Eduardo
Montagut
05 de diciembre de 2014
Duramente reprimidos en los inicios de la Restauración, los
republicanos tardaron en recuperarse del fracaso de la Primera República. Los
factores que explican los problemas para poder articular una clara alternativa
política cuando cedió la represión canovista tienen que ver con la división
interna en grupos y tendencias, muy vinculados a determinados líderes y
personajes, y organizados en comités para la época de las elecciones. En
realidad, esto no les separaba mucho de la forma organizativa de los partidos
dinásticos o monárquicos, pero no tenían el apoyo del sistema del turnismo
diseñado por Cánovas, y eran víctimas del fraude electoral sobre el que se
levantaba el edificio institucional de la Restauración. Aún así, los
principales líderes republicanos consiguieron siempre un cierto apoyo
electoral, en el ámbito urbano, que les permitió entrar en las Cortes.
Otro factor muy importante a tener en cuenta a la hora de
entender los problemas del republicanismo español en el último tercio del siglo
XIX tiene que ver con la pérdida de dos importantes bases sociales: la obrera y
la de parte de la burguesía más activa. El movimiento obrero terminó por
divorciarse de la causa estrictamente republicana para abrazar el anarquismo o
el socialismo. Las burguesías periféricas, muy implicadas políticamente,
encontraron otro cauce de expresión en los partidos regionalistas o
nacionalistas. El caso catalán fue paradigmático, aunque el republicanismo
siguió teniendo peso en Barcelona.
Cuando se aprobó el sufragio universal los republicanos
comenzaron a tener más respaldo electoral. En los años noventa consiguieron
aumentar su representación parlamentaria, en torno a una veintena de escaños
como media en cada legislatura. En el ámbito urbano comenzaron a contar con más
apoyo social. En 1892 consiguieron un sonado éxito electoral en las elecciones
municipales, especialmente en Madrid y en otras capitales de provincia.
En el seno del republicanismo español del último cuarto del
siglo XIX se pueden establecer tres grandes corrientes. En primer lugar,
estarían los federalistas, liderados por Pi i Margall. Además de por su apuesta
federal para organizar el Estado se inclinaron hacia posturas socializantes y
hallaron cierto eco en sectores populares de Cataluña y Valencia. Se
organizaron en el Partido Republicano Federal, y fueron muy activos a través de
la prensa y las publicaciones. Los federalistas no colaboraron nunca con el
nuevo sistema político pero renunciaron al empleo de métodos violentos o
conspirativos.
Los unionistas estaban liderados por Nicolás Salmerón, que
regresó a España con la amnistía de 1881. Salmerón salió elegido diputado en
1883, y luego de forma ininterrumpida entre 1893 y 1907. Los unionistas
formaron el Partido Centralista (1891). Eran partidarios de la unidad
territorial y política del Estado, y su base social se encontraba entre la
burguesía ilustrada y progresista.
Los radicales crearon el Partido Republicano Progresista,
dirigido desde el exilio por Manuel Ruiz Zorrilla, destacado político de la
época de Amadeo de Saboya. Eran partidarios de la insurrección y protagonizaron
algunas hasta la muerte de su líder en 1895. En realidad, terminaron por no
tener mucha implantación social.
Por fin, habría que citar a los posibilistas, cuyo principal
líder era Emilio Castelar. El último presidente de la Primera República había
formado un partido republicano conservador, en línea con sus ideas y con la política
que había protagonizado. Castelar quería participar en el nuevo sistema
político, de ahí su posibilismo. Cuando se dieron las condiciones para hacerlo,
es decir, cuando Sagasta aprobó el sufragio universal y la ley del jurado,
decidió disolver el partido, y muchos de sus miembros aterrizaron en el Partido
Liberal.
La división del
republicanismo se intentó superar en el inicio del nuevo siglo con la creación
de la Unión Republicana. Ya en 1893 y en 1900 se habían dado alianzas
electorales que reportaron éxitos. Los republicanos pretendían terminar con los
enfrentamientos y el atomismo para poder presentar una clara alternativa.
Nicolás Salmerón y Alejandro Lerroux fueron sus impulsores. El programa de la
UR pasaba por recuperar la Constitución de 1869 en lo relativo a los derechos y
organización de la administración, pero bajo la fórmula republicana y no
monárquica. Habría que cambiar el sistema político con una convocatoria a
Cortes Constituyentes. La UR fue un éxito en el sentido de unir a las tendencias
republicanas, aunque con el Partido Republicano Federal solamente se alcanzó
una alianza electoral. La UR obtuvo un gran resultado electoral en 1905 al
conseguir treinta escaños del Congreso, gracias a su implantación en Madrid,
Barcelona y Valencia

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