Este artículo señala la
existencia de dos visiones de lo que es España. Una está reflejada en el Estado
monárquico actual. Otra, apoyada históricamente por las izquierdas, era el
Estado republicano, que tenía otra concepción más democrática, plurinacional y
solidaria que el Estado actual.
En España siempre ha
habido, a lo largo de su historia, dos concepciones de España. Una, la España
de siempre, continuadora de la España imperial, basada históricamente en la
Corona de Castilla (lo que explica que la lengua oficial de España sea el
castellano), con una visión jacobina del Estado, dominado este por la
Monarquía, el Ejército, la Iglesia y los poderes fácticos –económicos y
financieros– que dominan la vida económica y política del país. Esta España,
centrada en Madrid, la capital del reino, es la que ha tenido y continúa
teniendo como himno la Marcha Real, y como bandera la bandera borbónica. Su
jefatura ha ido variando de monarcas a dictadores, y de dictadores a monarcas.
Su Estado nunca ha respetado la plurinacionalidad de España. Un indicador de
esta visión de España se conserva todavía en su sistema de transporte
ferroviario, de claro carácter radial.
Ni que decir tiene que esta
España ha ido variando con el tiempo y cambios notables han tenido lugar
durante el periodo democrático como resultado de la influencia de los partidos
democráticos y, muy en particular, de los partidos de izquierda, que han podido
imprimir su propia marca democrática. Estos cambios, sin embargo, no han sido
suficientes para hablar de ruptura con el Estado anterior, máxima expresión de
aquella visión de España (ver mi artículo “No hubo ruptura durante la
Transición”, Público, 20.03.14). Decir esto no quiere decir que el Estado
democrático sea una mera continuación del Estado dictatorial (como se
interpreta maliciosamente la observación de que no hubo una ruptura con el
régimen anterior durante la Transición). Pero la evidencia muestra claramente
que el Estado y su aparato tenían y continúan teniendo muchísimos elementos
heredados del régimen dictatorial anterior, y que, obviamente, condicionaron y
continúan condicionando en gran manera las políticas públicas del sistema
político actual.
La otra visión de España es
la republicana y pluricéntrica, que apareció (sin nunca poder desarrollarse),
en sus inicios, sobre todo durante la II República, y que ofrecía el potencial
de posibilitar otra España, una España más democrática, poliédrica,
policéntrica y no radial, laica, plurinacional y federal. Ni que decir tiene
que la II República no fue la máxima expresión de esta otra España. Pero sí que
permitía poder desarrollar otra vía distinta a la visión de la España
uninacional y radial. Esta otra visión apareció en los programas de la futura
España democrática de la mayoría de los partidos de izquierda, incluido el
PSOE, en la clandestinidad. Así, el PSOE tenía en su programa el establecer una
España federal, en la que cada nación tendría el derecho de autodeterminación
(lo que ahora se llama derecho a decidir), definiendo el tipo de articulación
con el Estado español que deseara. Este respeto a la plurinacionalidad del
Estado era una característica de las izquierdas.
De ahí que el PSOE, en una
fecha tan reciente como octubre de 1974, subrayara en el Congreso de Suresnes
que “la definitiva solución del problema de las nacionalidades y regiones que
integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del
derecho de autodeterminación de las mismas, que comporta la facultad de que
cada nacionalidad y región pueda determinar libremente las relaciones que va a
mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”
(Resolución sobre nacionalidades y regiones). Y más tarde, en el 27 Congreso
del PSOE en diciembre de 1976, se aprobó que “el Partido Socialista propugnará
el ejercicio libre del derecho a la autodeterminación por la totalidad de las
nacionalidades y regionalidades que compondrán en pie de igualdad el Estado
federal que preconizamos… La Constitución garantizará el derecho de
autodeterminación”, manteniendo que “el análisis histórico nos dice que en la
actual coyuntura la lucha por la liberación de las nacionalidades… no es
opuesta, sino complementaria con el internacionalismo de la clase trabajadora”.
¿Qué pasó durante la
Transición?
