicano y la alta tecnología de Costa Rica, donde Intel fabrica
microprocesadores. Los Gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay o México han
incentivado los servicios informáticos, y el de Chile también la radicación de
emprendedores, pero los analistas consideran que aún los resultados son
moderados. La construcción, el comercio y el transporte crean empleo formal,
pero también mucho informal, con lo que sus trabajadores carecen de cobertura
de salud y tampoco tendrán pensión cuando envejezcan. El trabajo no registrado,
que suele arrastrar también bajos ingresos, inestabilidad y falta de derechos,
bajó en Latinoamérica del 60% del total al 55% en la primera década de los
2000, según el BID. “En Chile, Brasil y Argentina la mayoría del empleo creado
ha sido registrado, no necesariamente de buena calidad”, aclara Pagés-Serra.
Uno de los pocos países donde no ha bajado la informalidad ha sido México. El
trabajo sin seguridad social suele cebarse sobre los jóvenes: afecta a 6 de
cada 10 que cuentan con un empleo urbano (la media general en las ciudades es
del 48%). Suele decirse que la rigidez contractual desalienta el trabajo
registrado, pero este ha crecido en países con Gobiernos de izquierda o
centroizquierda que en los 2000 han vuelto a incentivar la negociación
colectiva, han regulado la subcontratación y han reformado la justicia laboral
para afianzar los derechos de los trabajadores, al tiempo que han aumentado las
inspecciones en las empresas. Tinoco sugiere que los Gobiernos incentiven la
formalización de las compañías con créditos y simplificación de trámites. El
desempleo también baja porque sube el subempleo, es decir, la cantidad de gente
que trabaja menos de 30 horas semanales pese a que desearía hacerlo más.
“Cuando el seguro de desempleo es bajo y tiene poca cobertura, muy pocos pueden
vivir sin hacer alguna changa [ocupación transitoria en tareas como
albañilería]”, comenta Julio Neffa, economista del argentino Grupo Fénix y
compilador de una reciente investigación sobre el trabajo en la región que
publicó el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). “Con una hora
de trabajo semanal, ya se considera que una persona está ocupada”, advierte
Neffa. El subempleo alcanzaba en 2009 al 12% en Ecuador, el 11% en Argentina y
al 9% en Perú, señala Pagés-Serra.
Las nóminas
más bajas han crecido más que las más altas en el nuevo siglo. La caída de la
pobreza, desde el 44,3% en 2000, se ha producido más por la creación de empleo
y las alzas salariales que por las también valiosas ayudas sociales que han
creado diferentes Gobiernos. Messina adjudica el mayor aumento de los sueldos
bajos a que se han demandado más empleos en sectores que requieren menor
calificación laboral, como los de la construcción y el comercio minorista.
También han influido las considerables subidas de los salarios mínimos que
alentaron los Gobiernos en los 2000, con excepción de los de El Salvador,
México, Panamá, Paraguay y República Dominicana.
Los mayores
costes laborales han derivado en un aumento de la contratación informal
mediante diversos tipos de becas, contratos temporales o a través de empresas
de servicios subcontratados, lamenta Neffa. En Chile, Perú, Bolivia o Paraguay,
la mitad del empleo formal que se ha creado es temporal.
“El trabajo
precario aumentó en casi todos los países porque la flexibilización laboral de
los noventa no se revirtió en los 2000”, añade el investigador del Fénix.
México acaba de aprobar una reforma en ese mismo sentido. “Se hace difícil
incrementar lo que la OIT llama trabajo decente”, alude Neffa a un trabajo
productivo, con un salario digno, seguridad, protección social, perspectivas de
desarrollo personal, libertad sindical, negociación colectiva e igualdad de
oportunidades.
“Argentina,
Brasil y Uruguay son los países con más progresos en calidad del empleo, por la
subida del salario mínimo y el mayor poder de los sindicatos”, opina el
profesor de las universidades de Buenos Aires y La Plata. Los países con más
trabajadores afiliados a sindicatos en la región son Cuba (71%), Argentina
(32%), Bolivia (27%), Uruguay (25%) y Brasil (18%), según la Central Sindical
de las Américas.
Aún quedan
14,8 millones de latinoamericanos en el paro en las ciudades. La OIT prevé que
en 2013 la cifra seguirá bajando. Sus datos indican que en 2012 se redujo en
Brasil pese a su estancamiento económico (del 6,2% en 2011 al 5,7%), México (de
6,1 a 5,9%), Colombia (de 11,8 a 11,5%), Venezuela (de 8,6 a 8,2%), Chile (de
7,3 a 6,6%) y Perú (de 8% a 7,2%), mientras que se mantuvo sin cambios en la
desacelerada Argentina (7,3%).

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