Hallan importantes restos de la masacre
masiva de judíos
Carmen Rengel Jerusalén 1 ABR 2014 - 00:00 CET322
Las vías de tren por las que llegaban,
hasta la entrada misma del campo de exterminio, los vagones cargados de
prisioneros, rumbo a la muerte. / IRA NOWINSKI (CORBIS )
Treblinka era uno de los argumentos
preferidos de los negacionistas del Holocausto. Los testimonios de los supervivientes
y los documentos hablaban de un campo de exterminio a hora y media de Varsovia,
pero en el punto indicado solo había una loma verde, una granja, un bosque.
Nada que ver con los barracones y con las duchas de Auschwitz. Nunca se habían
hallado evidencias de la maquinaria del mal que acabó con entre 700.000 y
900.000 judíos y un número indeterminado de gitanos. Nunca... hasta ahora. Un
equipo de la Universidad de
Staffordshire (Reino Unido), comandado por la arqueóloga forense Caroline Sturdy
Colls, ha encontrado la primera evidencia física de las cámaras de
gas, cimientos y losas, además de varias fosas comunes.
Su investigación
no solo es importante porque aporta la única prueba tangible de que Treblinka no es un mito, sino por los medios empleados para
dar con ella. Durante seis años, explicaba ayer a EL PAÍS la doctora, se
hicieron mapas computarizados y fotografías aéreas, se usaron sofisticados GPS
y georradares, incluso un escaneo láser —denominado Lidar—, todo para hallar
muestras de que había tierra removida y algún indicio de obra pasada. Es un
proceso que, en la base, se asemeja al empleado en España para buscar algunas
fosas de la Guerra Civil, incluyendo la del poeta y dramaturgo Federico García
Lorca en Granada.
Aunque los
nazis hicieron un buen trabajo escondiendo el campo, ocultándolo en una
inocente zona de labranza a base de tirar los muros, rellenar los huecos y
nivelar el suelo, los expertos lograron detectar tres zonas, bastante distantes
entre sí, en las que comenzaron a cavar y encontraron los primeros huesos
humanos, muchos en un nivel muy superficial y con extraños cortes. Aún no está
claro el número de cuerpos localizados.
Luego
vinieron los cimientos, oquedades tapadas a conciencia con todo tipo de
materiales que fueron la base de las cámaras de gas. Y también el
descubrimiento más macabro: unas losas de cerámica, finas, entre rojizas y
mostaza, con la estrella de David en relieve. Muchos supervivientes habían
hablado ya de esos dibujos, como se ve en sus relatos en el Museo Yad Yashem de
Jerusalén: la cámara de gas, contaban, estaba disfrazada de mikvé, el
baño ritual judío, por lo que los hombres y mujeres que llegaban a Treblinka
pensaban que iban sencillamente a lavarse. El símbolo sagrado del judaísmo en
la fachada de ese edificio al que los arrastraban les hacía sentirse seguros,
confiados... y engañados hasta el último momento. Así durante los 24 meses que
funcionó el campo, entre 1942 y 1943.
La estrella de David grabada en una
loseta: uno de los numerosos restos hallados en Treblinka (Polonia).
Gracias a
las excavaciones, se ha podido diseñar además un mapa del recinto, desde la vía
de tren a la que llegaban los judíos y gitanos —a los que se prometía que
Treblinka solo era una zona de paso, antes de ser deportados al Este, como
recuerda el profesor Gideon Greif— hasta las dos cámaras de las que hay restos,
una con capacidad para 600 personas y otra para 5.000, y el pasillo al aire
libre por el que los llevaban. Hay testimonios, no obstante, que hablaban de
hasta una decena de cámaras repartidas por la zona. En 60 minutos, los vivos
pasaban del tren a la desnudez y a la muerte, según indican los arqueólogos en
el documental Treblinka: la máquina de matar de Hitler, emitido por el
Smithsonian Channel, donde se ha dado a conocer este descubrimiento y que
incluye una recreación del espacio.
La profesora
Sturdy Colls explica que su mayor afán era el de ser respetuosa con la zona,
convertida en lugar de homenaje a las víctimas tras la Segunda Guerra Mundial y
donde se habían vetado las excavaciones, por respeto.
La estimación de muertos en el campo de exterminio
fluctúa entre 700.000 y 900.000
Vía correo
electrónico, Sturdy Colls sostiene que convenció a los responsables del museo e
incluso al Gran Rabinato de Polonia de que su técnica no invasiva iba a
respetar a los muertos y, a la vez, a dar respuestas a los vivos. “La primera
vez que fui allí me quedó claro que había una abundancia de evidencias que habían
sobrevivido en el terreno y probaban que Treblinka fue un campo de exterminio,
no de paso. Ser capaz de confirmarlo ha sido un honor para mí. Había que
hacerlo para que aprendan las generaciones futuras”, indica la doctora,
especializada en usar sus conocimientos forenses con fines históricos, más allá
de sus clases universitarias y de sus colaboraciones con la Policía británica.
La zona, remarca, ha quedado luego tal y como la encontraron, con los monolitos
de piedra que recuerdan a las innumerables víctimas.
Su técnica, abunda, abre “nuevas
posibilidades para el examen del Holocausto o de otros sitios de conflicto”,
por lo que planea continuar indagando en otros escenarios. Ya lo ha hecho,
usando estos mismos medios, en Staro Sajmiste (Belgrado) y en las islas del
Canal del Reino Unido, con resultados positivos. Pero Treblinka es diferente,
“especial”, por lo que supone para las víctimas, que ahora pueden enseñar al
mundo las piedras que vieron y tocaron. Para dar a conocer los descubrimientos
y los métodos empleados, se preparan ya una exposición y un libro con la tarea
del equipo de Staffordshire.
Fuente: www.elpais.com
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