El temor irracional y racista a China
Artículos de
Opinión | Andre Vltchek | 08-01-2013 |
Irak,
Afganistán, Palestina y Libia están en ruinas, aplastados por las pesadas botas
del imperialismo occidental.
Pero nos
dicen que tengamos miedo de China.
Todas las
naciones de Indochina fueron bombardeadas hasta devolverlas a la edad de
piedra, porque los semidioses occidentales no estaban dispuestos a tolerar, y
pensaban que no debían tolerar, lo que alguna no-gente en Asia realmente
ansiaba. Vietnam, Camboya, Laos –millones de toneladas de bombas lanzadas desde
B-52 estratégicos, bombarderos en picado, y desde cazabombarderos. Las bombas
que caían llovían sobre el campo prístino asesinando a niños, mujeres, y
búfalos de agua, millones murieron. No hubo disculpas, no se aceptó la culpa y
no hubo compensación por parte de las naciones culpables.
Indonesia,
líder del mundo no alineado, con un inmenso Partido Comunista constitucional,
fue destruida por el golpe de 1965, por la alianza de gobiernos occidentales,
militares fascistas indonesios y las elites, así como por religiosos fanáticos
de la mayor organización musulmana, UN. Murieron entre 2 y 3 millones de
personas, incluidas las pertenecientes a la minoría china. Maestros, artistas,
pensadores, todos asesinados o silenciados. En este caso, el imperialismo creó
una nación sumisa, casi carente de base intelectual; incapaz incluso de
analizar su propia caída.
Pero ahora
nos ordenan que seamos conscientes del ascenso de China.
Latinoamérica:
violada una y otra vez, de México a la República Dominicana, de Cuba a Granada,
Panamá, Haití, Brasil, Argentina, Colombia y Chile. Durante años, décadas y
siglos. Casi todos los países de Centroamérica y Suramérica, así como en el
Caribe, fueron asolados en algún punto de la historia, por la implementación
racista e indignante de la “Doctrina Monroe”.
Los
recientes golpes contra los gobiernos progresistas de Honduras y Paraguay
fueron implementados bajo el ‘suave liderazgo’ del supremo líder liberal de
Occidente y “defensor de la democracia global” el presidente Barack Obama.
¡Pero nos
dicen que hay que contener a China! No a nosotros –no a Occidente– sino a
China.
En Medio
Oriente, reinos y emiratos enteros se desviven compitiendo entre ellos por
quién será el colaborador más servil de los intereses occidentales, quién
aceptará más bases militares de EE.UU. en su territorio, quién matará,
arrestará o torturará más gente, a los oponentes a la dictadura global de
Occidente.
Pero es
China, naturalmente, la que pone en peligro de modo inaceptable el derecho
ancestral europeo y estadounidense de reinar sobre el mundo. O, para ser más
preciso, el ‘peligro’ es compartido por China, Rusia y Latinoamérica, tres
sitios que logran liberarse de las cadenas occidentales y avanzar por sus
propios caminos políticos, sociales, culturales y de desarrollo. ¡Sean lo que
sean, pero suyos!
Pero China
es el ‘peor’, porque esos russkies y latinos todavía parecen blancos,
por lo menos en su mayoría. Pero imaginar que el país más importante del mundo
esté firmemente ubicado en Asia sería inimaginable, inaceptable y verdaderamente
sacrílego.
En África,
que por cierto no tiene mucha importancia, tal como está, ante los ojos de
multinacionales y gobiernos occidentales, habitada por la más humilde especie
de ‘no-gente’ (para usar el léxico de Orwell), enormes áreas geográficas y culturas
han sido saqueadas, divididas, debilitadas, prácticamente anuladas. Se
erigieron fronteras ridículas, grandes líderes populares como Patrice Lumumba
del Congo, fueron asesinados. Maníacos asesinos como Paul Kagame y Museveni
fueron entrenados en y por Occidente, armados y llevados al poder, luego
enviados a diversas misiones; para saquear y mantener el orden por cuenta de
los intereses occidentales.
El Congo
perdió unos 10 millones de personas durante el reinado del rey genocida belga
Leopoldo II (actualmente héroe nacional de Bélgica, celebrado por innumerables
estatuas en toda Bruselas). Actualmente pierde una cantidad semejante, mientras
los protegidos militares de Washington y Londres en Ruanda y Uganda invaden
libremente, derrocan gobiernos y saquean esa vasta y maltratada nación vecina.
