Llevamos
años comprobando tantas muestras de compadreo que ya casi nada nos sorprende.
Por mucho que manifieste el Presidente de Gobierno "la justicia está
funcionando. Está tratando a todos por igual, a todos" sabemos que
esto no es así.
No se trata
de igual manera a grandes empresas y empresarios que a las pequeñas y medianas
ni por supuesto a los trabajadores autónomos, siempre en desventaja con sus
homólogos europeos. Para unos todas las facilidades, incluidos rescates
económicos, indemnizaciones millonarias e indultos, para otros un mundo lleno
de trabas que impiden desarrollar nuevos proyectos o mantener los ya
existentes.
Las
complicidades, más habituales de lo que parece, entre altos técnicos de la
administración y responsables políticos –que a veces piensan que sus cargos son
vitalicios– se han extendido. En común realizan lo que les parece oportuno –con
dinero de todos– a cambio de apoyo mutuo y recompensas que no tienen que
ser necesariamente económicas, sino aplicando normas y leyes según convenga.
No solo
ocurre con grandes proyectos, también cuando se trata de contrataciones de
pequeña cuantía o trabajos temporales. La información no brilla por su
transparencia, como tampoco la selección de las personas que van a decidir, sus
criterios, sus valoraciones. Otra práctica extendida es la no respuesta a correos
electrónicos, cartas o llamadas telefónicas. También los vetos y
discriminaciones padecidas por aquellos que en algún momento mostraron su
disconformidad o crítica con alguna actividad o proyecto realizado. La falta de
autocrítica es algo generalizado en nuestro país. Muchos “grandes éxitos” se
han convertido, pasado un tiempo, en fracasos manifiestos. Nuestra geografía
está llena de ejemplos muy ilustrativos de ello. Y no solo en los sectores que
primero se nos vienen a la cabeza (construcción, banca…), sino en los que a
priori deberían defender lo contrario: cultura, educación, etc.
Los medios
de comunicación no son ajenos tampoco. Muchos ignoran en sus críticas a los
mayores inversores publicitarios –administraciones y grandes corporaciones
fundamentalmente– sabedores que una retirada de publicidad en sus medios podría
cuestionar su futuro. No es novedad señalar que grandes marcas y empresas
cuando reducen beneficios amplían su inversión publicitaria.
Esta
realidad es un tema bastante habitual en muchos foros de discusión, la mayoría
aportando evidencias que corroboraran sus afirmaciones, planteándose como
intentar que dichas prácticas sean menos habituales.
Van saliendo
a luz las grandes y pequeñas estafas cometidas. El caso de la familia Pujol es
otra prueba de ello. La impunidad de décadas puede ir acabando. Es
relativamente fácil denunciar abusos, injusticias e irregularidades. Personas
dispuesta a seguir los pasos de Hervé Falciani ante la posibilidad de enviar
documentos y denuncias de forma segura y anónima a través de www.filtrala.org u otras plataformas, con la
esperanza de que haya alguien dispuesto a llegar al fondo del asunto.
Hace tiempo
una parte de la ciudadanía asumió el compromiso de recuperar la ilusión
colectiva. Acabar con un país donde imperan la desilusión y la tristeza.
Posiblemente sea la única esperanza para intentar acometer un futuro más
halagüeño.

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