El jueves será coronado
Felipe VI como undécimo monarca de los Borbones, una dinastía que ha atravesado
los tres últimos siglos del devenir de España. El historiador Julián Casanova
traza en este artículo un recorrido por una época llena de periodos convulsos
en los que el empuje del pueblo desembocó en revueltas e incluso guerras. Y la
historia emite ecos que merecen ser escuchados.
16
de junio de 2014
Hay quienes todavía
ven la historia como el reino de la política y de las clases dirigentes, un
relato de las acciones y aspiraciones de los notables inexpricablemente unido a
los hechos militares y políticos. El pueblo, las clases sociales, la cultura
popular tienen un interés histórico secundario. Solo el mundo de las élites, de
aquellos que toman decisiones, formulan y ejecutan la política, constituye un
asunto legítimo de estudio.
Y aunque la
democratización y el surgimiento de la sociedad de masas nos obligaron a los
historiadores a cambiar nuestros discursos y objetos de estudio, lo que
permanece en muchos medios de comunicación y en libros de texto difundidos en
los centros de enseñanza es esa tradición secular de historia política,
concebida como una narración de los acontecimientos vinculados al núcleo de lo
político-diplomático-militar. El código de opiniones que se difunden sobre la
monarquía de Juan Carlos I, una especie de registro de verdades casi
inalterable, es buena prueba de ello. La historia de España de los últimos dos
siglos, sin embargo, anima a adentrarse por otros territorios.
Entre el final del
reinado de Carlos IV, en 1808, y el comienzo del de Alfonso XII, en 1875,
España pasó por diferentes tipos de revueltas populares, revoluciones, guerras
civiles, pronunciamientos militares e incluso 11 meses de República. Por el
camino se quedaron varias constituciones promulgadas y abolidas y se resolvió,
con sonados conflictos, avances y retrocesos, la pugna entre el modelo político
y social del Antiguo Régimen y el del liberalismo. De todo ello salió un orden
liberal caracterizado por una mezcla de modernización y atraso político, de
intentos de otorgar soberanía a la nación con otros autoritarios, y un Estado
centralista con un papel fundamental del Ejército.
La crónica de la
monarquía borbónica que restauró el pronunciamiento de Martínez Campos en
Sagunto, el 29 de diciembre de 1874, y que cayó el 14 de abril de 1931, es
fundamental para entender la persistencia de algunos valores tradicionales en
España y para explicar el pobre bagaje democrático que la derecha y la
monarquía de Juan Carlos podían exhibir en el momento de la muerte de Franco,
tras 40 años de dictadura.
Cuando Alfonso XIII
nació, en 1886, España era un viejo imperio venido a menos. Al acceder al trono
en la primavera de 1902, acababa de perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y ese
Desastre de 1898,como se le llamó al derrumbe definitivo del imperio, a la
pérdida de las últimas colonias, incrementó el pesimismo entre los
contemporáneos, aunque el debate sobre cómo regenerar a la nación abrió también
nuevos caminos para la democratización de las instituciones políticas y de la
sociedad.
Fueron décadas,
esas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, de falseamiento electoral, de
compra de votos y pucherazos, con redes tejidas por los amigos políticos y un
Parlamento alejado del principio de soberanía nacional. Era un sistema en el
que se turnaban en el poder dos partidos de notables, liberales y
conservadores, que controlaban la administración a través de un entramado
político basado en el caciquismo, el patronazgo, un modelo clientelar que
estaba entonces también vigente en otros países del ámbito mediterráneo como
Italia o Portugal.
El reto para
Alfonso XIII y para las elites políticas era emprender una reforma del sistema
político desde arriba, para evitar la revolución des de abajo, que ampliara las
bases sociales sin poner en peligro su dominio. La historia política del
reinado de Alfonso XIII es la crónica de ese fracaso. El rey intervino en
política, tratando de manejar a su gusto la división interna de liberales y
conservadores, con facciones, clientelas y cacicatos enfrentados por el reparto
del poder. Por otro lado, a los problemas heredados del siglo XIX, como el
clericalismo o el militarismo, se añadieron otros nuevos como la guerra de
Marruecos, el nacionalismo catalán, la aparición de un republicanismo más
radical o el crecimiento del movimiento obrero organizado.