Somalia
prácticamente ya no existe, dividida por la fuerza, e invadida regularmente por
aliados de Occidente, Kenia y Etiopia. Los europeos vierten desechos tóxicos
cerca de su costa y luego se muestran indignados por la piratería, una
justificación más para la continua militarización de toda la región. La
orgullosa ‘Cuba africana’ –Eritrea– es torturada por sanciones; mientras el
país/base militar Yibuti ha sido glorificado y mimado, convertido en un
contaminado, frustrado y grotesco símbolo del militarismo francés y
estadounidense, del imperialismo occidental, en la región en la que nació la
raza humana.
En África
Occidental, en Argelia, en Angola y Namibia, en el Congo y Somalia, y en
docenas de países más de África, decenas de millones de personas han sido
masacradas por los imperialistas occidentales en los Siglos XX y XXI. Y la
horrenda cuenta no fue mejor en las eras precedentes, con un holocausto directo
contra las poblaciones nativas, con genocidios como el realizado por los
alemanes en lo que es ahora Namibia, con esclavitud, tortura, violaciones y el
desprecio total por las vidas humanas no blancas.
¿Pero hace
un legado semejante que las naciones occidentales sean más humildes, reflexivas
y apologéticas? ¿Existe por lo menos un cierto pathos de profunda culpa que
cause esperanza de reconciliación global? No, ¡lejos de eso! No hay
remordimientos en Londres, París, Berlín, Bruselas y Washington, en el campo
francés, en el Medio Oeste o el Sur de EE.UU. O si existe, está concentrado en
pequeñas áreas, sobre todo urbanas, desconectadas de la corriente dominante.
¡Pero a
China la culpan ahora de ‘hacer negocios’ con dictadores africanos! Y el
aparato propagandístico occidental, los medios noticiosos locales, de propiedad
y ‘capacitados’ por Occidente, fabrican, inflan e implantan la culpa de China
en los cerebros de la gente en todo el mundo.
Por ejemplo,
un accidente minero en Zambia. Cada vez que está involucrada alguna compañía
china, la situación se exagera hasta que adquiere proporciones tremendas. El
resultado es que docenas de personas muertas debido a negligencia son puestas
al mismo nivel que docenas de millones que murieron debido al salvaje
imperialismo occidental, la trata de esclavos, el colonialismo y el
neocolonialismo.
Las mismas
tácticas propagandísticas se utilizan en todo el mundo. Por ejemplo, el
Instituto Goethe en Yakarta, Indonesia, no hace mucho, organizó una exposición
fotográfica de trabajadores polacos en Gdansk chocando con la policía, en los
días de Solidaridad. Entonces murieron algunas personas. ¡Pero el Instituto
Goethe no organiza exposiciones conmemorando los millones de comunistas, ateos,
intelectuales y chinos que murieron en 1965 y después en Indonesia! Es casi
como decir: “Veis, esos 3 millones de indonesios tuvieron que ser sacrificados,
para impedir el escenario en el cual 30 personas fueron muertas posteriormente
en Polonia”. Una lógica interesante. Pero, apoyada por montañas de dinero,
¡funciona!
En Oceanía
–en Polinesia, Melanesia y Micronesia– los británicos, estadounidenses,
franceses, españoles, alemanes y otros amos coloniales, aplastaron y luego
remodelaron el complejo universo que solía pertenecer a la gente altiva que
habitaba decenas de miles de islas, islotes y atolones del Pacífico Sur.
Los
habitantes locales fueron luego efectivamente llevados a la esclavitud; sus
reinos, sus entidades geopolíticas fueron primero divididos en colonias y luego
en naciones-Estado. Sus líderes fueron asesinados, marginados, amenazados y finalmente
corrompidos y comprados.
Las naciones
occidentales libraron batallas por las islas, realizaron experimentos nucleares
a costa de la gente local, y luego inventaron una denominada ‘doctrina de
disuasión estratégica’, para asegurarse de que ningún barco ‘enemigo’, ninguna
idea inadecuada o ideología antiimperialista entrara en ese tremendo universo,
que se extiende sobre un área interminable de agua.
Al fin
construyeron inmensas bases militares; estadounidenses, británicas y francesas;
descargaron todo tipo de desechos tóxicos y prístinos atolones como Kwajalein,
fueron convertidos en terrenos de prueba de misiles.
