Artículos de Opinión | Lester R. Brown * | 15-02-2013
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El mundo
transita de una era de abundancia de alimentos a una de escasez. En la última
década, las reservas mundiales de granos se redujeron un tercio. Los precios
internacionales de los comestibles se multiplicaron más del doble, disparando
una fiebre por la tierra y dando pie a una nueva geopolítica alimentaria.
Los
alimentos son el nuevo petróleo. La tierra es el nuevo oro. Esta nueva era se
caracteriza por la carestía de los alimentos y la propagación del hambre.
Del lado de
la demanda, el aumento demográfico, una creciente prosperidad y la conversión
de alimentos en combustible para automóviles se combinan para elevar el consumo
a un grado sin precedentes.
Del lado de
la oferta, la extrema erosión del suelo, el aumento de la escasez hídrica y
temperaturas cada vez más altas hacen que sea más difícil expandir la
producción. A menos que se pueda revertir esas tendencias, los precios de los
alimentos continuarán en ascenso, y el hambre seguirá propagándose, derribando
el actual sistema social.
¿Es posible
revertir estas tendencias a tiempo? ¿O acaso los alimentos son el eslabón débil
de la civilización de comienzos del siglo XXI, en buena medida como lo fue en
tantas de las civilizaciones anteriores cuyos vestigios arqueológicos se
estudian ahora?
Esta
reducción de los suministros alimentarios del mundo contrasta drásticamente con
la segunda mitad del siglo XX, cuando los problemas dominantes en la
agricultura eran la sobreproducción, los enormes excedentes de granos y el
acceso a los mercados por parte de los exportadores de esos productos.
En ese
tiempo, el mundo tenía dos reservas estratégicas: grandes remanentes de granos
(con una cantidad en la basura al iniciarse la nueva cosecha) y una amplia
superficie de tierras de cultivo sin utilizar, en el marco de programas
agrícolas estadounidenses para evitar la sobreproducción.
Cuando las
cosechas mundiales eran buenas, Estados Unidos hacía que más tierras estuvieran
ociosas. En cambio, cuando eran inferiores a lo esperado, volvía a poner las
tierras a producir.
La capacidad
de producción excesiva se usó para mantener la estabilidad en los mercados
mundiales de granos. La grandes reservas de granos amortiguaron la escasez de
cultivos en el planeta.
Cuando el
monzón no llegó a India en 1965, por ejemplo, Estados Unidos envió la quinta
parte de su cosecha de trigo al país asiático para evitar una hambruna de
potencial catastrófico. Y gracias a las abundantes reservas, esto tuvo poco
impacto sobre el precio mundial de los granos.
Al iniciarse
este periodo de abundancia alimentaria, el mundo tenía 2 500 millones de
personas. Actualmente tiene 7 000 millones.
Entre 1950 y
el 2000 hubo ocasionales alzas en el precio de los granos, a raíz de eventos
como una sequía severa en Rusia o una intensa ola de calor en el Medio Oeste de
Estados Unidos. Pero sus efectos sobre el precio tuvieron corta vida.
En el plazo
de un año, las cosas volvieron a la normalidad. La combinación de reservas
abundantes y tierras de cultivo ociosas convirtió a ese periodo en uno de los
que se gozó de mayor seguridad alimentaria en la historia.
Pero eso no
duraría. Para 1986, el constante aumento de la demanda mundial de granos y los
costos presupuestarios inaceptablemente altos hicieron que se eliminara el
programa estadounidense de reserva de tierras agrícolas.
Actualmente,
Estados Unidos tiene algunas tierras ociosas en el marco de su Programa de
Reserva para la Conservación, pero se trata de suelos muy susceptibles a la
erosión. Se terminaron los días en que había predios con potencial productivo
listos para poner a cultivar rápidamente si se presentaba la necesidad.
Ahora el
mundo vive apenas con la mira puesta en el año siguiente, siempre esperando
producir suficiente para cubrir el aumento de la demanda. Los agricultores de
todas partes realizan denodados esfuerzos para acompasar ese acelerado
crecimiento de la demanda, pero tienen dificultades para lograrlo.
La escasez
de alimentos conspiró contra civilizaciones anteriores. Las de los sumerios y
los mayas fueron apenas dos de las muchas cuyo declive, aparentemente, se debió
a la incursión en un sendero agrícola que era ambientalmente insostenible.
En el caso
de los sumerios, el aumento de la salinidad del suelo a consecuencia de un
defecto en su sistema de irrigación, que a no ser por eso estaba bien
planificado, terminó devastando su sistema alimentario y, por ende, su
civilización.
En cuanto a
los mayas, la erosión del suelo fue una de las claves de su desmoronamiento,
como lo fue para tantas otras civilizaciones tempranas.
La nuestra
también está en ese sendero. Pero, a diferencia de los sumerios, lo que padece
la agricultura moderna es el aumento de los niveles de dióxido de carbono en la
atmósfera. Y, como los mayas, también está manejando mal la tierra y generando
pérdidas sin precedentes de suelo a partir de la erosión.
En la
actualidad, también enfrentamos tendencias más nuevas, como el agotamiento de
los acuíferos, el estancamiento de los rendimientos de los granos en los países
más avanzados desde el punto de vista agrícola y el aumento de la temperatura.
En este
contexto, no resulta sorprendente que la Organización de las Naciones Unidas
reporte que ahora los precios de los alimentos se han duplicado en relación al
periodo 2002-2004.
Para la
mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, que gastan en promedio nueve por
ciento de sus ingresos en alimentos, esto no es mayor problema. Pero para los
consumidores que gastan entre 50 y 70 % de sus ingresos en comida, que se
dupliquen los precios es un asunto muy serio.
Estrechamente
ligada a la reducción de las reservas de granos y al aumento del precio de los
alimentos está la propagación del hambre.
En las
últimas décadas del siglo pasado, la cantidad de personas hambrientas en el
mundo se redujo, cayendo a 792 millones en 1997. Luego empezó a aumentar,
trepando a 1 000 millones. Lamentablemente, si se siguen haciendo las cosas
como de costumbre, las filas de los hambrientos continuarán creciendo.
El resultado
es que para los agricultores del mundo se está volviendo cada vez más difícil
acompasar la producción a la creciente demanda de granos.
Las
existencias mundiales de granos decayeron hace una década y no ha sido posible
reconstruirlas. Si no se logra hacerlo, lo esperable es que, con la próxima
mala cosecha, se encarezcan los alimentos, se intensifique el hambre y se
propaguen los disturbios vinculados a la alimentación.
El mundo está
ingresando a una era de escasez alimentaria crónica, que conduce a una intensa
competencia por el control de la tierra y los recursos hídricos. En otras
palabras, está comenzando una nueva geopolítica de los alimentos.(IPS)
*Lester
Brown es presidente del Earth Policy Institute y autor de "Full Planet,
Empty Plates: The New Geopolitics of Food Scarcity" (Planeta lleno, platos
vacíos: La nueva geopolítica de la escasez alimentaria. W.W. Norton: Octubre
del 2012).

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