Memoria
Histórica | Tercera Información | 06-02-2013 |
Antonio
Ballesta Martínez nació en Albatera, Alicante el 12 de diciembre de 1.910.
Creció alrededor de las vías del tren, ya que su padre era guardabarrera de la
Compañía de andaluces, y comenzó a trabajar con poco más de 8 años porque
"había que ganarse el pan". Extrovertido, con gran facilidad para
hacer amigos. Cuando alcanzó la edad, le tocó hacer la mili, y lo enviaron a
Marruecos, donde se lo pasó muy bien, y aprendió mucho: "Puede que fuera
el mejor año de mi vida, desde todos los puntos de vista". Después, fue miembro
de la Guardia Nacional Republicana, en Arganda, Extremadura, Valencia y
Barcelona: "no hice más que aprender cosas durante la guerra. Algunas
desagradables, pero no todas". En 1.937 se casó con María Iborra, con
quién vivió un tiempo en Navalmorales (Toledo) hasta que volvió a Alicante, y a
Antonio le destinaron a Barcelona a realizar tareas de vigilancia. Ya no se
volvieron a ver. El 10 de febrero de 1.939 se dirigió al exilio, atravesando la
frontera por Cendanya, caminando de noche y durmiendo de día. Al pasar la
frontera los desarmaron, y a partir de ahí, comienza la parte más triste de su
historia.
Al principio
le recluyeron en el campo de Setfonds, del que Antonio dice que, pese a todo lo
que pueda parecer: "el hombre se acostumbra enseguida a la desgracia, aún
y cuando parezca imposible, sigue teniendo la necesidad de aprovechar el tiempo
y adquirir conocimiento". Colaboró en la construcción del campo de
refugiados y levantamiento de los barracones, y después se alistó en las
Compañías de Trabajadores Extranjeros siendo enviado a la construcción de
trincheras, búnkers y defensas en la Línea Maginot. Cuando llegó allí, "ya
era intérprete".
El 14 de
junio de 1.940 se rompe la línea Maginot, y los soldados fueron tomados como
prisioneros de guerra. Antonio dice: "(...) Los alemanes entraron en
Francia y nos capturaron. (...) Vinieron con un camión, nos cargaron y nos
llevaron a Belfort". Partieron con destino a Suiza, buscando alguna
oportunidad. Los suizos no les dejaron pasar, y tuvieron que volver a Francia.
Allí un señor con un gran pajar les ofreció el pajar para dormir. y Antonio, al
saber francés, era el enlace y traductor para poder relacionarse con la gente
del lugar. El grupo se empezó a disgregar y Antonio consiguió que el alcalde
del pueblo les diera trabajo a él y a los compañeros que quedaban, arreglando
los desperfectos que el pueblo tenía por la guerra. Los alemanes volvieron a
recogerles, y les llevaron de nuevo a Belfort, donde estuvieron 1 o 2 meses
trabajando en los cuarteles bombardeados. Como cuenta Antonio, "llegó el
día en que nos pidieron todos los datos (nombre, bandera, nombre de los
padres...) y nos dijeron que volviéramos a nuestros lugares a esperar que
volvieran con nosotros. Allí esperamos un mes.
Antonio se
enteró que él tenia que quedarse allí, y su amigo (solo tenía una amigo de
Huelva) iba a ser trasladado. Conoció a un joven alicantino llamado Rafael
Millá, hijo del que fuera alcalde de Alicante durante la guerra, Rafael Millá
Santos, que también iba a ser trasladado, y se puso de acuerdo con él para
intercambiarse los números (y por tanto el nombre), por lo que un día llegó un
soldado de la SS, gritó el número 4270, y Antonio se puso de pié, pasando a
llamarse desde ese momento Rafael Millá, mientras que Rafael, paso a ser
Antonio, con el número 5827. (“Y allí me encontré con este chico, que era de
aquí de Alicante. Y le dije: “Tu querrías quedarte y yo me iría en tu lugar?” Y
él me dijo que bien, que de acuerdo. Nada era ni mejor ni peor. ")
"Cuando
volvieron a por nosotros, los de las Wehrmacht dijeron que salieran todos los
españoles, y nos metieron en un tren con tres vagones. (...) Nos llevaron a un
sitio que se llamaba Set Fonts, con una estación pequeñita (...) Nada más llegar
nos metieron en la ducha y nos despojaron de todas nuestras cosas. Tuvimos
suerte, porque muchos de los que entraron en las duchas no salieron. Al salir
nos esperaba un montoncito de ropa con un número. El mío era el 4270". Era
un Stalag en el que si no tenían las camas perfectamente planchadas
"recibían 25 palos", y allí "trabajó de albañil en un campo más
pequeño."