Desechos,
radiación, comida chatarra; todo condujo a innumerables emergencias médicas que
adquirieron tal dimensión que solo el cambio climático y el consiguiente
aumento del nivel del agua del mar han podido ser considerados de modo realista
como una mayor amenaza para la supervivencia de la gente y de los Estados de
Oceanía.
Viví en el
Pacífico Sur durante más de 4 años, viajé y trabajé en todos los países del
lugar, excepto en Niue y Nauru. Escribí sobre la lucha de los isleños que
habitan el Pacífico Sur en mi libro de ensayo Oceania.
Varios
países –Kiribati, las Islas Marshall, los Estados Federados de Micronesia, así
como las varias islas y atolones que ahora pertenecen a otros Estados– se están
volviendo rápidamente inhabitables. El agua de mar pasa por sus zonas de
baja altitud y la vegetación está muriendo.
Occidente,
responsable de la mayor parte de la contaminación, la emisión de dióxido de
carbono y el calentamiento global, no ha hecho casi nada para salvar a esos
países de la desaparición.
La ayuda
exterior que están donando EE.UU., la UE, Australia y Nueva Zelanda, es a
menudo tan dañina como los propios gases tóxicos. Se utiliza habitualmente para
corromper a los funcionarios de los gobiernos locales; para pasearlos en avión
por el mundo, arraigando la denominada ‘mentalidad per-diem’. Doblegados y
corruptos, los gobernantes locales no demandan verdadera compensación y soluciones
reales para sus países sufrientes. La ‘ayuda exterior’ también se utiliza para
pagar expertos extranjeros a fin de que visiten, ‘analicen’ y escriban
innumerables y casi siempre fútiles informes. Todo eso, solo para crear la
percepción de que se está haciendo algo; ¡y para asegurarse de que jamás se
haga!
La gente de
Oceanía no quiere que la evacúen; la mayoría quiere luchar por la supervivencia
de sus islas. Hablé con ellos: en Kiribati, Tuvalu, FSM, RMI y otros sitios.
Pero Occidente y los gobiernos locales insisten en proyectos idiotas de
evacuación, por muchas razones negativas.
En cierto
momento, China comenzó a ayudar, con el espíritu del internacionalismo; como
debe hacerlo un país socialista. Puso manos a la obra y comenzó a construir
escuelas, hospitales, edificios gubernamentales, carreteras y estadios; así
como muros de protección y otra infraestructura pesada para defender áreas
pobladas en peligro.
Occidente
atacó de inmediato todos esos esfuerzos, inyectando nihilismo y envileciendo
todo lo puro y decente. La primera etapa de la propaganda occidental, la misma
que se ha usado en África y otros sitios, consistió en una andanada de mensajes
negativos de que China no ‘hace, jamás, algo por altruismo’; simplemente sigue
sus propios tenebrosos intereses y propósitos egoístas.
Las frases
‘filosóficas’ y propagandistas son predecibles y simples: “Si somos basura, si
nuestra cultura nos envía a saquear y esclavizar el mundo, hay que convencer a
la humanidad de que otros tienen la misma esencia que nosotros. De esta manera,
lo que estamos haciendo no se considerará extraordinario. ¡Somos todos
humanos, de todas maneras!”
Es basura,
por supuesto, e incluso personas como Gustav Jung consideraron la cultura
occidental como excepcionalmente agresiva, una especie de patología. Pero, como
lo probaron muchas veces propagandistas occidentales como Joseph Goebbels y
Rupert Murdoch, si la propaganda se repite mil veces y corrompemos y
pagamos a suficientes sujetos en todo el mundo para que repitan lo que les
decimos, la basura se convierte en relucientes diamantes de veracidad, y
eventualmente en incuestionable sabiduría común.
Pero
volvamos a China y Oceanía:
Cuando la
guerra relámpago para desacreditar China no dio resultado, o por lo menos fracasó
en los países que se beneficiaban de la ayuda china, Occidente inventó una
estrategia singular: fue a Taipei y comenzó a ‘alentar’ a Taiwán para de que se
‘involucrara’. Los taiwaneses estaban dispuestos y disponibles y comenzaron a
ofrecer sobornos a los dirigentes de Oceanía, a cambio del reconocimiento de
Taiwán como país independiente. Una vez que Taiwán es ‘reconocido’, algo que
incluso EE.UU. o la UE se niegan a hacer, en la mayor parte de los casos China
toma represalias rompiendo las relaciones diplomáticas.
Y ese era,
indudablemente, el plan de las antiguas y astutas potencias coloniales.
