Diversos
sectores de Podemos –ignoramos en principio la amplitud e
importancia de los mismos– se está planteando la necesidad de construir
un sindicato. Empecemos por lo obvio: la libertad sindical es un bien democrático,
un derecho que permite la creación de organizaciones sindicales; de manera
que Podemos, y cualquiera que se tercie, puede ejercer ese derecho.
Ello no quita, naturalmente, que nos veamos interpelados a opinar al respecto.
nuevatribuna.es
| Por José
Luis López Bulla | 04 Agosto 2014 - 18:06
h.
La historia
sindical española arranca con una anomalía en relación a cómo y quiénes fundan
los sindicatos en otros países europeos. En nuestro país, el PSOE y, muy
personalmente, Pablo Iglesias El Viejo, funda la UGT en 1888.
Decimos anómala porque no es exactamente una fundación que nace de manera
independiente y anómala del partido. Lo cierto es que el Viejo –lo
empleamos en el término más afectuoso– seguía estrictamente la concepción
instrumental de Ferdinand Lassalle, legendario político socialdemócratas
alemán. Su idea era: «El sindicato, en tanto que hecho necesario, debe
subordinarse estrecha y absolutamente al partido» (Der sozial-democrat,
1869).
La reacción
de Karl Marx no se hace esperar: «En ningún caso los sindicatos deben
estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia;
hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo» en la revista Volkstaat,
número 17 (1869). Tendremos que convenir, sin embargo, que Karl Marx no ganó esta
batalla. Es más, la concepción lassalleana se impuso en todas la
corrientes de la izquierda durante un larguísimo periodo. De hecho, la gran
mayoría de las corrientes políticas de la izquierda oficial –socialistas,
socialdemócratas, laboristas y comunistas– fueron, en este sentido,
estrictamente lassalleanas. De un lado, imponiendo la autoridad y el
dictado de la primacía del partido sobre el sindicato que, para decirlo lisa y
llanamente, situaba al sindicato como chica de los recados; y, de otro
lado, estableciendo una rígida y artificiosa división entre los objetivos
y tareas de uno y otro.
Palmiro
Togliatti lo expresa
de manera contundente: «no correspondía a los trabajadores tomar iniciativas
para promover y dirigir el progreso técnico» y que «la función de propulsión en
torno al progreso técnico se ejerce únicamente a través de la lucha por el
aumento de los salarios» en una reunión del Comité central del Partido
comunista italiano a finales de 1956. Véase hasta qué punto la mano de Lassalle
es alargada.
Ahora bien,
llega un momento en que las cosas empiezan a cambiar: las intuiciones de Giuseppe
Di Vittorio, padre del sindicalismo italiano, las investigaciones de Bruno
Trentin y, más adelante, la contribución de Marcelino Camacho van
propiciando que el sindicalismo conteste en la práctica la entonces llamada
«correa de transmisión», esto es, el dogal que papá-partido ponía en el cuello
al sindicalismo. Y tantas veces fue el cántaro a la fuente que la correa saltó
por los aires. La vieja y autoritaria concepción de Lassalle, que tantos
estropicios había provocado en el movimiento sindical, empezó a convertirse en
una reliquia que nadie custodiaba. Porque el conflicto social ya no era una
hechura de lo que pretendía el auto considerado pater familias sino la
expresión independiente y autónoma del sujeto sindical. De manera que la ropa
vieja de la correa de transmisión pasó al archivo. Pero, según parece, algunos
sectores de Podemos tratan de sacarla del arca y, con o sin alcanfor,
reincidir en Lassalle.
Con toda
seguridad, Pablo Iglesias El Joven conoce estos antiguos trajines
de las (antes llamadas) relaciones partido–sindicato. De manera que no está de
más que se auto advierta de la contradicción entre crear un partido de nueva
estampa y que éste funde –o algunos sectores de su partido impulsen– un sujeto
de rancio estilo. Lo uno no se compadece con lo otro. Otra cosa, bien
distinta, es la obligación de Podemos de dirigirse directamente a la
nueva geografía del trabajo, cosa que más de uno agradecerá.
Fuente: http://www.nuevatribuna.es/

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