miércoles, 22 de agosto de 2012

“ANDAN CON EL CULO APRETADO”


A la izquierda tradicional le falta ambición y le sobra prudencia

Para Pablo Iglesias, politólogo y conductor del programa de debate televisado La Tuerka, en España hay una crisis de régimen que no necesariamente va a ser capitalizada por la izquierda.

 Artículos de Opinión | Pablo Iglesias | 22-08-2012 | 

                                                    Los movimientos sociales ante Rajoy
La tendencia de los movimientos sociales en España ha mantenido una línea de continuidad desde el 15 de mayo de 2011, porque es el nacimiento oficial del 15M, aunque hubo una movilización muy importante en el mes de abril (la de Juventud sin Futuro) que, a juicio de muchos analistas, es la que inicia un ciclo de movilizaciones con una serie de características nuevas; incluso podría decirse que la hegemonía en la contestación social a la crisis, la vanguardia, no la ejercen inicialmente las organizaciones clásicas -pienso en los sindicatos y los partidos de izquierda-, sino un movimiento con todas las características propias de una expresión política irrepresentable. Eso mantiene una continuidad desde mayo; las movilizaciones se siguen produciendo durante el verano.
Habrá una huelga general de los sindicatos con un resultado notable y, tras la victoria de Rajoy, puede hablarse de una intensificación en la que diferentes sectores sociales participan en las protestas contra los recortes, desde los sectores más clásicos hasta lo que podríamos llamar de una manera muy genérica 15M, que agrupa a un conjunto de iniciativas muy difíciles de catalogar pero que están implicando la incorporación a la política y a la movilización de sectores que antes no estaban politizados.
De todos estos sectores, hay algunos que merecen una atención especial. Pienso, en primer lugar, en el movimiento contra los desahucios, las plataformas que están apoyando a las personas que pueden verse desahuciadas por los bancos; esto está siendo un fenómeno terrible en España, y es una consecuencia directa de la crisis y cómo ha afectado al modelo de desarrollo económico español, fundamentado en el ladrillo, y cómo después del pinchazo de la burbuja inmobiliaria esto se traduce en drama social. Destacan también los movimientos en defensa de la educación y de la sanidad pública en diferentes lugares del Estado Español.
Ha sido importantísimo un movimiento con muchos caracteres clásicos, como el de los mineros de diferentes lugares del Estado Español, que se ha convertido en un ejemplo y en un agregador identitario para buena parte de la gente que se estaba movilizando, insisto, desde repertorios muy clásicos. Se trata de trabajadores organizados en sindicatos y con formas de acción colectiva muy directas y muy potentes que, sin embargo, han logrado recabar las simpatías de amplios sectores sociales.
Recientemente hay incluso expresiones de las protestas que apuntarían hacia lo que podríamos llamar una crisis de régimen. La congelación de una de los 14 pagos a las que tienen derechos los funcionarios ha provocado importantes movilizaciones por parte de los trabajadores públicos, y en especial –esto es muy llamativo- por parte de la policía; hemos visto a policías enfrentarse a policías en manifestaciones.
De alguna manera llegan a apreciarse situaciones de excepcionalidad que tienen que ver con el impacto político que está teniendo una movilización social que, en muchos aspectos, es generalizada. La delegada del gobierno en Madrid ha llegado a amenazar el derecho de manifestación diciendo que los madrileños no se pueden permitir tantas manifestaciones al día. Hemos visto cómo el gobierno ha colocado auténticos check point de policía en las calles aledañas al Congreso de los Diputados para impedir no ya la entrada al Congreso, sino simplemente para impedir circular en la vía pública, en sus alrededores, a quienes los agentes podían identificar como gente que eventualmente podría protestar.
Hay una anécdota muy divertida: a uno de los responsables de prensa de Izquierda Unida, que trabaja en las instalaciones del Parlamento, le impidieron llegar a la Carrera de San Jerónimo (calle que lleva al Congreso) porque llevaba una camiseta que decía “Yo tuve derechos sociales”, y los agentes de policía le impedían la entrada. Él dijo que trabajaba ahí, enseñó su identificación, y hubo un jefe de policía que le dijo que como excepción lo iban a dejar pasar, pero que no se podía acceder a las inmediaciones del Congreso con una camiseta subversiva. Más que formas propias de una democracia, son formas propias de una dictadura.