Mientras los
países que no abandonaron a China, como Samoa, obtuvieron sus diques marinos
protectores, estadios y edificios del Parlamento construidos en solidaridad y
con optimismo socialista, países como Kiribati, un sitio que se podría
describir fácilmente como uno de los verdaderos casos perdidos de Oceanía,
fueron inundados de nihilismo infligido por Taiwán. El dinero llegó, pero no a
la gente; sino a los profundos bolsillos del gobierno.
Mientras
pequeños países enteros de Oceanía están cerca de la extinción, sus dirigentes,
en su mayoría educados y entrenados en Australia y EE.UU., están ocupados
vendiendo sus votos en las Naciones Unidas: votando en apoyo a la ocupación de
Palestina por Israel, en apoyo a invasiones de EE.UU. en todo el mundo o contra
las resoluciones ecológicas que podrían tener un efecto directo positivo sobre
la situación de sus países.
“Un día me
acorraló un equipo de la televisión israelí”, me dijo un sacerdote en la
capital de los Estados Federados de Micronesia (FSM). “El público israelí
quería saber: ¿quiénes son esas criaturas que votan constantemente en apoyo a
Israel, junto a EE.UU. y contra todo el mundo?”
Bueno, ¡son
las mismas que reciben acorazados taiwaneses y sus tripulaciones que tocan
himnos nacionales en las playas, y desfilan por doquier como maníacos,
levantando banderas!
Y, a
propósito, los que piensan que China no puede actuar con altruismo, deberían
leer a Fidel Castro y sus poderosas y agradecidas palabras, describiendo cómo
Cuba fue rescatada por la nación china, después del ataque de demencia de
Gorbachov y la exaltada orgía alcohólica de Yeltsin, alentada por Occidente,
con la destrucción de la URSS y varios años terribles de saqueo sin
oposición del mundo por el Imperio Occidental, como resultado.
Cuando los
medios chinos me entrevistan, a menudo me hacen la misma pregunta: “¿Qué puede
hacer China para apaciguar a Occidente?”
Y mi
respuesta es siempre la misma: “¡Nada!”
La
propaganda occidental no busca maneras objetivas de analizar a China; no busca
la buena voluntad de China. Existe para tergiversar y dañar a cualquier país
que insista en su propio modelo de desarrollo, en servir a su propio pueblo en
lugar de sucumbir dócilmente a los intereses de Occidente y los de las
compañías multinacionales.
Occidente
trata de destruir a la China socialista como trató de destruir a Vietnam
durante lo que llaman en Asia “La guerra estadounidense”. Tal como hizo un
tremendo esfuerzo para arruinar a Moscú, inmediatamente después de la
Revolución de 1917, hasta el final. Como trató de destruir a todos los países
que insistieron en sus propios principios: Cuba, Egipto, Indonesia, Chile,
Nicaragua, Eritrea e Irán antes del Shah, por nombrar solo unos pocos.
Algunos,
como Corea del Norte, fueron primero arrasados y luego llevados al extremo,
obligándolos a radicalizarse para después ridiculizarlos y exhibirlos en las
pantallas de televisión como unn ejemplo monstruoso de país gagá.
Es evidente
lo que Occidente quiere hacer con China, y no es tan diferente de sus designios
de la Guerra del Opio. El escenario perfecto sería una nación inhabilitada,
dividida y sumisa, admiradora de Occidente. El mejor gobernante sería una
especie de Yeltsin chino dispuesto a cometer traición, despedazar el país,
abrirlo a oligarcas e intereses extranjeros, cancelar todas las aspiraciones
sociales y atacar con bombas el Parlamento repleto de representantes del pueblo
que todavía creen en el socialismo.
Entonces
podríamos ‘hacer negocios con China’, y darle pleno apoyo ideológico y
propagandístico.
Mi consejo
usual a los medios chinos es: “¡Usad las cifras! ¡Las cifras están de vuestra
parte!”
Pero parece
que el equipo de propaganda de China no está a la altura de los apparatchicks
occidentales.
China es
demasiado tímida, demasiado blanda, como es en realidad todo el mundo, en
comparación con los gánsteres políticos y económicos occidentales.
En una serie
de golpes letales, Occidente puede bombardear un país, envenenar a su gente con
uranio empobrecido, imponer sanciones que matan a cientos de miles de mujeres y
niños indefensos, luego volver a bombardear el lugar, invadirlo, saquearlo y
asegurarse de que sus propias compañías ganen miles de millones de dólares en
un proceso de reconstrucción que en realidad no muestra ningún resultado
concreto.
