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Escrito
por Lluís Laborda
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Jueves, 14
de Febrero de 2013 05:52
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Durante la Segunda República, casi coincidente con la llegada y
extensión del cine sonoro, se produjo un cine popular que cosechó un notable
éxito comercial y, a un tiempo, un estimable resultado artístico. Incluso
pudo competir con el cine norteamericano; por la habilidad de sus artífices
en la mezcla de melodrama (en algunos casos acentuando las cualidades del
folletín), comedia y folclore y porque no es hasta el año 1941 cuando se
impone el doblaje: “El cine republicano español nació en 1932 con la
epifanía del cine sonoro, lo que favoreció su duelo comercial con el cine
americano, cuyos subtítulos no podían leer más de la cuarta parte de la
población española, por entonces analfabeta.
Esta ventaja económica, unida a la mayor permisividad del nuevo régimen,
hizo que esta breve etapa de nuestro cine conociese la que se ha denominado
tradicionalmente como su edad de oro” (Román Gubern, “Abecedario del cine
español”, Babelia, 1.102, El País, 5 de enero de 2013: pág. 6).
Cifesa
produjo algunas de las películas más populares de aquel período. La
hermana San Sulpicio (1934), Nobleza baturra (1935) y Morena
Clara (1936), todas ellas dirigidas por Florián Rey –quién, pocos años
antes, había dirigido una de las películas mudas más importantes del cine
español, La aldea maldita (1930)– e interpretadas por Imperio
Argentina –tras el estallido de la guerra civil, ambos rodarían en la
Alemania nazi Carmen la de Triana (1938) y La canción de Aixa
(1939)–, o La verbena de la paloma (1935), de Benito Perojo (brillante
adaptación de la popular zarzuela, que ya había sido llevada al cine en
1921). Todas ellas son una muestra fehaciente de la vitalidad comercial del
cine de la República.
Luis Buñuel también dejó su impronta en el cine producido en tiempos de la Segunda
República. Su primera y más valiosa aportación fue Las Hurdes, tierra sin
pan (1933), que poco tiene que ver con ese cine comercial de Florián Rey
y Benito Perojo (como, por otra parte, no poca distancia separa a estos dos
cineastas del director de El ángel exterminador). La Hurdes es
un documental financiado por Ramón Acín (al parecer, con un premio que le
tocó en la lotería, según cuenta el propio Buñuel en sus memorias) y
constituye la tercera película de Buñuel tras Un perro andaluz (1929)
y La edad de oro (1930), dos piezas maestras producidas en Francia.
“Como es sabido, y el propio Buñuel señala, el punto de partida para el
proyecto de Las Hurdes fue la tesis del antropólogo francés Maurice Legendre,
base teórica del material documental de la película, para el que también se
sirvió de unos reportajes realizados con motivo de la visita a la región del
rey Alfonso XIII” (Víctor Fuentes, Los mundos de Buñuel, Akal, Madrid,
2000: pág. 48). Como igualmente comenta Víctor Fuentes respecto al trabajo de
Buñuel, “para ahondar más en la comprensión del ser humano también recurre a
su imaginación creadora” (pág. 50), lo cual también confirma el carácter
poliédrico y libre del cine del cineasta aragonés. Censurada por el gobierno
republicano de Alejandro Lerroux, es la última película que dirige Buñuel
(cuando menos la última en la que aparece acreditado como director) hasta Gran
Casino (1946), la primera película que el director de Él realizó
en México. Un último apunte sobre la película: en Mi último suspiro,
el cineasta explica que, durante la guerra civil, cuando las tropas
republicanas entraron en el pueblo de Quinto, su amigo Mantecón, gobernador
de Aragón, encontró una ficha con su nombre en la, entre otras
consideraciones, se le identificaba como autor de Las Hurdes, “película
abominable, verdadero crimen de lesa patria” (Luis Buñuel, Mi último
suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2000: pág. 162). Mucho tiempo después, Viridiana
(1961), que suponía la vuelta de Buñuel a su país natal (donde rodó la
película), obtuvo la Palma de Oro en Cannes y fue prohibida en España.
Más allá de Las Hurdes, el año 1935 Buñuel funda junto al
productor Ricardo Urgoiti la productora Filmófono. Las cuatro películas que
produce esta singular sociedad son Don Quintín el amargao (1935), de
Luis Marquina –en México Buñuel dirige una nueva versión, La hija del
engaño (1951)–, basada en el sainete de Carlos Arniches y Antonio
Estremera; La hija de Juan Simón (1935), de José Luis Sáenz de Heredia
y Nemesio Sobrevila (película que supone el debut cinematográfico de Carmen
Amaya); ¿Quién me quiere a mí? (1936), de José Luis Sáenz de Heredia;
y ¡Centinela, alerta! (1936), de Jean Grémillon, basada en una obra de
Carlos Arniches. En todas ellas parece que Buñuel intervino en cuestiones
creativas, a juzgar por un cierto consenso entre los historiadores y por las
propias manifestaciones de Buñuel. En Mi último suspiro, comenta que
algunas escenas de ¡Centinela, alerta! las rodó él o, escribiendo
sobre Don Quintín el amargao, que a veces se entrometía descaradamente
en la dirección (pág. 165). Por otra parte, Buñuel exploró las
posibilidades de un cine popular que, de algún modo, pudiera trascender las
limitaciones que pudiera tener el carácter decididamente comercial de estas
producciones y sus mayores concesiones al público de la época (algo que
también haría en su brillante etapa en México): “desde aquellas tempranas
fechas, supo ver las posibilidades de un cine popular, comercial, de géneros,
puesto al servicio de unos fines culturales-morales distintos a los
convencionales” (Víctor Fuentes, Los mundos de Buñuel, Akal, Madrid,
2000: pág. 56). Víctor Fuentes añade que “no se ha estudiado el modo del que
Buñuel, recurriendo a la comedia y el melodrama, y abriendo el camino a lo
que haría posteriormente en México, se valió en aquellas cuatro películas de
Filmófono para satirizar dicho orden burgués, dejando entrever algunos
destellos de su moral subversiva, basada en la libertad y el amor.” (pág.
57). Como muestra de ello, citaré tres secuencias de la La hija de Juan
Simón: aquella en la que interviene Carmen Amaya (comentada por el propio
Buñuel en Mi último suspiro), el paso de Angelillo por la cárcel –y
las pintadas en las paredes que nos muestra la cámara en diversos planos (con
alguna referencia a la República)–, o la secuencia del cementerio, donde hay
algo del sentimiento de pérdida de la mujer amada que encontramos en la
magnífica Abismos de pasión (1954), aunque sin el arrebato (ni la
calidad) de la adaptación de Cumbres borrascosas, la novela de Emily
Brönte.
Buñuel aún haría una última aportación al cine de la República con la
supervisión (y la muy probable participación creativa) del documental España
1936 (1937), de Jean-Paul Le Chanois, en el que vuelve a mostrar su
compromiso y lealtad a la causa republicana.
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Fuente: La vanguardia
En la imagen superior Luis Buñuel - 1953 - Rodaje de Robinson
Crusoe
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Nuevos Republicanos 1905 Club de Opinión Política
jueves, 14 de febrero de 2013
EL CINE ESPAÑOL DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA
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