Pero este compromiso
desapareció durante la Transición, y ello como resultado, en parte, de las
presiones de la Monarquía y del Ejército. De ahí que la Constitución hable de
España como la única nación, asignando al Ejército (que era sucesor, en aquel
momento, del Ejército golpista que había realizado el golpe militar para
evitar, entre otras cosas, el establecimiento de la plurinacionalidad de
España) la misión de garantizar su unidad. Creer que la Transición fue modélica
y que fue el producto del pacto entre iguales es de una inmensa frivolidad. Las
derechas, herederas de los vencedores de la Guerra Civil, controlaban todas las
ramas del Estado y la gran mayoría de los medios de información, mientras que
las izquierdas acababan de salir de la clandestinidad. No era posible que fuera
un pacto consumado entre iguales. Y no lo fue. Las derechas dominaron el
proceso y el producto que este determinó: una democracia muy limitada que no
resolvió el enorme retraso social de España (hoy España continúa teniendo uno de
los gastos públicos sociales por habitante más bajos de la UE-15) ni tampoco
resolvió su problema nacional.
Repito, para que no haya
malentendidos, que durante el periodo democrático, y muy en especial durante la
época de gobierno del PSOE, hubo un adelanto de gran valor e intensidad, sin
que ello significara, sin embargo, una ruptura con el aparato del Estado
anterior. Al no haber ruptura, se permitió que los grupos financieros y
económicos, así como los establishments conservadores, continuaran siendo dominantes
en las instituciones del Estado. La evidencia existente de ello es robusta y
clara. Es este dominio del Estado por parte de las fuerzas conservadoras lo que
explica la enorme subfinanciación del Estado del Bienestar. Y el tema nacional
continúa sin resolverse. Es cierto que el Estado ha sido descentralizado en las
CCAA, estableciéndose el Estado de las Autonomías, pero este Estado no ha
resuelto el tema nacional. Su “café para todos” no es, como a veces se afirma,
una forma de federalismo. Todo lo contrario, diluye, cuando no niega, la
plurinacionalidad del Estado. Es más, aun cuando las CCAA significaron una
descentralización, el Estado continuó siendo de una normativización muy
centralizada. Referirse, pues, al Estado español como un Estado federal no se
corresponde con la realidad. He vivido en varios países federales y España no
es como uno de ellos.
Valga añadir que otra
consecuencia del dominio conservador en el aparato del Estado ha sido la
limitadísima democracia existente en el país, que se refleja tanto en la escasa
proporcionalidad del sistema electoral (que sistemáticamente favorece a los
territorios conservadores), como en las escasísimas posibilidades de favorecer
otras formas de participación democrática, tales como referéndums y otras
expresiones del derecho a decidir, tanto a nivel central como autonómico y
municipal. La democracia española es claramente de baja calidad, lo cual se
refleja, por ejemplo, en su abundante corrupción, inmunidad y escasa
transparencia.
La situación en Catalunya:
separatismo o redefinición de España
Por extraño que parezca, en
Catalunya el separatismo, en cuanto al deseo de establecer una Catalunya
independiente de España, ha sido siempre un sentimiento minoritario. ERC, por
raro que parezca, no fue un partido independentista hasta hace poco. Y el
President Companys, que fue ministro del gobierno republicano español, quería
establecer un Estado catalán dentro de una federación española. La casi
totalidad de las izquierdas catalanas (y las españolas) eran federalistas, no
separatistas. Fueron las derechas y algunas voces de las izquierdas
nacionalistas españolistas las que, intolerantes frente a cualquier otra visión
de España que no fuera la suya, definieron a esas fuerzas políticas como
separatistas o incluso anti España. Muchos de estos supuestos separatistas
tienen banderas españolas republicanas y banderas catalanas en su tumba. Lo sé
porque tengo familiares entre ellos. Murieron por Catalunya y por otra España
distinta de la que tenemos. Por cierto, quiero aclarar que utilizo el término
españolista de la misma manera que en Catalunya se utiliza el término
catalanista. En ningún caso, la utilización de este término tiene una voluntad
peyorativa. No utilizo el término español porque considero que a los que el
establishment españolista define como nacionalismos periféricos o catalanistas
son tan españoles como el españolista cree ser. La monopolización de España por
el nacionalismo españolista es una de las raíces del “problema español”, que se
relativiza llamándole el “problema catalán”.