Una actitud
semejante no puede ser equiparada por nadie; ni por China ni por la Unión
Soviética, que siempre se aseguró de que sus Estados satélites tuvieran niveles
de vida superiores a los de Moscú.
Si China no
lo hace, lo haré yo, brevemente. Utilicemos cifras y mostremos al mundo,
especialmente a esos ciudadanos occidentales ‘preocupados’ de cómo va realmente
a China. Comparemos. Y hagámoslo sobre una base per cápita, el único camino
justo.
¿Cuánta
gente ha sido asesinada por Occidente más allá de sus fronteras desde la
Segunda Guerra Mundial en el Mundo Árabe, en Asia Pacífico, en África,
Latinoamérica, Oceanía?, en realidad casi por doquier. Calculé y mi cálculo
conservador es entre 50 y 60 millones. Más de 200 millones en acciones
indirectas.
China,
algunos miles de personas en su invasión punitiva y errónea de Vietnam, después
de que Vietnam liberó Camboya de los Jemeres Rojos. ¡Pero es lo peor que ha
hecho China! Y se retiró rápidamente. ¡Y nunca bombardeó Vietnam hasta
devolverlo a la edad de piedra!
Por lo
tanto, supongamos que la invasión china haya costado 10.000 vidas, Occidente
mató por lo menos 5.000 veces más gente que China. Matemática simple, ¿verdad?
¿Cuántos
gobiernos fueron derrocados por Occidente, incluyendo los que fueron elegidos
en procesos democráticos cuidadosos y entusiastas? No tengo paciencia para
mencionarlos todos: Nicaragua, Chile, Brasil, República Dominicana, Indonesia,
Irán, Zaire, Paraguay y docenas más Básicamente se destruyó todo gobierno que
no fuera aprobado por las compañías y políticos occidentales.
China: cero.
¡Occidente
dio realmente grandes lecciones de democracia al mundo!
Pero
continuemos nuestras comparaciones.
¿Quién usa
su veto contra las resoluciones de las Naciones Unidas sobre Palestina y otros
temas internacionales cruciales?
¿Quién se
coloca fuera del alcance de los tribunales internacionales de justicia, incluso
amenazando con invadir Holanda en caso que se lleve a sus ciudadanos ante la
corte internacional de La Haya?
¿Quién es el
mayor contaminador, per cápita? China ni siquiera es comparable a las naciones
escandinavas, y se convierte en la segunda amenaza ecológica, después de
EE.UU., solo si se aplican cifras absolutas, un modo absolutamente extraño de
utilizar estadísticas. Para usar la misma lógica, se concluiría que: ‘hay más
personas que fuman en Francia que en Mónaco’.
Incluso el
exvicepresidente de EE.UU., Al Gore, de quien no se puede decir que sea un
enamorado de China, escribió que China tiene leyes de protección ambiental más
duras que EE.UU.
Pero
volvamos a la defensa, a esa ‘amenaza’ que China supuestamente plantea al resto
del mundo.
Según el
Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo (Anuario SIPRI
2012), EE.UU., con una población de 315 millones, invierte (oficialmente) cerca
de 711.000 millones de dólares en gastos militares. Muchos analistas insisten
en que la cifra es realmente de más de 1 billón [millón de millones] de
dólares; otros dicen que el monto es aún superior que eso, pero incalculable
por una compleja y opaca interacción entre el gobierno y el sector privado.
Pero basémonos en las cifras oficiales y aceptemos, a modo de argumento, el
cálculo más bajo de 711.000 millones de dólares.
Aliados
cercanos de EE.UU. también son todos grandes gastadores; todos adquieren
fervorosamente sus bombas nucleares, misiles y cazas jet: El Reino Unido con 63
millones de personas gasta 62.700 millones de dólares en ‘defensa’. Francia con
65 millones de personas, gasta 62.500 millones. Japón con 126 millones,
desembolsa 59.300 millones de dólares, aunque oficialmente ni siquiera tiene
ejército. Dos de los aliados más cercanos de Occidente en Medio Oriente, son
aún más radicales:
Arabia Saudí
con una población de 28 millones gasta 48.200 millones de dólares, e Israel con
una población de solo 8 millones, gasta 15.000 millones de dólares, un monto
proporcionalmente similar.
China, el
país más populoso del mundo, con 1.347 millones de personas, gasta 143.000
millones de dólares, aproximadamente tanto como el Reino Unido y Francia
juntos, ¡pero con una población que defender más de 10 veces superior!
