LA PRIMERA REPÚBLICA ESPAÑOLA
En nuestros días florecen constantemente libros de historia
sobre la Segunda República española, quizá por la mayor proximidad temporal,
quizá aún como reacción ante los años de la Dictadura. Pero muy pocos se
preocupan de recordar y analizar un periodo de nuestra edad contemporánea que
supuso un primer ensayo de régimen republicano y que, como la República del año
treinta y uno sufrió fuertes convulsiones.
Nos referimos a la Primera República, que abarca desde el 11
de febrero de 1.873 hasta el 3 de enero de 1.874, aunque algunos historiadores
la prolongan hasta el 29 de diciembre del mismo año, ya que en el periodo que
se extiende entre el 3 de enero y el 29 de diciembre se desarrolla la dictadura del
general Serrano, que aunque suspende las garantías constitucionales,
no modifica el régimen republicano como modelo de estado.
Los antecedentes de este primer ensayo de estado no
monárquico en la historia de España, los encontramos en la Revolución de 1.868,
llamada “la Gloriosa”, que derroca a la reina Isabel II, tras la batalla de
Alcolea (28 de noviembre), y convoca Cortes Constituyentes que aprobarían la
Constitución de 1.869, la cual proclamaba como forma de gobierno la monarquía.
Ésta sería ejercida por Amadeo de Saboya, quién, ante la imposibilidad de resolver
los problemas del país, terminaría abdicando.
La misma sesión de Cortes que aceptó la renuncia del rey
proclamó la República por 258 votos
contra 32. Ésta nacía sin derramamiento de sangre (al igual que lo haría la Segunda),
pero sólo duró once meses y en constante convulsión, provocada por las
diferencias doctrinales entre los propios republicanos – unos la querían
federal, otros unitaria, otros radical –, por la Guerra carlista y por los
problemas independentistas en las colonias.
A lo largo de estos agitados once meses, contó con cuatro
presidentes, que intentaron llevar a la práctica cuatro modelos distintos.
El primero de ellos fue don Estanislao Figueras, hombre de poco
carácter que, pese a intentar reformas como la abolición de la esclavitud en
Puerto Rico, la disolución de las órdenes militares y la supresión de los
títulos nobiliarios, se vio incapaz de hacer frente a los problemas y terminó
huyendo sin previo aviso a Francia. El estallido de la Guerra carlista y de la
sublevación independentista en Cuba, así como la anarquía imperante dentro del
país fueron demasiado para sus escasas energías como gobernante.
Le sustituyó don Francisco Pi y Margall, a quién nombraron
unas Cortes Constituyentes, que además proclamaron la República federal,
gravísimo error de funestas consecuencias, puesto que ello fue el detonante de
que, durante su breve mandato – un mes y ocho días – , estallaran sublevaciones
cantonalistas en casi todas partes : Málaga, Sevilla, Cádiz, Cartagena, etc.,
se proclamaron independientes, con el agravante de que parte de la escuadra
marítima se unió a la sublevación y la anarquía se extendió por todo el país.
Además, la Guerra carlista se recrudeció, y Pí, impotente, se vio obligado a
presentar su renuncia.
Tras él, tomó el poder don Nicolás Salmerón, que se mantuvo en el
cargo dos meses escasos (del 18 de julio hasta el 7 de septiembre). Más
enérgico que los anteriores, consiguió reprimir la sublevación de los cantones,
excepto la de Cartagena, y contuvo a los carlistas. Pero, hombre de principios,
dimitió por motivos de conciencia, ya que tenía que firmar varias sentencias de
muerte dictadas sobre militares alzados.
El último presidente de la Primera República fue don Emilio
Castelar, excepcional parlamentario cuyos discursos aún hoy tienen
fama. Trató de imponer la autoridad del gobierno enviando al general Moriones a
luchar contra los carlistas y tratando de reconquistar Cartagena. La Guerra
contra los partidarios de don Carlos todavía duraría bastante tiempo, pero al menos
la ciudad murciana fue sometida. También adoptó otras medidas relevantes:
revitalizó la disciplina del ejército y estableció el servicio militar
obligatorio, pactó con la Santa Sede y resolvió un grave problema diplomático
con Estados Unidos (el envío de armas por parte de éstos a los insurrectos cubanos).
Probablemente fuera Castelar el político más capaz de
aquellas Cortes, pero las rencillas políticas terminaron con su mandato:
acusado por Salmerón y Pi de olvidar los principios de la revolución e
inclinarse hacia la derecha, fue sometido a una moción de confianza de la que
salió derrotado, lo cual le obligó a dimitir. Era el día tres de enero de 1.874
a las cinco de la mañana. A las siete y media, el general Pavía entraba en el
congreso con sus tropas para apoyar al Ministerio Castelar, pero el gobierno,
haciendo caso omiso, se marchó.
Realmente, aunque, como se ha dicho, el régimen republicano
no se disolvió hasta la restauración en el trono del Príncipe Alfonso, aquí se
acabó la aventura de la primera experiencia republicana en nuestro país, ya que
el general Pavía convocó a los principales generales y a los representantes de
los partidos políticos y, con bastantes dificultades de acuerdo, se constituyó
un Gobierno provisional presidido por el general Serrano que suspendió las
garantías constitucionales y disolvió las Cortes hasta que se lograra la
pacificación del país. Nunca volverían a reunirse.
El gobierno del Duque de la Torre fue, en realidad, una
dictadura, pactada entre los militares y las fuerzas políticas ante las
gravísimas circunstancias por las que atravesaba el país, con los carlistas
sitiando la ciudad de Bilbao y los rescoldos del cantonalismo todavía en
ascuas. Precisamente a terminar con la Guerra carlista se dedicó este Gobierno.
Pero la mayoría de los generales no era partidaria del régimen republicano y,
ante la parsimonia de Cánovas, principal agente del Príncipe de Asturias, el
general Martínez Campos se sublevó en Sagunto proclamando nuevo Rey a Alfonso
XII.
Como colofón, cabe decir que la Primera República española
fue una experiencia negativa. A nuestro juicio, el país no estaba preparado
para instaurar un régimen cuyas ideas sólo conocían unos pocos individuos
avanzados. La mayoría del pueblo confundió la ausencia de rey con la anarquía
y, como ni siquiera los propios republicanos se pusieron de acuerdo sobre el
tipo de república que deseaban, el intento terminó mal. Sin duda, a ello
colaboró no poco la Guerra carlista, pero, probablemente, sin ella, el
resultado habría sido el mismo. Muestra de lo que decimos es que en las décadas
siguientes solamente una minoría de intelectuales pretendiese restaurar una
república como forma de estado; la monarquía tardaría muchos años en volver a
ser discutida.
Luís Martínez González







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