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| Jose Luis Menoyo, con una foto de su madre, Aurora. / LUIS SEVILLANO |
Fue en los diarios del
capellán de la cárcel de Torrero, Gumersindo de Estella, que asistió
a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942, donde Menoyo leyó el último grito de
su abuela al pelotón de fusilamiento: “¡Que la maten conmigo! ¡No quiero dejar
a mi hija con estos verdugos!”. Selina Casas, de 27 años, y Margarita
Navascués, fusilada aquella misma madrugada, “defendían sus tesoros a brazo
partido”, según anotó el capellán, mientras los guardias intentaban “arrancar a
viva fuerza a las criaturas” que llevaban en brazos. Fue inútil.
“Tengo el honor
de poner en su conocimiento que han sido entregadas a dos hermanas de la
caridad para su ingreso en Benéfico establecimiento los (...) hijos de las
reclusas ejecutadas esta madrugada en cumplimiento de sentencia dictada en
Consejo de Guerra”, escribió el director de la prisión de Zaragoza al
gobernador civil. Casas y Navascués habían sido condenadas a muerte por
intentar pasar al lado republicano."Al enemigo", especifica la ficha
de la Delegación de Seguridad Interior y Orden Público.
Menoyo
reunió esta documentación, que registra la peripecia de su madre —cómo el
capellán de la inclusa la bautiza el 20 de abril de 1938 “por encontrarse en
peligro de muerte” y ante la duda de que sus padres no lo hubieran hecho; o
cómo el 11 de marzo de 1939 es entregada a un matrimonio que no podía tener
hijos—, hace cuatro años, buscando, en realidad, a su padre. “Mis padres se
separaron al poco de nacer yo y nunca tuve contacto con él. Cuando ella murió,
quise encontrarlo y contraté a una empresa para que me ayudara. Un día me
dijeron: ‘Ya sabes que como tu madre es adoptada necesitamos una autorización’.
Yo pensé que era un error, y luego, al ver la documentación, que mi madre no
había sabido nunca que era adoptada. Pero más tarde descubrí que un tío suyo la
había localizado cuando tenía 15 años, y que ella le había dicho que estaba muy
bien con sus nuevos padres”. Una prima de su madre, a la que Menoyo visitó
recientemente en Bilbao, le mostró emocionada la foto que el tío de Aurora
—para ellos, Lidia Durruti Casas— le había llevado tras aquel encuentro.
“Jamás había
sospechado nada. En mi casa no se hablaba de la guerra. Ni de política. A mi
abuelo, el médico, no le interesaba, aunque, como tantos otros, fue movilizado
por el bando nacional", explica Menoyo, que hoy tiene un amplio dossier
con información de sus abuelos de sangre, como la ficha que describe a Selina
Casas como “totalmente desafecta al Movimiento Nacional” con una “gran
actividad en el campo político sindical en unión de los elementos más
peligrosos de la extrema izquierda”. O la noticia de la detención de su abuelo,
Bonifacio Durruti, miembro de una famosa familia de anarquistas, en la frutería
de Zaragoza que usaba como tapadera de un local de la CNT.
"Mi historia es la de tantos
otros españoles, la de tantas familias separadas por la guerra”, afirma. A los
55 años, Menoyo ha podido reunirse con descendientes de sus abuelos
anarquistas. Pero no tuvo suerte con la búsqueda que inició todo, la de su
padre. Había muerto cinco meses antes de que él intentara encontrarle.
Fuente: www.publico.es

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