Per cápita,
EE.UU. gasta más de 21 veces más en defensa que China. El Reino Unido más de 9
veces y Arabia Saudí más de 16 veces.
Y hay que
preguntarse: ¿De quién se ‘defienden’ Francia y el Reino Unido? ¿Podría ser de
Andorra, Mónaco o Irlanda? ¿O tal vez contra ese remoto trozo de Europa,
Islandia?
Al
contrario, China, que ha sido atacada en varias ocasiones; que fue ocupada,
colonizada y saqueada por potencias occidentales, notablemente por el Reino
Unido y Francia (cuya barbarie en el saqueo de Pekín fue legendaria), se ve
ante cientos de bombarderos estratégicos y misiles nucleares, desde las
direcciones de Okinawa y Guam, desde las flotas de EE.UU. de la región y desde
las bases de cercanas excolonias centroasiáticas de la antigua Unión Soviética.
EE.UU., en
desafío de la constitución de las Filipinas, realiza ejercicios militares en la
base Clark y otras instalaciones militares en el territorio de su antigua
colonia. Tiene una fuerte presencia militar en Corea del Sur, a solo un paso de
China, y hace propuestas abiertas y encubiertas a Vietnam, tratando,
extrañamente, de alquilar algunas de sus antiguas bases, que se utilizaron por
última vez durante la guerra. Y no es ningún secreto que Mongolia es ahora uno
de los más incondicionales aliados occidentales, con miles de kilómetros de una
larga frontera con China.
¿Qué
justifica gastos militares tan diferentes entre Occidente y China?
La respuesta
es ¡Nada! Como en el caso de la “Doctrina Monroe” Occidente no necesita
ridículas justificaciones. Su presunción de superioridad racial y cultural, no
expresada pero asumida, parece que basta para silenciar a todos los escépticos
y críticos interiores.
Las elites,
‘intelectuales’ y medios de la mayor parte del mundo han sido entrenados y
pagados para que se arrodillen y bajen la cabeza ante esa farsa evidente pero
incuestionable.
¿Qué estoy
haciendo? Formular estas preguntas no solo se considera inaceptable en Europa y
EE.UU., ¡es descomedido!
Y China,
muchas veces víctima de agresiones occidentales, se ve ahora a la defensiva,
acusada de ‘demostrar su poderío’, a pesar de su presupuesto de defensa
desproporcionadamente bajo y casi sin una historia de invasiones e
imperialismo.
China se
representa como una amenaza, mientras se posiciona hombro a hombro con la
mayoría de las naciones progresistas latinoamericanas y con Rusia, bloqueando
resoluciones de la ONU hechas para abrir la puerta a la invasión occidental de
Siria.
A los ojos
del régimen occidental, el intento de impedir una invasión equivale a un crimen
supremo, casi similar a terrorismo. Los países que representan un obstáculo son
vilipendiados utilizando la propaganda más virulenta.
Hay que
recordar que la misma retórica fue usada por la Alemania nazi, durante la
guerra. Miembros de toda la resistencia, guerrilleros y fuerzas opositoras se
tildaban de terroristas. ¿Y quién puede olvidar los graves insultos reservados
a las naciones que iban a ser atacadas? ¡O a la Unión Soviética que enfrentó a
los nazis y terminó por derrotarlos!
Según mis
investigaciones en la región, las fuerzas occidentales entrenan no solo a la
‘oposición siria’, sino también a yihadistas y mercenarios saudíes y cataríes,
en lugares denominados ‘campos de refugiados’ en Turquía, cerca de Hatay, y en
la base de la fuerza aérea de EE.UU. en Adana.
¿Pero quién
perdonará a China, Rusia y Latinoamérica por tratar de impedir otro escenario
horripilante al estilo libio?
Y luego,
están esas Islas Spratly, esa proeza de la propaganda occidental.
Las islas
Spratly podrían ser en realidad la única prueba de que China está ‘mostrando su
poderío’, o de que está dispuesta a defender sus intereses.
El gobierno
de las Filipinas, una excolonia estadounidense, está a la vanguardia de las
duras críticas dirigidas contra China.
Fui a hablar
con académicos filipinos, con importantes expertos en Manila, y logré
entrevistar a varios de ellos.
