75 Aniversario del fusilamiento del General de la Guardia
Civil, el 8 de Febrero de 1940 en los fosos del Castillo de Montjuic.
nuevatribuna.es |
Miguel Ángel Rodríguez Arias | 07 Febrero 2015 - 17:56 h.
El General
“olvidado”, o el “muy católico” General son algunos de los sobrenombres con los
que, muy raramente, se hace referencia a D. Antonio Escobar Huerta (“La guerra
del general Escobar” de Olaizola, premio Planeta de 1983, y “Entre la cruz y la
República” de Arasa, entre las pocas obras que lo abordan), guardia civil,
hombre de honor, defensor de la República Española y la Constitución española
de 1931 a la que había jurado lealtad. Aunque en julio de 1936, mantener la
propia palabra y la lealtad a la Constitución española representase una
auténtica temeridad, cuando no una condena cierta a muerte, en todos aquellos
lugares en los que los golpistas se hicieron con el control.
Lo que no pasó en
Barcelona precisamente porque, en el momento de mayor incertidumbre, la
Benemérita, mandada por Aranguren y Escobar, se mantuvo leal a las
instituciones democráticas decantando la situación de la Ciudad Condal del lado
de la legalidad.
Cuenta el
anecdotario que el propio President Companys suspiró aliviado cuando, al ver
aproximarse a los hombres de Escobar, armados y en formación, al edificio de la
Generalitat de Cataluña, éste les ordenó saludar a la institución y continuó su
marcha a la toma de los emplazamientos dónde los golpistas se habían hecho
fuertes y se enfrentaban a los milicianos de Durruti. Otros le atribuyen aquel
famoso "Visca la Guardia Civil".
No sería ésta su
única responsabilidad decisiva, encargado inmediatamente a continuación por el
propio General Vicente Rojo de la encarnizada defensa del sector de la Casa de
Campo – vital en las horas más dramáticas de la batalla de Madrid – cuando su
caida era tan previsible que hasta algún corresponsal inglés que acompañaba las
columnas de los golpistas se aventuró a enviar a Londres una precipitada
crónica, que sería publicada al día siguiente, sobre cómo se había producido
supuestamente ya la entrada de falangistas y requetés en la capital de España…
con tres años de adelanto.
Honrado, íntegro,
comprometido con la defensa de la República española hasta decir basta en todo
lo que se le conoce hasta la fecha, resulta difícil recoger en estas líneas el
alcance de lo que a Escobar le supuso cumplir con su deber con el Gobierno
legítimo: desgarrado por el dolor de ver a uno de sus propios hijos pasarse al
bando de Franco, de saberlo más tarde caido en la batalla de Belchite, blanco
él mismo de recelos y desconfianzas de los sectores más radicales –repudiado
por sectores de la extrema izquierda tanto como lo sería desde el primer
momento de la contienda por la extrema derecha – y hasta objeto de un fallido
atentado que no se ha llegado a esclarecer si fue perpetrado por
quintacolumnistas infiltrados en la República.
Herido en varias
ocasiones, el Presidente Azaña en persona le autorizó un peregrinaje a la
Virgen de Lourdes, todavía convaleciente, que fue la comidilla de la
retaguardia republicana, y de las malas lenguas que decían que aprovecharía el
permiso para escapar a Francia ante lo crítico de la situación.
No fue así, sino
que regresó para pasar a asumir el mando del ejercito de Extremadura, uno de
los pocos operativos que aún le quedaban a la República, emprendiendo, a
inicios del 39 – ya perdida la batalla del Ebro – la que sería la última
ofensiva, a la desesperada, de la Segunda República Española, en el sector de
Valsequillo-Peñarroya, intentando desviar, con ello, el avance principal
franquista y ganar el tiempo que no se llegó a tener para organizar una segunda
línea defensiva en Cataluña.
Tras la captura
de Almadén y la ruptura definitiva del frente de Extremadura, caida ya
Barcelona y perpetrado el autogolpe casadista en Madrid, Antonio Escobar
Huerta, el último General de la República española en territorio nacional,
rindió su mando ante Yagüe y sus legionarios en el antiguo casino de Ciudad
Real el 26 de marzo de 1939.
Leal a la
República hasta el final, pudo haber escapado en una avioneta a Portugal pero
decidió permanecer junto a sus hombres, convencido de no haber hecho otra cosa
que cumplir con su deber de guardia civil y decidido a correr su misma suerte:
el propio Franco intervino en persona para asegurarse de que fuese
pertinentemente fusilado.
Y esa “España
mejor”, democrática, constitucional, que Escobar defendió con su vida hasta sus
últimas consecuencias, aún no ha sido capaz de decir que el cargo acusatorio de
“rebelión” por el que fue condenado por los rebeldes de verdad no tiene validez
jurídica alguna.
Que su “Consejo
de Guerra” fue una farsa predeterminada en su resultado antes de empezar, y que
su ejecución, sin haber cometido crimen capital alguno, fue un simple y vil
asesinato: parte del exterminio general llevado a cabo por la dictadura.
Una mala ley “de
la memoria” – hecha con más cálculo y miedo a los votos del que Escobar y los
suyos mostraron a las balas de los sublevados cuando había que jugarse la vida
defendiendo nuestra Constitución – dejó pasar la oportunidad de declarar la
nulidad jurídica, de pleno derecho, de todo ello y de restaurar el honor de
todas estas personas irrepetibles. Pero mejor no entrar en tales comparaciones
entre unos y otros - la actuación de los hacedores de nuestra “olvidadiza” ley
con la de los defensores de nuestra República perdida – que las comparaciones,
a veces, pueden resultar demasiado odiosas.
Antonio Escobar
Huerta murió crucifijo en mano y mandando su propio pelotón de ejecución, al
amanecer del 8 de febrero de 1940 en los fosos del Castillo de Montjuic.
Ninguna calle en
Ciudad Real, Barcelona o Madrid, ni tan siquiera en Ceuta – su ciudad natal –,
lleva su nombre.
Ninguna estatua
conmemorativa recuerda entre nosotros a este guardia civil que mantuvo su
palabra y cumplió con su deber más allá de lo que a nadie se le puede exigir.
Ninguna izquierda
democrática, ninguna derecha democrática, ha entendido todavía oportuno
reivindicar la memoria de este hombre de honor que mantuvo su juramento de
defender nuestra Constitución a tan alto precio.
Peor para ellos.
Para todos nosotros en realidad.
"El hombre
yace, el cielo se eleva, el aire mueve".
Fuente: www.nuevatribuna.es


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