19 feb 2013
Cada nuevo
episodio del caso Bárcenas deja más al descubierto la desvergüenza de los
máximos responsables del PP y su relación con algunas fechorías del extesorero.
Es difícil creer que los dirigentes del partido desconocieran el espectacular
enriquecimiento de Bárcenas, la existencia de una doble contabilidad y la
circulación de sobresueldos en dinero negro. Pero de lo que no cabe la menor
duda es que su despido, tras ser imputado en el sumario de la Gürtell, fue una
ficción destinada a confundir deliberadamente a la opinión pública.
Según
sucesivas informaciones periodísticas, contra las que los portavoces del PP han
esgrimido una sarta de mentiras, el vínculo laboral con Bárcenas no se
suspendió entonces. Antes al contrario, el PP ha seguido pasándole una
asignación fija e incluso ha pagado puntualmente sus cotizaciones a la
Seguridad Social, bajo la insostenible cobertura de una indemnización a plazos.
Si además se le practicaron las preceptivas retenciones por IRPF durante ese
periodo, como han reconocido algunas fuentes del partido, Bárcenas reuniría
todas las condiciones formales de un auténtico asalariado.
Qué razones
asistieron a la cúpula del PP para dispensar tan benévolo trato a su extesorero
es algo que algún día se sabrá, como se acaba sabiendo casi todo. Pero nada
bueno debe de ser cuando el partido se ha esmerado mucho en ocultarlo,
arriesgando su credibilidad, incluso después de que se acumularan evidencias
abrumadoras. Nada tiene de extraño, así, que cada vez sea mayor la sospecha de
que Bárcenas todavía conserva información altamente sensible, que sus antiguos
compañeros prefieren que no se conozca.
Por más que
el aludido lo niegue, parte de esa información podría ser la referida a los
sobresueldos, filtrada por su propio entorno según todos los indicios, después
de que algún dirigente con malas intenciones pusiera a la prensa sobre la
pista. Ahora bien, lo más preocupante para el PP es que Bárcenas no haya
agotado su arsenal inculpatorio y se guarde en la manga algún as que pueda
tener el efecto político de una bomba atómica. A fin de cuentas, en cualquier
organización y más si cabe en un partido, los secretos menos confesables suelen
custodiarse en la caja fuerte del tesorero.
Sin embargo,
el daño al PP ya está hecho, no sólo por la basura que en las últimas semanas
ha salido a la luz, sino por la conocida impericia de sus líderes para moverse
en este tipo de situaciones. Si las elecciones de 2004 las perdieron por su
torpe manipulación de la autoría del 11-M, ahora pueden caer en el más profundo
descrédito por empeñarse en tomarnos miserablemente el pelo. Los ciudadanos
somos capaces de aguantar muchas, como la crisis económica no para de
demostrar; menos que se nos quiera tomar una y otra vez por imbéciles.
Rajoy, que
fue el candidato con menos capacidad de despertar entusiasmo de toda democracia
pese a su indiscutible triunfo en las generales de 2011, ha dilapidado en un
sólo año las moderadas expectativas de quienes le votaron. Bajo el cínico
argumento de que, aunque no cumple sus promesas, sí cumple con su deber, está
haciendo justo lo contrario de lo que predicaba antes de llegar al Gobierno. Ha
subido los impuestos, ha emprendido la demolición del Estado del bienestar, ha
amnistiado a los defraudadores fiscales y ha regado con abundante dinero
público el insaciable secarral de la banca.
Pero él y
los suyos, con su actitud ante el caso Bárcenas, parecen empeñados en pasar a
la historia como lo que son, lo menos adecuado para sacarnos de la crisis: una
panda de mentirosos.
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Fuente: www.publico.es

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