Si en el camino desaparecen la mayor parte de las ONG pues casi mejor. Al
Gobierno no le gusta ninguna de ellas, ni siquiera las católicas. Y no le
gustan por varias razones fáciles de adivinar; porque su mera existencia pone
de manifiesto que la gente puede organizarse con el solo objetivo de ayudar a
los demás; no le gustan tampoco porque con su trabajo y sus denuncias desvelan
la injusticia y la desigualdad creciente, el dolor que provocan sus políticas.
No le gustan porque su labor es un ejemplo a seguir, porque son la conciencia
de la sociedad, y este Gobierno ni tiene conciencia ni quiere verla
revoloteando alrededor. No le gustan porque las ONG critican sus políticas y
porque lo hacen, además, desde una posición de prestigio social indudable y de
credibilidad ganada a base de trabajo duro, honrado y sin ánimo de lucro, lo
que hoy pocas instituciones pueden decir; “sin ánimo de lucro” es una intención
subversiva para el Gobierno, es una provocación, como dijo Montoro de Cáritas.
Al Gobierno no le gustan las ONG porque estas organizaciones encarnan
proyectos éticos, lo cual es nefasto para sus planes. Porque el neoliberalismo
es una política, pero es también, y sobre todo, una ideología que pretende
naturalizar la injusticia y la desigualdad hasta que lleguemos a creer que la
pobreza es parte de la naturaleza y que no tiene remedio. No se trata sólo de
imponer sus políticas, sino de que pensemos que no hay alternativa a las mismas
porque la vida es, de por sí, injusta y desigual. “La pobreza siempre ha
existido y nadie sabe cómo acabar con ella”, que diría Marhuenda. Por eso es
importante que desaparezca cualquier rastro de conciencia social en forma
de lo que sea, de ONG solidaria, de movimiento social, de pensamiento.
La entrada obligatoria de las empresas privadas en las ONG significará el
fin de muchas de ellas; de todas aquellas cuya labor no sea vista por las
empresas como
una buena promoción para su marca. Así que todas aquellas que se ocupan de las
causas menos populares, menos “vendibles”, posiblemente las más necesarias,
están condenadas a desaparecer. Porque las empresas que entren a cofinanciar
proyectos no tendrán otro fin que la propia promoción y en ningún caso la
consecución de ningún objetivo social. Además, lo que si les interesará a estas
empresas será no indisponerse con el gobierno. Obligar a que las ONG tengan que
endeudarse es una manera de acabar con la mayoría de ellas, y obligar a que
tengan que colaborar con las empresas privadas colaboren es una manera de
amordazar a las que queden; de silenciar los discursos críticos y convertirlos
en discursos de caridad.
Todo porque el ejercicio de la solidaridad es para este Gobierno y para el
neoliberalismo, peligroso. No estoy exagerando. En EE.UU los miembros del Tea
Party opinan que la palabra “solidaridad” es comunista y que no debe dejarse
margen alguno a su práctica. Para esta derecha la mejor manera de mejorar las
vidas de los pobres, de los desahuciados, de los enfermos sin seguro médico, de
las mujeres maltratadas o de los niños desnutridos es convertirlos en mercancía
y poder sacar de ellos algún beneficio empresarial. El mercado es el perfecto
organizador de la vida social y es también, según ellos, el que mejor puede
distribuir la caridad, que es lo único que conceden que hay que distribuir. Si
hay que dar alguna ayuda para evitar que los muertos se agolpen en la calle y
para que no se produzca un estallido social, si hay que hinchar a la gente de
comida basura y de aspirinas, incluso de eso se puede hacer
negocio. Y se disponen a ello.
El programa de este Gobierno no se limita al programa económico austericida
impuesto por la Troika y del que son entusiastas ejecutores, sino que es un
programa ideológico completo que busca no dejar piedra sobre piedra de un
sistema que fue uno de los mayores avances civilizatorios que hemos sido
capaces de poner en práctica: un sistema que en España nunca llegó a funcionar
del todo, pero que imaginó que todas las personas tenían derecho a llevar una
vida digna. Eso se ha acabado del todo y ahora
lo que debería acabarse es nuestra paciencia.
Beatriz Gimeno es escritora y expresidenta de la FELGT (Federación Española de Lesbianas, Gays
y Transexuales)
Fuente: www.eldiario.es

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