Entre 1973 y 1976, fueron encarcelados en
la cárcel de Zamora 120 sacerdotes. Las multas a 108 curas díscolos sumaron 11
millones de pesetas (66.000 euros).
ALEJANDRO
TORRÚS Madrid 10/02/2013 08:00 Actualizado: 10/02/2013 08:25
Parroquia de Moratalaz en 1966 donde ejercía el cura
obrero Mariano GamoImagen cedida por Gamo
Al monje
capuchino Jordi Llimona la Policía Armada de Barcelona le abrió la cabeza de un
porrazo en una manifestación de 130 religiosos contra las torturas
practicadas por el régimen. José Antonio Casasola, sacerdote franciscano
de Sevilla, sufrió el asalto de las fuerzas de seguridad en la iglesia donde
daba cobijos a obreros en protesta y fue apaleada por la Policía Armada en la
propia parroquia. Diamantino García, cura obrero de Los Corrales (Sevilla), fue
acusado por el régimen de “enaltecimiento del terrorismo” por tener en
su casa la primera página de El correo de Andalucía, que informaba de
las últimas ejecuciones realizadas por Franco. Mariano Gamo, párroco de
Moratalaz, pasó tres largos años en la cárcel por entender la misa como
una asamblea donde la comunidad cristiana debatía abiertamente sobre todos los
aspectos de la vida, entre ellos, la política y la represión franquista.
Sólo entre 1973 y 1976, fueron
encarcelados en la prisión de Zamora 120 sacerdotes (Imagen margen
derecho. J.L. Leal), según el historiador
Francisco Martínez Hoyos. Además, las sanciones económicos a sólo 108 curas
díscolos sumaron 11 millones de pesetas (66.000 euros). La represión a
los religiosos era necesaria en una dictadura que se fusionó desde el primer
momento con la Iglesia y cuya jerarquía fue también "una, grande y
libre" hasta el final del franquismo. No es que la Iglesia católica
apoyara el franquismo, es que la Iglesia fue una parte imprescindible y
fundamental de la dictadura franquista.
El mismo 1
de abril de 1939, el Papa Pío XII envió un telegrama al dictador felicitándole
por la victoria ante la República: "Agradecemos la deseada victoria
católica. Hacemos votos porque este queridísimo país emprenda con nuevo
vigor sus antiguas tradiciones cristianas". La posición de la jerarquía,
sin embargo, no fue respaldada por centenares de curas obreros que osaron
plantar cara al régimen sobre todo en las décadas de 1960 y 1970. La lucha de
esos curas obreros fue silenciada y reprimida en su momento histórico. Ahora,
además, ha sido olvidada por la Iglesia.
160
sacerdotes se manifestaron en Barcelona para protestar contra las torturas del
régimen
“La Iglesia
tendría que ser la máxima expresión de la moral y los valores humanos. Un
ejemplo de servicio al pueblo y de lucha por la democracia y los Derechos
Humanos. Eso tendría que ser la Iglesia. Jesús nunca estuvo al lado del
poder. Es más, se puede decir que fue el poder quien lo mató”, explica a Público
el monje capuchino Joan Botan, quien jugó un papel fundamental en el congreso
fundacional del Sindicat Democràtic d’Estudiants de la Universidad de
Barcelona.
Alrededor de
400 estudiantes y profesores se reunieron en asamblea en el convento de los
capuchinos de Sarrià con el apoyo y abrigo de la ordenación religiosa de
los capuchinos de Sarrià (Barcelona). Su apoyo, sin embargo, no significó la
aprobación del régimen, quien tras tres días de asedio al Convento, sin
permitir siquiera la entrada de alimentos, ordenó a la Policía Armada entrar
por la fuerza en la institución religiosa y detener a la cúpula estudiantil.
Las sotanas en la calle
El encargado
de llevar las negociaciones con el régimen fue el propio Botan. “Estaba
esperando la respuesta del ministro del Interior a la propuesta de solución
pacífica del conflicto que habíamos hecho. Pero nunca llegó. El Generalísimo,
reunido en un Consejo de Ministros, ordenó solventar la solución con la violencia
y la represión”, recuerda Botan.
La Policía
identificó a los asistentes al Congreso y dos meses después, en de mayo de
1966, detuvo a los 13 integrantes de la Junta Directiva del Sindicat. Entre
ellos, Quim Boix, delegado de los ingenieros en aquel entonces y actual miembro
del Consejo Presidencial de la Federación Sindical Mundial. Boix fue
torturado en prisión. Su propia madre se presentó en los juzgados para
denunciar la tortura que sufrió su hijo. Algo casi insólito en el franquismo.
“Siempre
digo que he sido un torturado con fortuna. No me pusieron electrodos, ni
me colgaron, ni me lanzaron por la ventana como a
Grimau. Sólo me dieron golpes por todos lados hasta la extenuación.
No olvidaré nunca cómo me amenazaron con trocearme y tirarme al mar para que me
comieran los peces”, rememora para Público Quim Boix.
