martes, 8 de abril de 2014

LA REPÚBLICA QUE QUEREMOS


Escrito por José Antonio Vidal Castaño   
Domingo, 06 de Abril de 2014 04:41
 

La República, proclamada en las urnas en 1931 aportó una libertad política y de expresión sin parangón; separó la Iglesia del Estado, medida imprescindible para sostener las libertades; puso en marcha la autonomía de Catalunya como inicio de un proceso hacia el reconocimiento de la diversidad cultural; pactó con los sindicatos existentes mejoras y nuevas leyes sociales; inició un proceso de reforma agraria que no pudo desarrollar por impaciencia de los desposeídos y oposición furibunda de caciques y terratenientes; concedió el voto a la mujer; admitió el divorcio como un avance contra la desigualdad sexista; abrió más de 7000 escuelas públicas; sentó las bases de un nuevo sistema sanitario; reformó las prisiones; planteó una política fiscal inspirada en la responsabilidad y se planteó la realización de obra pública sujeta a la norma legal y la necesidad social. Muchos de estos logros fueron propuestos por primera vez en la historia de España y trataron de ser llevadas adelante pese a la oposición constante de las capas dirigentes, la jerarquía católica y la amenaza de los militares africanistas. No hemos sabido apreciar ni explicar lo suficiente esta situación, ni los valores y salidas propuestas por el régimen republicano, privado de créditos e inversiones, en medio de la crisis económica mundial de los años treinta. Y la salida de la República fue siempre la salida de la democracia. Los valores republicanos son los valores de la democracia.

   Unos valores que siguen emanando de las palabras libertad, igualdad y fraternidad tomadas en su justa grandeza y con sus límites necesarios. Tal vez la sociedad actual deba acentuar la fraternidad, concepto un tanto desdibujado por el moderno vocablo de la solidaridad, más proclive a la caridad que a la justicia. Para buscar la República que queremos, el debate actual debe rebasar los límites de lo formal (ya sabemos que es la mejor forma de estado posible) y de las simples consignas. Es preciso hablar aún a riesgo de equivocarnos, discutir contenidos y propósitos. Hay repúblicas en todos los continentes que no merecen serlo y otras que por su posición de gendarme de la política mundial y el alarmante recorte de las libertades individuales y cívicas no se diferencian en nada de las dictaduras más sanguinarias o las monarquías más retrógradas. 

   La República que podemos soñar y pretender debe mantener, como anunciaba Fernández Buey, el carácter cívico y laico (no necesariamente antirreligioso) como rasgo troncal e irrenunciable. Buscar el equilibrio entre el jacobinismo (siempre tendente al centralismo y al dogma) y el federalismo más avanzado posible; bascular desde un pragmatismo inspirado en tradiciones emancipadoras y sentido común, para encontrar la justa proporción entre las esferas de lo público y lo privado defendiendo, si es preciso, sus fronteras en competencia con los errores o fallos del omnipresente mercado. Una República de contenidos y no solo atenta a la nostalgia, a veces decadente, de las formas. Una vez más el problema común parece ser el encontrar respuesta al dilema: ¿Es, el estado, el mal? como afirmara Azorín en 1901, o éste es, “el otro instrumento de transformación” como deseara en 1930 Manuel Azaña? La duda solo se resolverá si somos capaces de evitar el temor al dialogo y admitir la diferencia entre lo que es la política en la historia de las ideas y en la esfera de lo posible y lo que es pura y simple propaganda publicitaria.


 

 

 

 

 

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