Si a los ciudadanos se les
considera suficientemente racionales para poder elegir a sus gobernantes, no se
comprende que el Estado los trate en el terreno íntimo como niños incapaces de
saber lo que quieren
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| EDUARDO ESTRADA |
De verdad estamos en el siglo XXI, un siglo
invadido por la pornografía, donde un tercio del contenido de las páginas de
Internet es porno? A juzgar por el éxito de ventas del libro Cásate y sé
sumisa, auspiciado por el arzobispo de Granada, parece más bien que
hubiéramos retrocedido al siglo XIX. Lo confirmarían los datos sobre la
abstinencia sexual prematrimonial, que se dispara entre los jóvenes católicos,
y el movimiento que promueve la renuncia al sexo como forma de vida, que
empieza a dejarse oír. En un libro reciente, El arte de dormir sola,
la autora, editora de la revista francesa Elle,califica de liberadora su
experiencia de 12 años sin sexo. Y un sondeo de junio de 2004 de IPSOS desvela
que el 25% de las mujeres y el 15% de los hombres encuestados no había tenido
relaciones sexuales en los últimos meses y, lo que es más preocupante, al 26%
de los varones no le importaba en absoluto. Según una encuesta de 2010 del
Ministerio de Salud japonés, el 36% de los chicos y el 59% de las chicas entre
16 y 19 años no estaban interesados por el sexo. ¿Nos encaminamos hacia una
sociedad puritana como reacción al hartazgo que produce el exceso de oferta
sexual?
Las
feministas cantan las bondades del modelo prohibicionista sueco que,
supuestamente, ha logrado reducir el número de prostitutas entre un 30% y un
50%, y el de clientes entre un 75% y un 80%. Y han crucificado a los 343
intelectuales franceses alzados en armas contra la ley que penaliza a los clientes
de la prostitución. Su provocador manifiesto No toques a mi puta ha sido
el toque de rebato que ha unido a feministas y republicanos contra esos
“desalmados” que pretenden “disponer del cuerpo de las putas como si fuera su
propiedad”. Pero quienes se oponen a las multas critican, posiblemente con
razón, la injerencia del Estado en el ámbito privado y su intento de moralizar
la vida sexual de los ciudadanos. En China, donde la prostitución es ilegal, la
última y recientísima gran redada ha clausurado 12 establecimientos de alterne
y detenido a 67 prostitutas y clientes. El Gobierno chino no se anda con
chiquitas: algunas prostitutas han sido expuestas públicamente como objeto de
escarnio y otras, recluidas en campos de trabajo.
¿Estamos
volviendo a los tiempos de la contrarreforma? Abordemos el tema de la
prostitución con algo de perspectiva histórica. Incluso una sociedad tan
religiosa como la medieval, donde la salvación era el objetivo supremo, toleró
el comercio sexual para evitar males mayores como el adulterio y la violación.
En España, durante la Edad Media y la edad moderna, se esgrimieron argumentos
políticos, teológicos y económicos en favor y en contra de legalizar las
mancebías. En el siglo XIII, los que estaban a favor apelaban a algunos textos
de san Agustín y santo Tomás para reclamar tolerancia hacia los burdeles;
aludían a su utilidad pública y defendían el derecho de las prostitutas a
cobrar sus servicios.
Según María
Isabel Pérez de Colosía, desde mediados del siglo XIV los concejos o asambleas
de vecinos regulaban la prostitución y arrendaban los “meretricios” a los
llamados padres de la mancebía, quienes controlaban férreamente a las
prostitutas. Les exigían estar solteras, tener buena salud y someterse a
periódicas inspecciones sanitarias y de higiene corporal. Eran atendidas por un
médico y un sacerdote. A pesar de su sujeción, la mayoría de estas mujeres
prefería los prostíbulos a ejercer la prostitución por libre. Las que decidían
abandonar ese tipo de vida eran trasladadas a una casa de penitencia, donde
permanecían recluidas en clausura a la espera de entrar en un convento o lograr
la dote necesaria para contraer matrimonio. Los beneficios de los padres de la
mancebía debían ser cuantiosos pues, al decir de Colosía, algunos caballeros de
alto rango participaban en el negocio. En el Archivo de Trujillo he podido
consultar contratos de tales arrendamientos. En el siglo XVI, con la
contrarreforma, la tolerancia se esfumó y se ordenó cerrar los prostíbulos.
Como consecuencia, las casas de recogida, cuyo objetivo era “limpiar esta
República de gente tan perniciosa”, proliferaron.