De ahí que la gran mayoría
de las izquierdas catalanas fueran siempre auténticamente federalistas. Y así
lo habían sido las izquierdas españolas hasta que vino la Transición, que
cambió su postura. Ello creó claras tensiones entre el socialismo catalán y el
español. El primero quería una España policéntrica y no radial, que respetara
el carácter nacional de Catalunya –es decir, que se la considerase como nación.
El tripartito reflejó claramente esta postura en el Estatuto que promovió. Y
ello no fue debido a la alianza con ERC (que había dejado de ser federalista y
que se opuso al Estatuto de Catalunya), sino a la presión del PSC y de los
herederos del PSUC (esta última siendo la fuerza política que mejor conjugó la
lucha de clases con la lucha nacional). Fue el President Maragall (que siempre
tuvo muy mala prensa en el establishment radicado en la capital del Reino) el
que introdujo el Estatuto que representaba, en su versión original, la postura
alternativa y distinta a la España radial. La respuesta de la dirección del
PSOE fue decepcionante. Incluso se insultó al President Montilla y a una de las
dirigentes socialistas más populares (Manuela de Madre), presentándolos como
contaminados por el nacionalismo catalán. Tras esta respuesta estaba la defensa
acérrima del nacionalismo españolista, que es el más fuerte, dominante y
asfixiante de todos los nacionalismos existentes en España, y que incluso niega
ser nacionalista. Los “cepillados” para adaptar el Estatuto a la sacrosanta Constitución
y el veto de sus elementos clave por parte del Tribunal Constitucional del
Estado español, eran el indicador para muchos catalanes de que Catalunya nunca
alcanzaría a tener la personalidad deseada dentro del Estado español. El enorme
crecimiento del independentismo en Catalunya explica el redescubrimiento del
federalismo por parte del PSOE, proponiéndose un tipo de federalismo tardío e
insuficiente.
Añádase a ello el sinnúmero
de artículos en los medios del establishment español, centrado en Madrid, que
constantemente insultan a las fuerzas soberanistas, algunas independentistas y
otras no, definiéndolas como “insolidarias”, “victimistas”, “egoístas” y una
larga retahíla de epítetos que muestran su grado de insensibilidad. Por lo
visto, quejarse del enorme centralismo del sistema de transporte, o de que
todas las instituciones del Estado central español estén en Madrid, o de que se
necesite el permiso del ministerio para aprobar asignaturas en un programa
docente, se presentan, predeciblemente, como características del “victimismo”.
Y así un largo etcétera.
El hecho más llamativo de
lo que ocurre en Catalunya
De ahí el creciente
hartazgo en Catalunya. El fenómeno más llamativo hoy en Catalunya es el número
creciente de personas que se sienten españolas y de izquierdas que no creen que
el Estado español tenga la capacidad de transformarse en un Estado
auténticamente democrático y federal, con una democracia auténticamente
representativa y participativa, con amplias formas de democracia directa, como
referéndums, con una política fiscal progresiva, y con un Estado social más
desarrollado que el que tiene. Y de ahí que muchos de ellos votarían hoy por la
independencia de Catalunya.
Por cierto, que este
rechazo y hastío se da también en España, donde el 82% de la población no cree
que el Estado los represente. El famoso eslogan “no nos representan” del
movimiento 15-M está ampliamente asumido por la mayoría de la población
española. De ahí que haya una gran simpatía y afinidad a los dos lados del Ebro
en su lucha para cambiar profundamente Catalunya y España. Ayuda a ello el
hecho de que la gran mayoría de catalanes no son antiespañoles. El grupo mayor
de los distintos grupos que se definen por su identidad son los catalanes que
se sienten también españoles. Pero desear (como lo desea la gran mayoría de la
población que vive en Catalunya) el derecho a decidir para Catalunya no es ser
antiespañol, como maliciosamente se presenta en gran parte de los medios. En
realidad, uno de los aspectos más novedosos e importantes es la creciente
movilización de la otra España, la España republicana, tan bien expresada en
las excelentes Marchas de la Dignidad, donde ciudadanos de a pie de todos los
pueblos de España (la España real, en oposición a la España oficial) expresaron
su rechazo a este Estado (ver mi artículo “Las necesarias Marchas de la
Dignidad”, Público, 25.03.14).
