miércoles, 20 de febrero de 2013

GOLPE SOCIAL



Artículos de Opinión | José Haro Hernández | 19-02-2013 | 
 
Dentro de unos días, el 23 de Febrero, se conmemorará el trigésimo segundo aniversario de ese esperpento casposo que fue el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados y la ocupación de Valencia por Milans del Bosch. Por supuesto, nos hablarán del monarca que salvó la democracia y de cómo ésta se ha afianzado entre nosotros para siempre. Y estas palabras sonarán a sarcasmo como nunca antes lo habían hecho. Y no principalmente, aunque también, porque aquel sainete chusquero y chabacano en realidad consiguiera sus objetivos esenciales (reconducir el régimen parlamentario en un sentido aún más conservador y paralizar la movilización social), aunque los toscos y burdos peones que fueron instrumentalizados pensaban que estaban redimiendo, una vez más, a la patria de sus males seculares a través de una acción heroica y decisiva que reconduciría los destinos de la nación; sino porque será un insulto cualquier invocación de los valores democráticos y cívicos que emane de unas élites políticas y cortesanas que chapotean en un océano de corrupción y que, desde sus atalayas de impunidad, se atreven a pontificar sobre la ineludible penitencia a la que las gentes de a pie estamos condenadas al haber osado vivir por encima de nuestras posibilidades. De aquel pacto constitucional de 1978 surgió una democracia constreñida en la que el poder económico lo detentan las oligarquías que se beneficiaron del régimen del 18 de Julio, y el poder político se reparte entre los herederos reciclados del franquismo y unas nuevas castas dispuestas a asumir el juego bipartidista de esta segunda restauración borbónica. El 23F imprimió un sesgo más reaccionario al sistema. Y después vino, más recientemente, y al albur de esta crisis, el golpe de los mercados financieros, que transformó definitivamente nuestro sistema de libertades formales, ya muy mermadas, en la grotesca caricatura de una democracia. Hay que decirlo bien claro: no estamos ante un Estado Social y de Derecho. En el escenario público se representa una farsa, que está quedando precisamente al desnudo estos días ignominiosos. El edificio político del país está podrido hasta el tuétano. Sobre la monarquía y el partido del gobierno se proyectan sombras de sospecha cada vez más oscuras, sin que el resto de partidos sistémicos e instituciones quede a salvo. Y esta putrefacción coexiste con un proceso de deterioro social sin precedentes, con unos niveles de paro, pobreza y precariedad desconocidos en nuestra historia reciente, y que no se compadecen con el nivel de riqueza real de la sociedad. En cualquier país de nuestro entorno en el que hubiera estallado un escándalo de las dimensiones del que azota al PP, se habrían producido dimisiones en masa. Aquí no. Sencillamente, ya no funcionan siquiera los mecanismos democrático-formales convencionales, de modo que un gobierno ilegítimo, que no sólo ha roto el contrato electoral, sino que está envuelto en una presunta trama corrupta y conduce al país al abismo, se enroca en las trincheras del poder y actúa como si no pasara nada. Es otro golpe, el último de esa sucesión de agresiones a las libertades y a la democracia que arrancó con la componenda constitucional de la transición y que siguió con el 23F. La única salida sensata a la situación actual es la convocatoria de elecciones. Pero no unas elecciones cualesquiera, sino aquéllas que conduzcan hacia un proceso constituyente que abra la vía a una democracia real que merezca ese calificativo. Si el edificio está descompuesto hasta en sus cimientos, no cabe el arreglo, no hay lugar para la chapuza. Hay que levantar otro nuevo. El problema es que si este gobierno agonizante y destructivo persevera en su posición, es hora de que la sociedad, adelantándose a una nueva maniobra oscura de los poderosos para imponer un gobierno tecnocrático, dé su propio golpe. No tendría un carácter cuartelero y violento para ahogar las libertades. Se trataría de un golpe cívico y pacífico para establecer una democracia. De un golpe social. Y es que al pueblo no le están dejando otra salida.



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