Sobrevuela sobre una insoportable levedad que la diluye
buscando centros políticos inexistentes, sociologías fantasmagóricas y
moderantismos extemporáneos.
nuevatribuna.es |
Juan Antonio Molina | 06 Febrero 2015 - 20:28 h.
La tecnocracia transfiere la
neutralidad moral desde los aspectos técnicos, organizativos, administrativos
de la política, a la esencia misma de lo político
“Lo verdadero es
siempre la idea”, proclama Carlos Marx, tan denostado por la derecha y tan
demodé para la izquierda posmoderna, pero lo cierto es que bogar por la vida
pública a golpe de estratagemas y vocerío publicitario supone esa
simplificación que para Ortega representaba no haberse enterado bien de las
cosas. Y, como consecuencia, puede ocurrir que la política, en un momento
histórico determinado, adquiera una contrafigura extravagante en forma de
esperpento. La colonización ideológica conservadora se impregnó en todos
los ámbitos del régimen de poder español donde la centralidad política se
escora tanto a la derecha que cualquier propuesta incardinada, por moderada que
sea, a preservar los intereses de las clases populares se considera demagógica,
populista y extrema. La izquierda tradicional ha caído en la trampa de la
tecnocracia apostasiando de la ventaja ética e ideológica que supone una
arquitectura política volcada a la razón ética del bien común.
En definitiva, la
izquierda ha sido víctima de la ideología conservadora más original: la no
ideología enmascarada en verdad técnica. La tecnocracia transfiere la
neutralidad moral desde los aspectos técnicos, organizativos, administrativos
de la política, a la esencia misma de lo político. El tránsito del debe ser al
ser está cortado. La ética individual únicamente puede ser ética de la buena
intención y de la buena voluntad. Para Lukács la ética individual es, pura y
simplemente, ética kantiana, y ésta, impotencia en la actividad del individuo
aislado. Por ello, como concluye Aranguren, las voluntades de los ciudadanos
mientras permanezcan aisladas, separadas unas de otras, atomizadas, no pueden
organizarse en verdadera democracia.
Los procesos
políticos de transformación social son momentos de arrebatadora inspiración de
la historia.
El
recrudecimiento de la desigualdad de forma sumaria, el aprovechamiento de la
crisis para disolver a la incipiente clase media, la depauperación de las
clases populares, el empobrecimiento de amplias capas de la población, el
hundimiento programado del mundo del trabajo, la brutal transferencia de las
rentas del trabajo a las rentas del capital, configura una realidad social cuyo
dramatismo se manifiesta en la institucionalización del desgarro dual de la
sociedad española. Pero
para consolidar estos contextos en el marco de lo que se impone como realidad
inconcusa, sin alternativa aceptable ya que cualquier redistribución tanto de
la riqueza como del poder, está proscrita como radical, el régimen necesita
cerrarse más aún limitando libertades y derechos para diluir las
manifestaciones de los damnificados por el darwinismo social que promueven las
minorías dominantes y su aparataje político, institucional y mediático.
Alguien dijo, sin
embargo, que los procesos políticos de transformación social son momentos de
arrebatadora inspiración de la historia. Y España vive hoy una demanda de
cambio profundo después de las dolorosas heridas producidas en la sociedad por
el coste desigual de las políticas aplicadas con la justificación de la crisis
que nos han hecho tan desiguales. Es una vindicación de la política frente a la
violencia institucional y los fetichismos de la modernidad, de la política
desde abajo, de la política de quienes están excluidos de la política estatal
de los dominantes y víctimas de esta política confiscada.
Ante ello, el
grave problema de la izquierda tradicional es que desideologizada, sujeta al
compromiso de mantener un sistema que niega su misma naturaleza, pendiente de
ser más parte del Estado que de la sociedad, ha perdido su capacidad de
convertir el malestar ciudadano en opción política. Sobrevuela, de este modo,
sobre una insoportable levedad que la diluye buscando centros políticos
inexistentes, sociologías fantasmagóricas y moderantismos extemporáneos.
Como afirma Ulrich
Beck, vivimos, empero, un momento decisivo para construir coaliciones de
las que surja un nuevo humanismo. Pero un nuevo humanismo sólo puede descansar
en el valor de las ideas y los principios que sobresanen este momento decadente
donde cuando se habla de política se habla exclusivamente de poder.
Fuente: www.nuevatribuna.es


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