18 de junio de 2014
No soy partidario de los ejércitos; de ninguno. Cómo
será la cosa, que una de las mayores satisfacciones de mi vida fue, cuando el
ejército de Franco me declaró «inútil total» para las armas; hoy lo sigo
siendo. Contra el ejército y contra cualquier organización militar o
paramilitar.
Recuerdo aquel referéndum «OTAN de entrada no», que luego
fue «Así, sí», cuando recorrí los colegios electorales de mi distrito, como
apoderado del PSOE, con la papeleta del NO en mi bolsillo, que introduje
coherentemente en la urna. Nunca lo había contado, ahora lo recuerdo.
No soy partidario del ejército, por lo que ha
representado y por lo que es. Pero respeto la libertad de expresión y a las
personas como el teniente Luis Gonzalo Segura de Oro-Pulido, que da «Un paso al
frente», contando su experiencia en el «desbarajuste» del Ejército de Tierra,
descifrando ese oscuro, corrupto e «ignoto mundo de la milicia» sin derechos.
Segura ha interpuesto diversas denuncias por corrupción, falsedades y
malversación, contra generales y coroneles del ejército; ese ejército que
«nadie ha tenido el valor de reformarlo». Cuando todavía existía el servicio
miliar obligatorio, los soldados ejercían de niñeras, jardineros, pintores,
obreros, como auténticos esclavos. Al producirse su profesionalización, los
altos mandos no adaptaron su mentalidad a los nuevos tiempos ni prescindir de
sus privilegios como señores feudales.
Las armas han acompañado al poder y a los gobiernos a
lo largo de la historia. La legitimidad de la Constitución española, le viene
dada por el golpe de estado militar que dieron contra la República y por la
dictadura franquista sustentada por el ejército. Podríamos decir que España es
una monarquía militar. Desde que terminó la guerra, dos han sido los militares
jefes de estado. El rey, jefe del estado español, es el jefe supremo de las
fuerzas armadas y capitán general de los ejércitos. Con la coronación de Felipe
como rey —con uniforme militar y militar por supuesto—, quedará consolidado el
«atado y bien atado» del general Franco. Hoy el ejército sigue acompañando al
poder y para algunos civiles y generales, debería estar más presente. El
ministro del ramo Morenés —ex directivo de venta de armas—, pretende que el
ejército, uniformado, vuelva a tener más presencia en la calle; no sabemos bien
si para dar color con sus uniformes y marchas militares o para volver a
intimidar al pueblo que protesta contra la política antisocial del gobierno
nacional-católico que representa.
Sobre el teniente Segura, algunos dicen que pretende
destrozar la «sagrada institución» y otros que todavía puede «reinsertarse como
español de bien». No tiene una mancha en su expediente tras 12 años de
servicio. En su novela «Un paso al frente», denuncia abusos, corrupción,
privilegios e impunidad en el seno de las fuerzas armadas; un testimonio
literario de los problemas que mantiene el ejército español. Una novela, por la
que le van a meter un puro, por dos faltas graves a la disciplina «Una por
escribir el libro y las declaraciones a la prensa y otra por hablar del libro
en horario de café», con sus compañeros que le preguntan. Posiblemente le
condenarán a cárcel o expulsado del ejército por decir la verdad sobre las
cloacas del Sistema, quedando los corruptos impunes. Será juzgado por la
justicia militar, en «un procedimiento sin garantías jurídicas» y de forma
arbitraria, «ni los jueces ni los auditores militares, están para perseguir a
patriotas». Sin rendirse, lucha en una guerra sin campo de batalla, contra un
ejército, en el que el silencio y la sumisión son las leyes válidas. «Solo
puedes dormir tranquilo si eres teniente coronel y llamas "bastarda"
a la Constitución»; nada les pasa.
No me extraña lo que Segura dice: «Cuando entro por la
puerta del cuartel vuelvo al siglo XX»; al XIX, diría yo, cuando veo en las
garitas a los soldados profesionales de tropa custodiando cuarteles o desfilado,
con paso firme del ayer y del hoy, cuadrándose, con «mirada alta y perdida»,
gritando ¡señor, sí, señor!, mientras las condecoraciones, cuan lotería, se
reparten entre aquellos que no hacen «demasiado ruido, aunque nunca hayan
pisado un escenario de guerra»; o las indemnizaciones de 60.000 euros que
reciben los tenientes coroneles por no ascender a coronel, al estar sobrepasado
el cupo, junto con las dietas y comisiones de servicio que reciben, mientras «a
la tropa se le reduce el salario», incluso la comida. En cada recinto militar
hay un pequeño reino de taifas compuesto por el jefe de obras y el de cocina,
que se encargan de los desvíos presupuestarios y las facturas falsas, para
fines muy particulares. De edificios austeros regulares y uniformes por fuera,
por dentro son clasistas, jerarquizados y heterogéneos, donde el tamaño y el
mobiliario, dejan patente el status del jerarca que los ocupa.
