Martiño Noriega| Portavoz nacional de Anova y alcalde de Teo.
06 de diciembre de 2014
Otro 6 de Diciembre y ya van 36. Hablar de “vigencia”
de la constitución es instalarse en un oxímoron. La carta magna del 78 ni
está ni se le espera. Los mandados de los mandados que hoy la reivindicarán en
vida con pompa y boato, imitarán a Norman Bates, “el mejor amigo de un muchacho
es su madre”, intentando escapar del sentimiento de culpa de haberla matado.
El papel lo aguanta todo pero si alguna vocación tuvo
la constitución en vida fue la de ser epitafio de 36 años de dictadura.
Parafraseando a Moliere podríamos decir “Aquí yace la Constitución del 78, la
carta magna de los actores de la transición. Toda la vida hizo de muerta y de
verdad que lo hizo bien”.
Desde la revolución francesa, no hay Constitución que
no se precie si no garantiza los derechos de los ciudadanos y establece una
división de poderes. Lo uno y lo otro son a día de hoy en esta constitución
una quimera con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón donde
por no respetar no se respeta ni la cuestión formal.
En toda autopsia es indispensable utilizar la
disección. Vayamos luego “por partes”.
El articulo 2 (patria común e indivisible) y el
artículo 8 (Fuerzas armadas y la defensa de la integridad territorial) del
Título preliminar de la Constitución ya avisa de que no habrá paz para los
malvados y que el que se mueva no saldrá en la foto. Hoy es más evidente que
nunca que los que negociaron la mal llamada transición o cierre en falso del 78
fracasaron en la tentativa de resolver el encaje de las cuestiones nacionales
con la “concepción territorial del Estado”, que es como se rotula el Título VIII.
La organización territorial es una cuestión de derecho administrativo y no de
derecho político ni de teoría del Estado. Resulta evidente que no hay un
problema territorial, hay un problema político. Tratar de reducir las naciones
sin Estado a simples territorios es una absoluta falacia y explica entre otros
motivos el absurdo debate o choque de trenes que se da en el caso de Catalunya,
entre los que defienden el corsé legal y los que apuestan más allá de
eso, por intentar expresar la voluntad política de una de las naciones de
la península ibérica.
El brazo incorrupto de Santa Teresa que durante
décadas impidió abrir este debate constitucional, defendiendo una carta magna
inmodificable e inmutable, no tuvo pudor en auto enmendarse siempre que recibió
cartas de amor de la troika. Pasó en el 1992 con el tratado de Maastricht y en
el 2011 con la modificación exprés PPPSOE del artículo 135 donde queda
instaurado el lema “Todo el poder para los mercados y sus bancos”.
Por eso resulta un absurdo cuando escuchamos a Mariano
hablar de que nunca pondrá en juego la soberanía nacional (yo soy más de
soberanía popular sobre todo cuando no me reconozco en su nación). Lo que Rajoy
debería saber que sabemos es que además de su puro, él y Zapatero se fumaron
estos años en una timba con los poderes fácticos, todas las garantías
constitucionales y todos los principios rectores de la política social y
económica como derechos del Estado Social (vivienda, cultura, sanidad,
seguridad social, medio ambiente…).
Por eso hoy, 6 de Diciembre, no
puedo comprarles a los de siempre el discurso de que está muerta está muy viva
y tampoco puedo en el debate reforma vs., ruptura llegar a entender los que defienden la
primera. Todos sabemos cómo acabó el monstruo de Frankenstein cuando alguien
decidió traerlo de la ultratumba con un cerebro de aquí y una pierna del más
allá. Resulta mucho más productivo poner en marcha un funeral de jazz made in
Orleans donde la Constitución del 78 sea acompañada (como recoge la
recomendable serie de Tv “Tremé”) por una banda de música de jazz y al menos
dos líneas de dolientes y plañideros. Eso nos permitiría participar y bailar
para celebrar la vida de la Carta Magna fallecida pero nos obligaría, en
cambio, a tener que hablar de la necesaria confluencia, de la apertura de un
proceso de procesos constituyentes en el estado y de lo indigesto que le
resulta a algunos la sopa de siglas para hacerlo posible (aunque en su defensa
ya salga Mafalda cuando afirma “¿Por qué siempre sopa, mamá?, ¿Por qué?, ¡Si
nos queremos!, ¿Si vos sentís amor por mí!…¡Y yo siento amor por vos!…¿Por qué
arriesgarte a que naufrague nuestro romance?”). Esto último, lo de la
necesaria confluencia, queda reservado para otro debate.
Fuente: www.publico.es

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