La denuncia
de la madre de Boix ante los juzgados sirvió a los capuchinos para encabezar
una protesta insólita. 130 religiosos, enfundados en sus sotanas,
protagonizaron una breve manifestación desde la Catedral de Barcelona a la
comisaría de Policía. 130 religiosos que mostraban el rechazo frontal de la
congregación a la dictadura, la represión y la tortura y que como no podía ser
de otra manera acabó con la Policía Armada persiguiendo religiosos a golpe
limpio por las calles de Barcelona.
“Yo estaba
en la cárcel cuando los curas se manifestaron. No me enteraba de nada. Sólo sé
que cada cinco minutos pasaba un funcionario por mi celda para insultarme e
increparme. 'La que estás liando', me decían. No entendía nada. Más
tarde mi abogado me explicó la movilización de los religiosos”, señala Boix.
La liberación del sujeto revolucionario
A pesar de
que la mayor ayuda de la iglesia de base a la resistencia antifranquista fue la
cesión de espacios, no se puede entender la lucha de los religiosos contra
Franco sin la figura de los curas obreros. Párrocos que rechazaron el sueldo
de la institución y trabajaron junto a los obreros para conocer la realidad del
día a día del “verdadero pueblo de dios”: los trabajadores. Se calcula que en
España llegó a haber cerca de 800 curas obreros.
En Madrid,
destaca la figura de Mariano Gamo: sacerdote, sindicalista, político, poeta
y ex parlamentario de Izquierda Unida que denunció y continua reivindicando
a sus 82 años que "la Iglesia es antitética del propio Evangelio".
Gamo estuvo preso por el franquismo durante tres años en la cárcel para
religiosos de Zamora, fue multado hasta tres veces con 200.000, 250.000 y
500.000 pesetas, y pasó varios períodos preso en la cárcel de Carabanchel donde
ingresó en el módulo de toxicómanos con el número 22.
Gamo fue
destinado a una parroquia del barrio de Moratalaz. Desde allí, inició un nuevo
camino de hacer Iglesia. “Nuestra opción fue la de estar al lado del que
consideramos el sujeto transformador revolucionario: el pueblo trabajador, la
clase obrera. Queríamos que los trabajadores tomaran las riendas de su
futuro y conseguir así su emancipación. Era una lucha por la libertad”,
señala a Público Mariano Gamo.
"Me
condenaron a tres años de cárcel por desacato al régimen e injurias al jefe del
Estado", explica GamoLa homilías de Gamo pasaron a la historia por ser
misas asamblearias. En ellas, el párroco elegía un tema del que hablar y los
asistentes daban sus impresiones y entre todos formaban una opinión. “La misa
del domingo era una asamblea cristiana. Los fieles debían tener voz y
voto. Ir a misa significaba convertirse en un agente social cristiano con
capacidad de intervenir en los problemas de la vida”, asegura.
La máxima
expresión de la libertad de sus homilías cristalizó durante el Estado de
excepción del 24 de enero 1969, que, según el demócrata Fraga Iribarne buscaba
“luchar contra las acciones minoritarias sistemáticamente dirigidas a alterar
la paz española y a arrastrar a la juventud a una orgía de nihilismo y
anarquía”. Aquel fin de semana, Gamo preguntó en la misa del domingo qué
opinión merecía a los fieles el Estado de excepción. En la misa, no obstante,
apareció un invitado inesperado: “el antiguo agregado comercial de la embajada
española en Cuba”. “Mire reverendo padre, estoy sorprendido de cómo ustedes profanan
la sagrada liturgia. Usted forma parte de la Iglesia española y no puede
estar en contra de quien los salvó”, le dijo este señor a Gamo, según narra el
religioso.
Tras la
misa, el inesperado visitante denunció al párroco por “desacato al régimen e
injurias al jefe del Estado”, motivo por el cual fue condenado a tres años de
prisión. No obstante, esta visita no fue la única visita que recibió Gamo en su
iglesia. Los guerrilleros de Cristo Rey fueron habituales en sus homilías. “La
gente de Franco estaba en todas partes. Por tierra, mar y aire”, sentencia
Gamo.
Periko Solabarria: Una trinchera en el púlpito
En la cárcel
de Zamora, Gamo conoció a Periko Solabarria, pionero del movimiento de curas
obreros en España, junto con el jesuita David Armentia. Periko, hijo de
mineros, ha dedicado su vida a la lucha de los más débiles y a derrumbar el
régimen “opresor” del general Franco. “Me he involucrado en la lucha sindical,
política, nacionalista... de todo tipo. Mi obligación como siervo del hombre es
reparar injusticias y estar del lado del más débil. Trabajé como todo el
mundo ha tenido que trabajar, menos los curas, claro”, asegura a Público
Solabarria, quien llegó a ser diputado en el Parlamento con Herri Batasuna.