Respeto a los miembros de las fuerzas armadas, a la
gente digna y honesta, que creen que los designios de España están en sus
manos, sin compartir esa condición. Recuerdo a los legendarios capitanes Daoíz
y Velarde, al teniente Ruiz o al general de Riego, a Miajas, Rojo o Modesto y a
los demócratas de la Unión Militar Democrática. Mi amigo Luis, con 37 años, que
estudió Geografía en la Autónoma de Madrid, que podría ser mi entrañable hijo,
cree que el autoritarismo y la corrupción, son dos caras de una misma moneda.
Creyó en la Justicia y ha puesto cuatro denuncias, con sus correspondientes
pruebas, sobre distintas irregularidades en los presupuestos militares; pero la
justicia, que es la del poder, se ha vuelto en su contra y le emplumarán, por
denunciar lo que yo denuncio aquí. En el ejército español, que tanto cuesta a
las arcas públicas, hay corrupción y negligencia y sometido a un autoritarismo
que una sociedad democrática no puede consentir. «Mando que no abusa pierde
prestigio», máxima militar que los altos mandos siguen en la medida de lo
posible.
En el interior de los cuarteles hay represión e impera
la ley del silencio, en un mundo jerarquizado, clasista, dividido en castas,
sin derechos, como un estado feudal, dice Segura. «No puedo hablar, no puedo
manifestarme, no puedo expresarme». Les aconsejo que lean «Un paso al frente».
Es un documento valioso para conocer más la institución desde dentro y ejemplo
para los militares con conciencia social. «La casta, que es endogámica, pasa de
padres a hijos, tiene una ideología homogénea y una forma de pensar de otro
tiempo». Es una organización sexista y racista, en la que los oficiales de la
escala superior son los blancos; los suboficiales son negros; los oficiales
que vienen de la antigua escala media son mestizos y la tropa la chusma. En los
cuarteles, el acoso laboral es una herramienta común, que los mandos tienen a
su alcance, para mantener el orden. Una de las mayores preocupaciones de la
oficialidad es disfrutar con la mayor intensidad posible del privilegio del
poder: todo por la patria.
Echemos cuentas. Este clan oscuro, en el que impera la
ley del silencio, jerarquizado y nada democrático, propio del estado feudal,
corrupto y de ideología ultramontana, que reprime la libertad de expresión, nos
cuesta: 6.776 millones de euros anuales, según el presupuesto para 2014. La
OTAN lo eleva a 13.600 millones; y el informe La cara oculta del gasto militar,
del Centro de Estudios para la Paz, lo cifra en 16.500 millones de euros;
manteniendo una deuda acumulada de, al menos, 26.000 millones de euros. Ni el
Excel es capaz de decirme cuantas pesetas de las de entonces son.
Las Fuerzas Armadas, mal equipadas y
sobredimensionadas, cuentan con 52.000 mandos para 78.000 militares de tropa;
hay 270 generales para diez brigadas y 1.050 coroneles para mandar cincuenta
regimientos. Según el artículo 9 de la Constitución, «tienen como misión
garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad
territorial y el ordenamiento constitucional». Este texto, que utilizaron los
«padres» de la Constitución para su redacción, fue sacado del artículo 37 de la
franquista Ley Orgánica del Estado (1967): «Las Fuerzas Armadas… garantizan la
unidad e independencia de la Patria, la integridad de sus territorios, la
seguridad nacional y la defensa del orden institucional». Se utilizó en el
diseño de la operación Diana, que establecía las acciones del ejército, en el
caso de que se produjera un vacío de poder, tras la muerte de Franco y la
coronación del rey; y se puso en marcha antes y durante la ejecución del golpe
de estado del 23-F.
No es que el ejército me dé seguridad, es que me da
miedo. Segura, en su novela, eleva una carta al ministro de defensa,
sugiriéndole hasta 19 medidas, «que harían del ejército una institución más
justa y honorable». El problema de las fuerzas armadas, no es solo estructural,
«están enfermas y necesitan ser regeneradas», dice el teniente, o tienen que
desaparecer, digo yo.
Víctor Arrogante
En Twitter @caval100

No hay comentarios:
Publicar un comentario