Las
opiniones eran generalmente similares, resumidas por Roland G. Simbulan,
investigador y profesor de Estudios de Desarrollo y Administración Pública en
la Universidad de las Filipinas, quien explicó:
“Hablando francamente,
esas Islas Spratly no son importantes para nosotros. Lo que sucede es que
nuestras elites políticas son evidentemente alentadas por EE.UU. para que
provoquen a China, y también existe una gran influencia de los militares
estadounidenses sobre nuestras fuerzas armadas. Yo diría que los militares
filipinos son muy vulnerables a ese tipo de ‘aliento’. Por lo tanto EE.UU.
alimenta constantemente esas actitudes antagónicas. Pero continuar con ese tipo
de actitud podría ser desastroso para nuestro país. Esencialmente, estamos muy
cerca de China, geográficamente y en general”.
En Vietnam,
EE.UU. explota claramente antiguas rivalidades, creando enemistad entre dos
Estados socialistas.
Y luego el
tema de los derechos humanos.
De nuevo
comparemos.
Hay más
gente en las cárceles en EE.UU. que en China. No solo más, sino
incomparablemente más.
Según el
Centro Internacional de Estudios Penitenciarios, EE.UU. tiene más personas en
cárceles, que cualquier otra parte del mundo: ¡730 por cada 100.000 habitantes!
De 221 países y territorios de los que se obtuvieron datos, China se encuentra
en el lugar 123, con 121 prisioneros por cada 100.000 habitantes. Es seis veces
menos que EE.UU., e incluso menos que Luxemburgo (que ocupa el puesto 120 con
124 prisioneros por cada 100.000 habitantes) o Australia (ocupa el puesto 113
con 129 prisioneros por cada 100.000 habitantes).
Es un hecho
conocido que en EE.UU. muchas prisiones están privatizadas y se mantiene a los
prisioneros básicamente como mano de obra gratuita o barata. Si no es una
violación de los derechos humanos mantener a millones de personas en las
cárceles por delitos de menor cuantía, solo para mantener repletos los cofres
de compañías privadas, ¿qué lo es?
La tortura
es aceptada y utilizada por interrogadores estadounidenses de todo el mundo.
China
todavía ejecuta a más personas que EE.UU., incluso en una base per cápita, lo
que es deplorable, pero la cantidad de ejecuciones está disminuyendo en China,
ya que se reduce la cantidad de crímenes penados con la muerte.
Pero
mientras la pena de muerte en China se menciona frecuentemente en conexión con
las violaciones de los derechos humanos, pocas veces se señala que EE.UU.
realiza ejecuciones extrajudiciales en varias partes del mundo, incluidos
Afganistán y Pakistán, donde utiliza drones, para atacar arbitrariamente a
presuntos terroristas, incluyendo a mujeres y niños.
¿Y el último
argumento propagandístico, el Tíbet? Si comparamos la situación con la de
los territorios regidos por los aliados occidentales, como Indonesia e India,
llegamos a conclusiones muy incómodas.
El régimen
de India en Cachemira solo puede describirse como una verdadera carnicería; el
régimen indonesio en Papúa, con más de 120.000 muertos (un cálculo muy
conservador) no se diferencia de un genocidio.
Pero India e
Indonesia nunca se describen como naciones que deberían cambiar su historial de
brutales violaciones de los derechos humanos. Tampoco se describen las naciones
occidentales según sus innumerables crímenes contra la humanidad en todos los
continentes.
¿Valen solo
los derechos humanos para los que viven al interior de un país? ¿No son
‘humanos’ los 50, 60 o 200 millones que Occidente asesinó, sobre todo en países
pobres?
Es ridículo
afirmar que el racismo no juega ningún papel en la forma de mostrar a China.
Tengo
amigos, que de otra manera son hombres y mujeres sensatos y progresistas,
quienes, cuando se menciona a China, no escuchan y comienzan a gritar: “No, no
quiero ir a ese país. ¡Es terrible!”
Comunistas,
socialistas, o capitalistas, el éxito de las naciones asiáticas nunca se toma a
la ligera en Occidente.
Quién podrá
olvidar el sarcasmo y la “desconfianza” dirigidos a Japón cuando sobrepasó,
económica y socialmente, a la mayoría de las naciones europeas. Y hasta ahora,
cuando alguien menciona que Singapur tiene muchos indicadores sociales que son
mejores que los de Australia, él o ella son inmediatamente recibidos por
estallidos derogatorios, dirigidos a la tropical ciudad-Estado.
Tanto
Singapur como Japón son fieles aliados occidentales y economías de mercado
altamente desarrolladas integradas en el sistema capitalista global.