Pasado el
tiempo, le trasladaron al Campo de Concentración de Mauthausen, ingresando como
Rafael Millá, número 4270. Según Antonio, "lo llevábamos aquí (el número
en el pecho). "Zweiundervierzig siebzig", se decía así. Si te
equivocabas, era una lluvia de golpes de goma que te caía por todo
alrededor". De allí, habla de las duras condiciones climatológicas y el
trato antihumano que recibieron por parte de los soldados. "Allí estábamos
un centenar de presos. Nos daban latigazos. Los que no tenían vergajos, tenían
tubos de goma llenos de arena y cerrados por los lados, con los que nos daban.
La falta más pequeña eran 25 golpes. (...) Fuimos aprendiendo el trabajo al
llevar tanto tiempo de prisioneros." Comenzó trabajando en labores de
albañil, para después pasar a trabajar en una fábrica de mecánico.
"A
quién le enviaban dinero de casa, disponía de él si decía qué quería comprar.
Por ejemplo, "yo quiero remolacha" y se la ponían y se la cobraban.
Un día estaba trabajando fuera de la alambrada, y había remolachas. Había 2 o 3
españoles trabajando fuera. Me pidieron que les tirara unas remolachas, me vio
el kapo, y yo tenía que contar loa palos que me iban dando, pero yo no los
conté. Me dieron con una trenza de cables eléctricos. Me quitaron la piel de
las nalgas para un mes. Este tiempo fue benigno (irónicamente). Hay gente hoy
que no tiene ni idea de lo que fue aquello. La comida nos la ganábamos a base
de trabajo."
Recuerda muy
bien que "allí todo era militar", y nadie se pudo nunca fugar. Por
cualquier cosa les humillaban, les "daban palos" o cosas peores.
"El que moría, lo ponían en la puerta con un manojo de sarmiento y lo
recogían y se lo llevaban. Yo construí un crematorio, pero allí había un
crematorio solo para los que se morían. Lo de los judíos lo sabíamos, pero no
teníamos más noticias que del de al lado. Nosotros estábamos para hacer
trabajos forzados. Viniera quien viniera, de fuera del campo, no podía adivinar
lo que sucedía." "Hay tantas cosas que no puedo contar...(...)Vimos
cosas que nos hacían devolver".
La esperanza
en Mauthausen les llegaba en forma de noticias, porque los civiles que
trabajaban en las fábricas siempre llegaban con alguna noticia sobre el avance
ruso, pero también era desolador porque "en ese mismo momento 4.000 presos
morían cada mes a base de trabajo".
Desde
Mauthausen, Antonio escribía a su familia firmando como Rafael Millá, pero
reconocían su letra, aunque un tiempo después, la familia recibió un comunicado
en el que decía que Antonio Ballesta Martínez, había muerto en Gusen el 3 de
septiembre de 1.943. “Baix Segura. Albatera. Ballesta Martínez, Antonio. Nacido
el 11 de diciembre de 1910, procedente del Stalag XI-B, donde tenia el número
87328. Murió a Gussen el 3 de septiembre de 1942." "Poco tiempo
después de llegar a Mauthausen, me dijeron: Felete, ¿sabes que tu amigo está
muerto?. Y así me enteré de la noticia del destino del verdadero Rafael Millá.
Allí cuando te decían que un amigo o un hermano o alguien que conocias había
desaparecido, pensabas: La próxima me tocará a mi”. A Rafael, también le
enviaron a Mauthausen, registrándole como Antonio Ballesta con el número 5827 y
de ahí fue enviado a Gusen donde falleció con el numero 8732.
Los
prisioneros de los campos de concentración fueron liberados el 5 de mayo de
1.945. Antonio pesaba 45 kilos y tenía amnesia. Se fue a París, y fue
encontrando gente que le ayudó. En Francia se instaló, e hizo allí una nueva
vida, se volvió a casar, y actualmente vive en Alicante con su hermana.
Cuando le
preguntan qué le dice su corazón al reflexionar sobre lo vivido, responde:
"He visto la cara de la maldad. Yo no condeno la conducta de nadie si no
es con muchos motivos. Cada ser humano tenemos nuestros seres queridos y
nuestras ideas. Por esas ideas hacemos a veces cosas que no deberíamos hacer.
Pero encontrar un ser humano que sea malo, no entran muchos en la cuenta...Pero
allí en Alemania, los SS si lo eran... pero incluso entre ellos, había
buenos"

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