Estamos viendo repetidos intentos por parte del Partido Popular y por parte de Convergencia y Unión, el partido de la derecha catalana que gobierna en Cataluña, de reformar la ley de seguridad ciudadana para tratar de criminalizar las expresiones de protesta pacíficas -la inmensa mayoría de casos del movimiento-; esto implica una reducción de los derechos civiles y políticos, lo que es muy grave en términos democráticos.
Una de las cosas más llamativas de este gobierno es que hay una serie de elementos que han quedado claros para todo el mundo. La primera es que el gobierno miente: dijo que Bankia era una entidad financiera saludable, y tuvo que ser rescatada; dijo que no habría rescate a la banca española, y lo hubo; dijo que no iba a subir el IVA, y ha habido una subida. Hoy, el gobierno –contradiciendo lo que dice la agencia Reuters- ha negado la existencia de un nuevo rescate para España, del que ya se está hablando en la prensa extranjera. Parece que los españoles tienen que leer la prensa británica y la francesa para saber lo que va a pasar en el país.
Segunda cosa: el gobierno ha terminado siguiendo, en buena medida, la estela de Zapatero de entregar la soberanía a poderes extranjeros, a Alemania, Francia, la troika europea y las instituciones de gestión política global: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y, en particular, el Banco Central Europeo.
Punto número tres: el gobierno es extremadamente servil con los poderosos, hasta el punto de impulsar la ley de amnistía fiscal, que es una manera de premiar a los ladrones y defraudadores; estamos hablando de un país en el que se están produciendo severos recortes sociales, lo que implica que no exista una legislación fiscal que obligue a tributar a los que más tienen. Esto es un crimen en términos políticos. Al mismo tiempo, se están desahuciando familias y se está subiendo el IVA, lo que implica fundamentalmente penalizar el consumo.
Estamos hablando de un gobierno que responde con arrogancia y maneras dictatoriales a la protesta en la calle, hasta tal punto que algunos sindicatos policiales se han quejado de las órdenes que reciben los agentes. Se podría decir, sin exagerar, que el Partido Popular es el gobierno de los ricos, en favor de una minoría y en contra de las mayorías sociales.
El 15M, la intensificación de las protestas y el escenario Grecia
Hay una sensación e incluso algunos síntomas muy interesantes que permiten hablar de una crisis de legitimidad política del régimen español, heredero de la Transición, de la Constitución española y de los Pactos de la Moncloa. El régimen político español, que más o menos se mantuvo estable los últimos 30 años, empieza a mostrar fisuras de legitimidad.
Hay una notable intensificación de las protestas, en las que se está incorporando cada vez más gente; también es verdad que la agenda que ha sido capaz de poner encima de la mesa el movimiento 15M, que responde mucho más al eje arriba-abajo y de mayorías contra minorías, que al eje izquierda-derecha -a pesar de que claramente las propuestas del 15M se ubican en el ámbito de la izquierda-, está permitiendo una ampliación de los campos políticos, un cuestionamiento de buena parte de la institucionalidad y de lo que ya podríamos llamar un régimen que ha renunciado al contrato social que mantuvo la estabilidad política de nuestro país en los últimos 30 años.
Sabemos, por los estudios de opinión disponibles, que las demandas del movimiento 15M generan una enorme simpatía política entre la población, al mismo tiempo que una de las instituciones peor valoradas son los partidos políticos. Sabemos también que el Partido Popular, en los estudios de intención de voto, está acusando el notable desgaste por los recortes -y no olvidemos que llevamos solamente siete meses de gobierno-, y paradójicamente no es el Partido Socialista el que está recogiendo ese desgaste del partido gobernante.