Ahora bien, como resultado
de estas movilizaciones estamos viendo cambios muy significativos, de una
enorme importancia, tales como que la tercera fuerza parlamentaria en las
Cortes Españolas, Izquierda Unida, haya apoyado el derecho a decidir de la
población en Catalunya, mostrando su coherencia con la postura de las
izquierdas españolas, coherencia que no se ha dado en el PSOE. Esta situación
(de que IU haya apoyado el derecho a decidir) ha desconcertado también a
aquellos sectores del independentismo catalán hegemonizados por las derechas,
que siempre presentan la cara antipática de España, siendo los portavoces de
las derechas españolas más visibles en la televisión pública catalana TV3 que
no las voces de las izquierdas (a la izquierda del PSOE). En realidad, las
posturas de las direcciones del PP y del PSOE están facilitando el voto de
respuesta, el independentismo.
Los errores de algunas
izquierdas
Una última observación.
Creerse que el movimiento popular demandando el derecho a decidir es resultado
de una campaña de la derecha catalana para ocultar sus políticas regresivas es
no entender lo que ha estado ocurriendo en Catalunya y en España. No hay duda
de que el gobierno catalán así lo intenta. Pero el movimiento surgió mucho
antes, precisamente durante el tripartito, y continuará mucho después. En
realidad, el sentimiento de empoderamiento que le ha dado a la población el
éxito de las manifestaciones explica que en caso de que el President de la
Generalitat cediera y no convocara la consulta, quedaría desbordado por este
movimiento, un movimiento que se está radicalizando, pues lo que le mueve cada
vez más es cambiar Catalunya también. Y es ahí donde las izquierdas catalanas
deberían presentarse como lo que son, como las auténticas defensoras de
Catalunya, es decir, de las clases populares de Catalunya, mostrando la falta
de credibilidad de las derechas catalanas cuando se presentan como las grandes
defensoras de Catalunya, llevando a cabo políticas sumamente dañinas para esas
clases populares. Pero esta labor constantemente se ve dificultada cuando las
izquierdas españolas continúan estancadas en su visión españolista de España
(habiendo abandonado sus raíces), dificultando la redefinición del Estado
español para representar mejor a la España real. Dejar a las derechas la
defensa de la soberanía de Catalunya es, llámese como se llame, un enorme error
político y una renuncia a sus antepasados, pues fueron las izquierdas las que
siempre lucharon en Catalunya y en España para que todas las naciones y los
pueblos pudieran estar juntos voluntariamente y no por imposición. Si las
izquierdas en España no dejan que la ciudadanía vote en una consulta, se disparará
más y más el independentismo, alejándose del socialismo.
Un tanto parecido ocurre en
España. Dejar a las derechas que se presenten como sus defensoras,
monopolizando el concepto de España (que históricamente ha dañado tanto a todos
los pueblos y naciones españoles), es un tremendo error, pues la España real,
la España de las clases populares, de la pluralidad de naciones dentro de un
Estado común, resultado de una voluntad libremente expresada por sus distintos
pueblos, es la España que las izquierdas siempre defendieron. Negarlo es darle
a la derecha un poder extraordinario.
Y una última petición. Los
ánimos en España y en Catalunya están muy agitados y es casi imposible tener
una conversación sin sarcasmos, insultos o notas ofensivas. Creo que, a lo largo
de mi vida, he mostrado mi compromiso con Catalunya y con la España
republicana, que heredé de mis antepasados. Defender esta postura, distinta a
la ortodoxia, me ha significado una enorme avalancha de ofensas. La clara falta
de cultura democrática en nuestro país hace difícil sostener puntos de vista
distintos a los que se suponen oficiales. Pero invito a las izquierdas y
fuerzas progresistas españolas a que consideren que hay muchas maneras de
entender España, y creo que las que han sostenido los equipos dirigentes del
PSOE durante muchos años dificultan el desarrollo del socialismo en aquellas
partes del país que siempre fueron su granero. El federalismo que promueven
tiene que estar basado en la decisión de los distintos pueblos y naciones de
España sobre qué relación desean tener entre ellos. Es lo que llamaron en
épocas anteriores y en sus programas autodeterminación y que ahora se llama
derecho a decidir. Oponerse a este es continuar reproduciendo la visión de
España que ha sido tan asfixiante para las clases populares de los distintos
pueblos y naciones que ellos consideran periféricos. Así de claro.

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