China es
diferente. Desarrolla su propio modelo; está abriendo y creando su propio
camino por territorio desconocido. No está dispuesta a seguir órdenes de otros.
Es demasiado grande, su cultura demasiado antigua.
En el
pasado, como Japón, China estaba cerrada, viviendo en su propio dominio, nunca
agresiva hacia otros, sin ambiciones expansionistas.
Los
occidentales llegaron y la obligaron a abrirse. Lo que siguió fueron baños de
sangre y engaños, confusión y un largo período de humillación nacional y
marasmo.
Luego
vinieron la lucha por la independencia y la revolución. No fue fácil, ni sin
problemas, pero China volvió a crecer, comenzó a ponerse de pie, educando a su
pueblo, suministrando vivienda y salud a los pobres.
Siguió su
propio camino; un modo complejo de equilibrio entre su propia cultura y las
condiciones globales, entre el socialismo y la realidad capitalista que domina
el mundo.
Sufrió
algunos reveses pero tuvo muchos más logros. Y en realidad no “creció”
realmente; solo comenzó a recuperar su justo sitio en el mundo, un sitio que le
fue negado durante tanto tiempo, después de años de saqueo y de invasiones
debilitantes.
Es en
general una nación benigna habitada por gente de buen corazón. Casi todos los
que conocen China están de acuerdo.
Pero también
es una nación extremadamente determinada y orgullosa. Es sabia y busca la
armonía, siempre está dispuesta al compromiso.
Tratar de
arrinconarla, de provocarla, de atacarla, sería insano, casi suicida. Esta vez
China no cederá, no cuando tenga que ver con temas esenciales. Todavía está
fresca la memoria de lo que ocurrió cuando lo hizo.
Occidente,
cegado por el temor de que podría perder los privilegios del dictador, hace lo
impensable: meter una barra de hierro en la boca del dragón. Aquí en Asia, los
dragones son respetados y queridos, criaturas míticas de gran sabiduría y
poder.
Pero los
dragones también pueden ser fieros cuando se rompe la buena voluntad y los
invasores amenazan con asolar la nación.
China crece
y trata de comprender el mundo, de interactuar con él. Su pueblo se entusiasma
con lo que ve; quiere ganar amigos.
Occidente
actúa del modo más antagonista: vuelve a provocar una carrera armamentista,
utiliza la propaganda más virulenta, corrompe naciones enteras en Asia y
Oceanía para que adopten una posición anti China.
Es
comprensible que Occidente no haya sacrificado esos millones de personas, en
todo el mundo, solo para abandonar su control dictatorial y exclusivo del
poder. No destruyó docenas de países que buscaban la libertad, no bombardeó a
decenas de millonesde personas para ceder ahora.
En el futuro
no se puede excluir un enfrentamiento, y es obvio quién tendrá la culpa.
China no
abandonará su camino. No habrá un Yeltsin chino. Al mostrarse firme, China da
un ejemplo al mundo.
Al escribir
estas palabras, Latinoamérica está resistiendo y venciendo. Rusia resiste
mientras busca su propia dirección. Otros pueden sumarse. África sueña con la
resistencia, pero todavía no se atreve; todavía está demasiado dañada. Los
países árabes se atreven, pero todavía no han decidido en qué dirección
orientar sus sueños.
Pero aumenta
el descontento con las botas que aplastan la libertad. Y China no es quien se
las pone.
La
irracionalidad y el racismo de Occidente pueden ser contraproducentes.
Andre
Vltchek ( http://andrevltchek.weebly.com/) novelista,
cineasta y periodista de investigación. Ha cubierto guerras y conflictos en
docenas de países. Su libro sobre el imperialismo occidental en el Sur del
Pacífico se titula Oceania y está a la venta en http://www.amazon.com/Oceania-André-Vltchek/dp/1409298035.
Su provocador libro sobre la Indonesia post Suharto y su modelo fundamentalista
de mercado se titula Indonesia: The Archipelago of Fear , http://www.plutobooks.com/display.asp?K=9780745331997.
Recientemente produjo y dirigió el documental de 160 minutos Rwandan Gambit sobre
el régimen pro occidental de Paul Kagame y su saqueo de la República
Democrática del Congo, y One Flew Over Dadaab sobre el mayor campo de
refugiados del mundo. Después de vivir muchos años en Latinoamérica y Oceanía,
Vltchek vive y trabaja actualmente en el Este de Asia y África.

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