Aunque es muy pronto para hablar de esto, una de las hipótesis viables es que caminamos hacia un escenario parecido al de Grecia, en el que los dos partidos que de alguna manera se repartieron el poder durante décadas, empiezan a tener dificultades para mantener el bipartidismo como la clave fundamental para sostener el sistema de partidos y el sistema político español. Al mismo tiempo, los partidos de izquierda e incluso partidos que hacen discurso anti régimen, aunque sea desde la derecha o desde la ambigüedad (estoy pensando en UPyD, Unión, Progreso y Democracia), están experimentando mayores apoyos en los estudios de intención de voto.
¿Qué puede significar todo esto? Que a corto o medio plazo se están abriendo posibilidades políticas inéditas en el Estado Español en los últimos tiempos. Si miramos lo que está ocurriendo en otros países de Europa, esta estructura de oportunidad se abre. Es imposible prever el futuro, pero lo que parece cada vez más claro es que la relativa estabilidad de los últimos 25 o 30 años en el Estado Español ha tocado a su fin, y que están poniéndose en cuestión instituciones fundamentales. No hay que olvidar que hablamos de un país con un descenso notable del nivel de vida y con el 25 por ciento de la población activa en paro; un país en el que los recortes sociales están provocando unos niveles de sufrimiento social cuyas consecuencias políticas serias están todavía por venir.
Esto no quiere decir que el descontento o el sufrimiento general vaya a ser capitalizado necesariamente por la izquierda; es también el escenario ideal para soluciones populistas por la derecha, y no necesariamente por la izquierda como las que conocemos en América Latina. Pero sí son muchos los analistas que apuntan a muchas similitudes de la situación política con respecto a lo que pasó hace 10 o 15 años en algunos países de América Latina; estoy pensando en Venezuela, en Ecuador o en Argentina.
De alguna manera, lo que hemos visto en América Latina -gobiernos que recuperan la soberanía, que dicen “auditoría pública de la deuda” o “la deuda no se paga”, que asumen de alguna manera que gobernar para el pueblo es gobernar contra los ricos y los poderes financieros globales- cada vez es algo que suena más entre más sectores; es decir, es un escenario tremendamente difícil pero, al mismo tiempo, fascinante, porque pueden ocurrir cosas en este país.
Lo que está ocurriendo en Grecia y en Portugal anuncia que el futuro inmediato va a ser mucho muy difícil.
El reto de las izquierdas
No sabría qué palabra usar, si refundarse o converger (son palabras que vienen de la propia izquierda). Quizá la mejor palabra sería “reinventarse”; la izquierda tiene que entender que los momentos cruciales, en los que las organizaciones de tradición socialista tuvieron oportunidad de éxito, fueron los momentos de crisis, pero eso implica una enorme audacia política. Muchas veces, en contextos como el actual, un exceso de prudencia o pragmatismo, un conformarse con ser la tercera fuerza, les puede hacer ser demasiado miopes y que la extrema derecha se mueva muchísimo mejor.
El discurso de Syriza en Grecia es un discurso a seguir en muchísimos aspectos, además de que se necesita, al mismo tiempo, la suficiente habilidad e inteligencia para poder confluir con lo que se está produciendo en la calle; hay un discurso contra los políticos, contra las élites, que en principio puede ser muy ambiguo y que puede manejar cualquiera. Si la gente está en la calle, la izquierda tiene que estar en la calle; si los barrios y las plazas se están convirtiendo en espacios de deliberación, de encuentro con la política de gente que nunca había participado, siempre existe la posibilidad de agregar nuevas mayorías y nuevos estados de opinión. La izquierda tiene que estar dando esa pelea y, al mismo tiempo, tomando toda la distancia posible de la imagen, las formas y los estilos de los partidos de régimen.
La izquierda tiene que estar en el parlamento con un estilo propio que le diferencie de los partidos de régimen. Debe tener un discurso, unos portavoces y una imagen que haga que se perciba como parte de la solución y no como parte del problema. En todo lo que digo hay un trasfondo de crítica. Creo que en muchos sectores de la izquierda tradicional en el Estado Español –pienso en los partidos y en los sindicatos- a buena parte de su dirigencia les falta ambición y les sobra prudencia.

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