3/04/2014 - 20:30h
El rey en el discurso de la noche del golpe del 23F retransmitido por TVE.
Pese al mucho revuelo,
lo cierto es que el libro de Pilar
Urbano no dice nada que no hubiésemos oído o leído antes. Las dos
tramas del golpe, la Operación Armada, el gobierno de concentración junto al
PSOE, el papel dudoso del rey y las horas que tardó en aparecer el 23F, todo
eso está ya investigado y contado en no pocos libros. Siempre suelo recomendar
el mismo, pero es fundamental: Soberanos e intervenidos, de Joan Garcés,
donde además documenta la implicación exterior, sobre todo norteamericana.
Pero ni siquiera es
necesario haber leído esos libros: basta un vistazo a la hemeroteca de aquellos
meses, pues el ruido de sables, las conspiraciones en marcha, los nombres de
los implicados, aparecían a diario en toda la prensa en los meses previos al
golpe. En serio, revisen prensa de finales de 1980 y principios de 1981, y
verán qué poco sorprendió el golpe.
La novedad ahora, tras
años de libros y reportajes pero también de chascarrillos populares sobre el
“elefante blanco”, la novedad es que las alfombras se levanten desde posiciones
digamos “oficiales”: una periodista nada sospechosa de antisistema, una
editorial comercial y bien relacionada con el poder, y un periódico
que pese a sus agujeros conspiranoicos no deja de ser un pilar del sistema.
La novedad por tanto
es que algo que hasta ahora quedaba fuera de foco, de repente ocupe el centro
del escenario, merezca portadas de periódico y entrevistas televisivas, y
provoque desmentidos
y pronunciamientos
como no habíamos conocido nunca.
Mi hipótesis es que
asistimos a una voladura controlada: tarde o temprano se acabaría sabiendo más
sobre el asunto, y quizás con la muerte de Suárez caduquen algunas lealtades y pactos de silencio.
Antes de que sean otros los que lo aireen y de forma más dañina, mejor que lo
haga una Pilar Urbano, que pese a lo explosivo de sus revelaciones, se cuida
mucho de matizar y de exculpar al rey.
Pero el revuelo actual
sobre algo que ya sospechábamos, tiene otra razón: hoy nos importa más el 23F
que hace diez o veinte años. La descomposición actual del sistema político
surgido de la Transición nos hace mirar con más severidad aquellos años. Y el
23F es un momento central. Para el rey, y para la democracia española.
El 23F es el mito
fundacional de esta democracia, y es también el día en que el rey “se gana la
corona”. Llevamos años escuchando que el 23F el rey se ganó su
legitimidad ante los ciudadanos. Hasta entonces era un personaje
gris, poco apreciado, sospechoso, con el pecado original de haber sido
designado y educado por el dictador. A partir del 23F su figura se agiganta y
se convierte en el campeón de la democracia.
Para la generación de
la Transición, el juancarlismo arranca aquel día. Para quienes llegamos
después, en el colegio nunca nos hablaron de la guerra civil ni de la
dictadura, pero memorizamos bien lo de que el rey detuvo el golpe militar.
Hace solo tres años,
en 2011, al cumplirse treinta años del golpe, las conmemoraciones oficiales aún
giraban en torno al mismo relato. Todavía no sabíamos de Corina, el safari, la
infanta o la cuenta en Suiza, y apenas arrancaba el caso Urdangarín. Así que el
aniversario fue la enésima
vuelta sobre el mismo mantra: el rey paró el golpe, el rey se ganó
la corona aquella noche.
De modo que si ahora
resulta que el rey no solo no detuvo a los golpistas, sino que se había
entendido con algunos de ellos en fechas previas, y cómo mínimo había alentado
maniobras para tumbar al presidente democrático en favor de un gobierno de
concentración civil-militar, se nos viene abajo el momento fundacional sobre el
que se levanta todo su reinado, y de cuyas rentas ha vivido hasta ahora.
Pero no solo el rey:
el 23F es importante también porque marcó el rumbo de la democracia. Propició
el “golpe de timón”, expresión tan querida de aquellos días. Sirvió para
encauzar la Transición reforzando sus límites para evitar desbordes, recondujo
el proceso político, social y territorial por la vía del miedo. El 23F fue nuestra
particular aplicación de la ‘doctrina del shock’. Y si ahora nos dicen que el
rey y otros prohombres anduvieron enredando en torno al golpe, se entiende la
conmoción.
Lo más probable, con
todo, es que no ocurra nada. El asunto quedará pronto olvidado por nuestra
cotidiana ración de escándalos y miserias. Habrá unos cuantos desmentidos y
cierres de filas innecesarios, puesto que la verdad documentada sigue atada y bien atada.
La figura del rey se desgastará un poco más, imparable ya hacia su abdicación.
Y la democracia española continuará su cuesta abajo, descomponiéndose también
en sus cimientos.
Fuente: http://www.eldiario.es/

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