“De todas
las historias de la historia, la más triste es la de España”
Jaime Gil de Biedma
Jaime Gil de Biedma
Comuneros, reformistas,
austracistas, afrancesados, la canalla marxista en contubernio judeomasónico... Todos
fueron aplastados. El pueblo español nunca terminó de conquistar un rango
paritario frente a su élite estamental. Mucho menos, el tradicionalismo
interiorizó un contrato social real. Sin factor revolucionario, sin
comunión identitaria, un manto de oscuridad cubrió secularmente la península. El
sello de la españolidad quedó ligado a su rúbrica
aristocrática, a su apostólica sanción. Tras cinco siglos de
supremacía reaccionaria, un arraigado sentido patrimonial del Estado llegó intacto
a la orilla democrática de 1978. España nunca
dejó de ser otra cosa que la oportunidad de negocio de una
minoría.
Esta hegemonía conservadurísima supuso
la absoluta castración de la sociedad española; la condena a su minoría de edad
sociológica y cultural. Se alzó la españolidad incuestionable,
autoritaria, emanada como verdad-madre por unas fuerzas vivas reafirmadas
en su historia, sin Renacimiento, sin Reforma y sin
Revolución. Mientras en Europa se aprendía a pensar y la burguesía
conquistaba su papel interlocutor cuestionando la desigualdad natural del
individuo, el español asumía como propios los dogmas otorgados por su
élite dominante. Para entonces la teología natural colmaba su filosofía;
la desdicha definía sus usos y costumbres, su cristiana
resignación; aprendió incluso a odiar a todo aquel que disentiera de
la lógica prescrita por su élite dirigente.
Con la instauración de la
farsa electoral decimonónica, el voto tradicionalista pasó de ser el salvoconducto
de la España asalariada más dependiente, a un desesperado
ensayo antropológico por metabolizar, incluso desde la pobreza, cierta asimilación estamental que
brindara una mínima seguridad. La des-gracia culpable del pueblo
español, tributario histórico de la más triste de las historias, encontró
su absolución en su sumisión a la aristocracia que lo sometía.
Sólo en el heroico sacrificio, o inclinándose ante el señorito, encontró el
español su dignidad. Gestionar el país se convirtió en una cuestión
de temperamento. Al español le pueden quitar la casa, el trabajo, hasta la
salud y educación de sus hijos, que no se planteará otra comprensión de su mundo-razón. La españolidad,
dogmática cual catecismo, no puede debatirse: el orden es conservador, igual
que la República es irresponsable, igual que el federalismo es separatismo;
igual que la laicidad es radical ateísmo.
Como resultado, al
exponente de la españolidad le basta con participar de la
bandera y la capilla para impermeabilizar su honor. Se trata de la apariencia
de una cierta belleza del alma como antesala al tocomocho
social. Sin rendición de cuentas, el principio monárquico culmina
el tercer vértice de la desdicha patria. La gracia real sigue constituyendo el
logos divinizado de la huérfana España. La consagración platónica de
estos tres pilares es lo que permite al pulcro y decente patriota español su
impunidad, su indulto, la redención de sus pecados. La españolidad
es una metafísica en sí misma. Monarquía, Iglesia y aristocracia en la ideal
instauración de lo que Marx denomina su point d'honneur espiritual, su
sanción moral, su complemento solemne, su razón general de consolidación y
justificación. Se trata, continúa el filósofo alemán en su célebre crítica
a Hegel, de la fantástica realización de la esencia humana cuando
ésta carece de verdadera realidad; cuando su gobierno mira sólo por
él; cuando sólo busca ver plasmadas sus propias aspiraciones.

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