Solabarria
renunció a su paga como cura y comenzó a trabajar como minero, trabajador de la
construcción, en los Altos Hornos de Vizcaya... “En mi vida he tenido un
contrato indefinido”, asegura. Desde su condición de trabajador, Solabarria
afirma haber aprendido la dignidad del ser humano y desde el púlpito cada
domingo arengó sin dudar a sus fieles a salir a la calle, a manifestarse
y a tomar las riendas de su propio destino.
“En cada una
de mis misas solía haber un policía de paisano en el último banco. Un día vi al
policía de turno anotando en una libreta y desde el micrófono mandé al
monaguillo a darle un lápiz para que pudiera anotar sin problemas todo lo que
decía para que se lo transmitiera a su jefe”, recuerda Solabarria, que denunció
sin tapujos “el maridaje de la Iglesia y el franquismo”. “Nos metieron a Franco
hasta en el vino. Todas las tardes había que rezar un rosario por el
Generalísimo”, agrega.
"En mis
misas arengaba a los fieles a protestar en la calle por su libertad",
asegura Solabarria
Sus arengas
le costaron tres multas de 36.500 euros que se negó a pagar “por dignidad”. Por
ello, fue encerrado en varios ocasiones en la cárcel de Zamora y en la prisión
de Basauri. A pesar de ello, Solabarria nunca fue expulsado de la Iglesia
católica. “Una vez un obispo me dijo que si la Iglesia no me echaba es porque
algún día la gente se preguntará qué ha hecho la Iglesia por los pobres
y en ese momento tendrán que presumir de mi obra”, asegura.
Ahora,
Solabarria, a sus 82 años, continúa la lucha obrera y en la pasada huelga general
ocupó la torre de Iberdrola en Bilbao para protestar por los “despidos
masivos”. “La Ertzaintza nos sacó de allá como a sacos de cemento. A mi
me rompieron la cadera. Estoy esperando a que me operen. Tengo el espíritu y
la sangre roja, de revolucionario, pero el cuerpo ya me falla”, ironiza
Solabarria, quien ha vivido la mayor parte de su vida en un sótano sin apenas
luz. “Es para lo que daba el salario de obrero, que es lo que yo soy”,
concluye.
Los curas jornaleros
En
Andalucía, un grupo de jóvenes sacerdotes llegó a los pueblos de la Sierra Sur
de Sevilla, una comarca de latifundios y jornaleros. Entre ellos, destacaba la
figura de Diamantino García, un cura obrero y sindicalista fundador del
Sindicato de Obreros del Campo junto a Diego Cañamero, que actualmente se
integra dentro de Sindicato Andaluz de Trabajadores
(SAT) de Sánchez Gordillo.
El padre
Diamantino fundó el Sindicato de Obreros del Campo junto a Cañamero
Eva María
Chía, autora del libro Juan Heredia: Memoria y recuerdo del cura obrero de
Gilena (Editorial Atrapasueños), resume a la perfección, en conversación
telefónica con Público, el pensamiento de Diamantino y sus tres
compañeros (Juan Heredia, Enrique Priego y Miguel Pérez) en una sola anécdota:
“Diamantino vio como una mañana la inmensa mayoría del pueblo se marchaba con
sus colchones y ropas. Preguntó que dónde iba la gente y se le dijo que iban a
trabajar a la vendimia y que en el pueblo en esta época solo quedaba el cura,
el alcalde y el Guardia Civil. Entonces Diamantino contestó que de aquí en
adelante el cura tampoco estaría”.
El
planteamiento de estos cuatro sacerdotes partía de la base de que para
acercarse al mundo de sus fieles debían vivir como ellos. Así que no dudaron en
renunciar a su salario y trabajar en el campo. “El planteamiento llevaba
consigo que en el pueblo, los ricos nos miraran con malas caras mientras
que los jornaleros tampoco se fiaban mucho de nosotros. Era una cosa totalmente
nueva. En principio queríamos ser uno más, pero era imposible”, asegura Enrique
Priego a Público.
La nueva
posición de estos cuatro sacerdotes los convirtió rápidamente en sindicalistas
enfrentados al poder económico y molestos para el régimen. La base de sus
misas, según reconoce Priego, era el Evangelio y el periódico. “No se
puede separar la misa de la actualidad. En nuestras parroquias tratamos de
formar ciudadanos libres preparados para la democracia. Gente libre”,
agrega Priego, que concluye señalando que las actuales acciones de Gordillo
están “muy en la línea” de lo que debe ser un verdadero cristiano: “Repartir el
dinero y los alimentos entre toda la comunidad de tal manera que nadie se quede
sin cubrir sus necesidades más básicas como la vivienda y la comida”.
Monasterio de El Paular, donde Gamo estuvo preso un
año. De izquierda a derecha: Bernabé Arizmendia, Martín Garín y Mariano Gamo.
IMAGEN CEDIDA POR MARIANO GAMO.
Fuente: www.publico.es





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