Entre 1900 y 1930,
España vivió un período de notable modernización y crecimiento económico. La
sociedad que apareció como consecuencia de esos cambios era también diversa y
compleja. En la cúspide estaban las buenas familias de la burguesía, que
controlaban por medio de la banca a las grandes industrias e influían en la
política económica de los gobiernos del reinado de Alfonso XIII, y la
oligarquía rural, una nueva clase de propietarios rurales, grandes
terratenientes en el sur, que habían adquirido tierra a partir de las
desamortizaciones decimonónicas. Un bloque social dominante al que pertenecían
también los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia
y la Iglesia católica. Y de ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes
de un sistema político frente al que germinó la semilla republicana, anarquista
y socialista, sembrada ya en la las últimas décadas del siglo XIX.
El sistema político
que presidía Alfonso XIII no pudo o no supo ensanchar su base, canalizar a
través del parlamento los diversos intereses de esas clases sociales salidas de
la industrialización, la modernización y el crecimiento urbano.
El pueblo, las
clases trabajadoras, con sus organizaciones, acciones colectivas y
movilizaciones, aparecieron en el escenario público y pidieron persistentemente
que no se les excluyera del sistema político. Lo que al principio no pasaba de
ser un lejano eco, culminó en abril de 1931 en la quiebra de la cúspide de ese
sistema.
Antes, el rey y los
militares habían intentado evitarlo, con una dictadura implantada por el
general Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923, pero cuando ese dictador
cayó, el 26 de enero de 1930, abandonado por el rey, la hostilidad frente a la
monarquía se extendió como un huracán imparable por mítines y manifestaciones
por toda España. «La Monarquía se había suicidado», declaró Miguel Maura, el
hijo de Antonio Maura, antiguo líder conservador, y por eso él y otros ilustres
monárquicos decidieron a lo largo de 1930 incorporarse a la República. Porque
era mejor defender dentro de una República «los principios conservadores
legítimos», que dejar el campo libre a los partidos de izquierda y a las
organizaciones obreras.
Una tormenta que no
pasó
La jornada del 12
de abril de 1931 se convirtió en un plebiscito entre Monarquía o República.
«Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el
amor de mi pueblo», dejó escrito Alfonso XIII en la nota con la que se despedía
de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de
abril de 1931. Cuando llegó a París, declaró que la República era «una tormenta
que pasará rápidamente». Tardó en pasar más de lo que Alfonso XIII pensaba, o
deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una
sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.
Desde el exilio,
Alfonso XIII favoreció desde el principio la causa de los militares sublevados
–«su primer soldado soy yo», le dijo a los generales Mola y Franco– y donó 10
millones de dólares, una parte del dinero que había conseguido transferir al
extranjero tras su caída. Y su hijo Juan de Borbón no pudo cumplir su firme
deseo de luchar al lado de los rebeldes. Primero lo impidió Mola, cuando,
procedente de Cannes, se presentó en Burgos, apenas 15 días después de la
sublevación militar, para incorporarse al frente. Y después Franco, que no le
permitió servir como voluntario en el acorazado Baleares, porque, según se
encargó de divulgar convenientemente la propaganda, esa sabia decisión del
Generalísimo impidió que el heredero del trono quedara comprometido por haber
luchado en uno de los bandos en la guerra.
En realidad, desde
la ley de sucesión de la jefatura del Estado, aprobada por las Cortes
franquistas el 31 de mayo de 1947, España se convirtió en un reino sin rey,
dominado por un Caudillo «por la gracia de Dios» que no mostró ningún interés
en ceder a nadie la imagen de salvador y redentor que le equiparaba a los
santos más grandes de la historia. Y cuando nombró sucesor, lo hizo obligado
por la edad y la decadencia física.
A finales de los
años 60, Franco había comenzado ya a mostrar claros síntomas de envejecimiento,
agravados por la enfermedad de párkinson. Ante ese panorama, Carrero Blanco,
que había sustituido en septiembre de 1967 al general Muñoz Grandes como
vicepresidente del Gobierno, aceleró su plan de atar la institucionalización de
la dictadura con la designación por Franco de un sucesor a título de rey.
Desde comienzos de
los años 60, y después de haber soportado múltiples presiones para que
designara a don Juan, padre de Juan Carlos, Franco lo había descartado como
sucesor, así como a cualquier miembro de la dinastía carlista. Fue Carrero
Blanco quien, sobre todo a partir de enero de 1968 –cuando Juan Carlos cumplió
los 30 años, edad establecida para poder reinar por la ley de sucesión a la
jefatura del Estado de 1947–, convenció a Franco para que tomara la decisión de
nombrar al «príncipe de España» como su sucesor, al frente de una «monarquía
del Movimiento Nacional, continuadora perenne de sus principios e
instituciones».
