Miguel Urbán y Jaime Pastor
06 de
diciembre de 2014
Cuando se cumplen 36 años de la Constitución española
vigente conviene recordar, una vez más, que ese texto convertido en Biblia por
las fuerzas políticas hoy todavía dominantes (que no hegemónicas) no fue obra
de un nuevo poder constituyente, ni siquiera de quienes han ido apareciendo
luego como “padres” de aquella criatura. Fue, por el contrario, producto de una
transacción asimétrica entre el sector reformista de la dictadura y los
“poderes fácticos” de aquí y de fuera, por un lado, y la oposición antifranquista
mayoritaria, por otro. Ambos bloques fueron “consensuando”, no sin resistencias
desde los movimientos sociales de entonces, lo que José Vidal Beneyto definiría
como una “democracia de clase”; por ella entendía el entonces dirigente díscolo
de la Junta Democrática “un régimen cuya organización política está concebida y
explícitamente desarrollada bajo la perspectiva de favorecer a una clase
determinada”.
En efecto, el triple “consenso” (en torno al pasado,
el presente y el futuro) sobre el cual se edificó el nuevo régimen dio lugar a
una “ley de leyes” que, pese a reconocer libertades democráticas y a incluir
parte del legado del constitucionalismo social europeo de posguerra, mantuvo
intocables instituciones como la monarquía y una parte sustancial del aparato
represivo y judicial; dio lugar a otras como el Senado y el Tribunal
Constitucional para que sirvieran de frenos complementarios al Parlamento,
blindó una concepción esencialista de la nación española que todavía estamos
padeciendo y respetó los privilegios de la Iglesia católica sin atreverse a
cuestionar el Concordato. El bipartidismo imperfecto (favorecido por el sistema
electoral menos proporcional posible, aún vigente) y el neocorporativismo
competitivo (en el que desde los Pactos de la Moncloa se insertaron los
sindicatos mayoritarios) se irían encargando de garantizar la gobernabilidad
del sistema. Todo esto al servicio de un capitalismo cada vez más centrado en
un poder financiero-inmobiliario y transnacionalizado, reforzado por las sucesivas
privatizaciones del sector público e integrado en una Europa ya abiertamente
neoliberal y en una OTAN progresivamente convertida en gendarme global.
Lo peor de ese “consenso constitucional” fue que dio
lugar a una pronta estigmatización de cualquier forma de disenso y, en cambio,
fomentó una cultura política destinada a formar “demócratas cínicos”,
resignados ante una democracia de muy baja intensidad que no partía de una
ruptura con el franquismo y que, bajo la hegemonía neoliberal, ha ido conduciendo
a una creciente desafección ciudadana hacia la política institucional y
partidaria. Una cultura política que, afortunadamente, se ha visto impugnada
desde la irrupción del 15-M por las nuevas generaciones, protagonistas de una
repolitización ciudadana, en medio justamente del estallido de la burbuja
financiera-inmobiliaria y del vaciamiento de lo que de progresivo tenía la
Constitución del 78 (con la reforma exprés del artículo 135 como manifestación
más escandalosa). Un nuevo ciclo se ha abierto que coincide con la constatación
pública de la corrupción estructural del régimen y la conversión del sueño
europeo en pesadilla para una sociedad cada vez más desigual, precarizada y
endeudada, devuelta a su condición de periferia del centro de la economía-mundo.
Para más inri, a todo esto se suma el desafío catalán a un nacionalismo español
que se sigue aferrando al fundamentalismo constitucional para negarse a
reconocer la realidad plurinacional de este Estado y el derecho a decidir su
futuro del pueblo catalán.
Ante este panorama, difícil es encontrar hoy
diagnósticos que provengan de arriba y nieguen la crisis de legitimidad que
está sufriendo el régimen actual. El debate entre los defensores del mismo se
sitúa ya en torno a qué “segunda transición” o reforma constitucional promover
para salvar sus intereses y contravalores, a sabiendas de que frente a ellos
avanza la amenaza de una doble ruptura: la que anuncia el ascenso de Podemos
con su promesa de “abrir el candado del 78” y la que continúa presionando desde
Catalunya a favor de la separación. Ambas han abierto grietas profundas en el
régimen, ya sea mediante la denuncia del fin del menguante “contrato social
implícito” del Estado del bienestar y de “la casta”, o en la respuesta al
agotamiento del Estado autonómico y a la tendencia recentralizadora impuesta
desde la Troika y el Gobierno del PP. Con todo, por ahora esos procesos caminan
en paralelo y no parece fácil, de un lado y de otro y por distintos motivos,
que converjan en un futuro inmediato.
Nos hallamos así ante el retorno del debate sobre
reforma o ruptura que presidió los últimos años del tardofranquismo, solo que
obviamente en un momento histórico y unas circunstancias distintas. En cierto
modo, es una nueva carrera contra el tiempo la que se abre pero quizás ahora
con la esperanza de que la historia no se repita primero como tragedia y luego
como farsa. Porque si entonces el proyecto reformista de Adolfo Suárez logró,
con la ayuda imprescindible de Santiago Carrillo y el PCE, anticiparse a la
ruptura democrática, no parece que ahora los dos grandes partidos tengan la
credibilidad necesaria, ni siquiera ante sus “poderes fácticos”, para ser
protagonistas de una autorreforma del régimen. Aun así, no podemos menospreciar
la capacidad que esos mismos poderes tienen, como ya estamos viendo, para
recurrir al miedo y al pánico frente a los riesgos que generarían la llegada a
la Moncloa de fuerzas como Podemos o el fin de la sagrada “unidad de España”.
En todo caso, es una Constitución material ordoliberal y autoritaria la que ya
está en marcha, si bien adornada con ese nuevo eufemismo de “democracia
adaptada al mercado”, tan querido por Angela Merkel.
Urge, por tanto, en el ciclo
electoral que se va a desarrollar durante el próximo año, volver a poner en el
horizonte común de los pueblos del Estado español la necesidad de una ruptura
democrática que abra camino a procesos constituyentes democratizadores en todos
los planos. Utilizamos el plural conscientemente, tanto en la forma como en el
contenido. En la forma, porque pensamos que, en coherencia con la exigencia de
democracia y del derecho a decidir, deberíamos hacer también nuestra la
aspiración al proceso constituyente propio, y no subalterno, que se está
demandando desde Catalunya: será mediante la búsqueda de la complementariedad
entre los pasos adelante que demos a escala estatal y los que se puedan dar en
los próximos tiempos desde Catalunya como quizás consigamos juntar las fuerzas
necesarias frente al enemigo común, el régimen actual. En el contenido, porque
no podemos limitarnos a echar a “la casta” en Madrid y dejarla impune en
Catalunya y tampoco podemos dejar intocable un sistema cuyo grado de injusticia
y despotismo en tantas esferas está haciendo imposible el derecho a una vida
digna. Debemos, por tanto, apostar por nuevas constituciones que rompan también
con los dictados de “los mercados”, blinden derechos y bienes comunes y sienten
las bases de otra democracia
Fuente: www.publico.es

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