En la
Inglaterra del siglo XVII, Mandeville, de cuya Fábula de las abejas se
conmemora este año el tricentenario, recomendaba establecer un sistema de
burdeles para erradicar la prostitución sin control y poner freno al
infanticidio y los hijos no deseados. Pero fueron los ilustrados radicales del
siglo XVIII los que impulsaron una revolución erótica que podría compararse a
la liberación sexual de los años sesenta del siglo pasado. En los salones de la
alta sociedad parisiense, donde el matrimonio era un asunto de conveniencia y
se desplegaban los rituales de galantería y seducción que reflejan Las
amistades peligrosas, el sexo se libera de ataduras. Una nueva
cultura del deseo y del erotismo acabó con la estigmatización del acto sexual,
ridiculizó la castidad por antinatural, reclamó el divorcio y acogió la
homosexualidad y las relaciones sexuales fuera del matrimonio. El máximo
portavoz de esa revolución erótica, Diderot, reclamaba que el deseo sexual
fuese reconocido como una de las necesidades vitales del ser humano. Pocos años
más tarde, en 1792, un teólogo alemán, Carl Friedrich Bahrdt, reivindicaba que
el derecho a la satisfacción sexual fuese catalogado como un derecho humano,
algo que ni siquiera nuestras actuales declaraciones universales contemplan
(John Christian Laursen).
Pero el
siglo XIX cortó de raíz toda esa voluptuosidad. Fue, con algunas excepciones,
un siglo esencialmente oscurantista que impuso la moral patriarcal y burguesa y
el culto a la virginidad, y mantuvo a la mujer de clase media convencida de que
el sexo tenía que ver únicamente con la procreación. Solo en aras de la
necesaria misión de traer hijos al mundo aceptaba con resignación la mujer de
los círculos conservadores el uso de su cuerpo. Porque, conforme al pensamiento
platónico y medieval todavía en vigor, el cuerpo simbolizaba el mal, mientras
el corazón era la morada de las excelsas cualidades “femeninas” (emoción,
sensibilidad, altruismo y espíritu de sacrificio). Esta oposición corría
paralela a la veneración del Sagrado Corazón de Jesús, que se propagó por
entonces en los países católicos.
El rigor de
la ética victoriana condujo al incremento de la prostitución, el infanticidio y
la doble moral. Por poner un ejemplo, en Viena, el alarmante cuadro de la
prostitución está confirmado por las estadísticas de la policía y de las
autoridades sanitarias de la época. Según los datos de 1860, más del 50% de la
población vienesa de más de veinte años permanecía soltera. Una gran parte de
ese porcentaje eran mujeres que habían visto frustrados sus sueños de casarse y
de tener hijos; pero otra parte eran hombres que recurrían a prostitutas, a
relaciones con menores y al incesto. Las familias pudientes hacían frente al
problema importando a exóticas y sufridas criadas georgianas que aliviaban los
apetitos de sus retoños en edad fogosa.
Hasta
comienzos del siglo XX, con Freud (y Schnitzler) la ciencia no se interesó por
la sexualidad femenina ni por los problemas que su represión acarreaba, ni la
mujer reivindicó su cuerpo como fuente de placer. La liberación del cuerpo
femenino abrió la caja de los truenos, pues condujo no solo a la libertad
sexual sino, más peligrosamente aún, al cuestionamiento del orden patriarcal,
de la esfera de poder reservada al varón y de la maternidad, auténtico tabú de
la época.
Hoy, a la
vez que la Red ofrece la mayor oferta de sexo y pornografía nunca imaginada, se
prohíbe paradójicamente o se penaliza la prostitución en la mayoría de los
países, lo que da pie a un comercio del sexo opaco, insano y controlado por las
mafias. Sería deseable, en aras de la transparencia y la salud pública,
legalizar la prostitución lo mismo que se hizo en Estados Unidos con el alcohol
y debería de hacerse con las drogas. En enero pasado, un grupo de prostitutas
ibicencas dio el primer paso constituyendo una cooperativa que cotiza a la
Seguridad Social. Si a los ciudadanos se les considera suficientemente
racionales para poder elegir a sus gobernantes, no veo por qué el Estado debe
tratarlos en el terreno íntimo como niños incapaces de saber lo que quieren y
necesitados de tutela.
María José Villaverde es catedrática de la Universidad
Complutense de Madrid.
Fuente: www.elpais.com

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