El 21 de julio de
1969 Franco presentó a Juan Carlos como sucesor ante el Consejo del Reino y un
día después a las Cortes, que aceptaron la propuesta del dictador por 491 votos
afirmativos, 19 negativos y 9 abstenciones. El 23 de julio el príncipe juró
«lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del
Movimiento y las Leyes Fundamentales». El nombramiento respondía por fin a la
pregunta de «después de Franco, ¿quién?» y parecía asegurar una continuidad de
los principios e instituciones de la dictadura.
Desbandada de
reformistas
Cuando Franco
murió, el 20 de noviembre de 1975, su dictadura se desmoronaba. La desbandada
de los llamados reformistas o aperturistas en busca de una nueva identidad
política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se
convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. Era
improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su
Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese
ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese
equilibrio «desigual e inevitable» entre el legado autoritario del franquismo y
las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.
Dos días después, a
las 12 horas y 35 minutos, los acordes del himno nacional anunciaron la entrada
del príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón, vestido con el uniforme de capitán
general, en el hemiciclo de las Cortes franquistas. El presidente de las Cortes
y de los Consejos del Reino y de Regencia, Rodríguez de Valcárcel, procedió a
tomar juramento al nuevo rey según lo dispuesto en la ley de sucesión de 1947:
«Juro por Dios y sobre los Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes
Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el
Movimiento Nacional».
En el discurso que
siguió, de apenas 12 minutos, Juan Carlos I recordó con respeto y gratitud la
figura de Franco, manifestó su deseo de alcanzar un «efectivo consenso de
concordia nacional» y los aplausos más largos los obtuvo, tras invocar el buen
nombre de su familia y la tradición monárquica al servicio de España, cuando
recordó la lucha «por restaurar la integridad territorial de nuestro suelo
patrio».
Mitos duraderos
La «nueva etapa en
la historia de España» que anunció entonces tardó bastante tiempo en avanzar.
Las primeras elecciones democráticas llegaron más de un año y medio después, el
15 de junio de 1977, y la Constitución tuvo que esperar hasta diciembre de
1978, más de tres años después de la muerte de Franco. Al nuevo Rey se le
protegió frente a las críticas y el debate público. El éxito de la transición a
la democracia gracias a lo bien que la condujo, al piloto del cambio, fue
siempre puesto en contraste con la mala reputación de la República, la causa de
todos los conflictos que habían llevado a la guerra civil, una operación de
propaganda y de consolidación de mitos que ha sido capaz de sobrevivir, sin
mayores cambios, durante más de tres décadas de democracia.
El 22 de noviembre
de 1975, cuando el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón se convirtió en Juan
Carlos I, no había ningún guión escrito, ningún camino fijado de antemano para
pasar de una dictadura de 40 años a una democracia. Las cosas evolucionaron en
esa dirección, pero podrían haberlo hecho de forma muy distinta porque fue un
proceso incierto y conflictivo, producto de un pacto de los sectores que
provenían de la dictadura con los políticos de la oposición, pero también de
las coacciones y amenazas de los poderes fácticos –con un ejército, casi sin
excepciones, profundamente franquista– y de la presión ejercida por los
movimientos sociales desde abajo.
Han pasado más de tres
décadas de democracia y una buena parte de la clase política –y de los medios
de comunicación que la apoyan– no quieren emprender cambios y reformas que
mejoren la calidad de la democracia, refuercen la participación ciudadana y
abran un debate sobre los usos y excesos del poder.
Hace tiempo que
muchos historiadores comenzaron a reclamar una historia que dejara de
concentrarse en las vidas y acciones de los dirigentes y prestara atención, por
el contrario, a amplios segmentos de la población y a las condiciones de vida
bajo las que vivían. De esa forma, al desplazar el foco de interés desde las
élites a las vidas, acciones y experiencias de la mayoría de la población, el
estudio del pasado se democratizó. Nada estaba escrito en 1975 y nada está
escrito ahora, tras la abdicación de Juan Carlos I. Y la historia nunca se
repite, pero conviene escuchar sus ecos.
Julián Casanova es catedrático de Historia
Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor, junto con Carlos Gil
Andrés, del libro ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel).
Fuente: www.elperiodico.com

No puede haber democracia sin separación de poderes. Y mucho menos cuando las reglas que rigen la sociedad nos vinieron impuestas por un pequeño grupo secreto en 1978. Necesitamos redactar nuestras propias reglas, y no las que quiere una oligarquía de partidos: ¡Libertad constituyente!
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