Luis García Montero
19 jun 2014
La
democracia española necesita un proceso constituyente. Resulta necesario
abordar asuntos de condición muy diversa. Por fortuna todavía no ha surgido
ninguna corriente significativa que cuestione el sentido de la democracia como
sistema. Pero el descrédito afecta ya de forma grave al funcionamiento de
algunas de sus instituciones y de sus raíces.
La
Constitución no se cumple en sus compromisos de carácter social y, sin embargo,
se utiliza como estrategia oficial para cancelar debates cívicos tan
importantes como la ordenación territorial, la forma de Estado o el valor
concedido al déficit en las inversiones y los servicios públicos. A esto se le
añade el descrédito de Tribunal Constitucional y de sus miembros. No es ya que
los nombramientos se hagan según la hoja de servicios prestados a los partidos
de Gobierno…, es que a veces se contaminan las sentencias al dejar las
decisiones en manos implicadas ideológicamente en los asuntos sobre los que
deben decidir. Se confía la interpretación de las leyes a personas que han
tomado partido de antemano.
Un
descrédito parecido afecta a los aparatos políticos, al Parlamento y a las
complicidades que hay entre los poderes públicos y la banca. Vivimos bajo una
ola de descrédito, y este tipo de olas son peligrosas si no se encuentra una
solución oportuna que permita respirar. Como no tomemos decisiones radicales, de
raíz constituyente, para defender la democracia, corremos el peligro de caer en
la justificación de la violencia o en las tentaciones totalitarias.
Intransigencia y radicalidad democrática contra la corrupción de un sistema,
pero también como vacuna contra la violencia y el totalitarismo.
En
medio de este panorama de descrédito, es conveniente no olvidar la raíz de los
problemas. Y me parece que la ola de regeneración, el deseo civil regenerativo
que triunfa en los movimientos sociales, se está olvidando de algo decisivo: el
mundo del trabajo como factor principal de la democracia y de la distribución
de la riqueza a través de unos salarios justos. Los métodos participativos son
importantes, claro que sí. El problema de los desahucios en España y la impunidad
de los bancos claman al cielo y al infierno, claro que sí. La monarquía es hoy
un símbolo de las élites económicas y políticas que acorazan una rutina basada
en la injusticia, claro que sí. Pero nada fue más grave para la sociedad
española que unas reformas laborales que han dejado a los trabajadores sin
defensa, sin contratos dignos y sin salarios justos.
Cualquier
movimiento alternativo se queda en el aire si no pone en el centro de sus
propuestas (junto a las elecciones primarias para elegir candidatos o junto al
cambio de la ley hipotecaria), una reforma laboral positiva que devuelva a los
trabajadores los derechos robados.
Este
olvido del mundo del trabajo no afecta a una derecha económica que suele
acertar al elegir sus prioridades. En cuanto la crisis económica y el proceso
desequilibrado de la construcción europea dieron la oportunidad, las élites se
precipitaron para acabar con las conquistas laborales logradas durante años de
lucha social en la clandestinidad y en la transición democrática. Es la derecha
la que ha dinamitado su parte de responsabilidad en el espíritu de esa
Transición que tanto esgrime para defender a un Rey o para legitimar una
Constitución cada vez más alejada de los ciudadanos.
Contando
con la obedicencia de los políticos de turno, su estrategia no se ha limitado a
imponer unas reformas laborales sin piedad para los trabajadores. Ha desatado
también una campaña feroz de desprestigio contra los sindicatos, intentando
hundir el sentido de las organizaciones que ponen las últimas barreras a su
avaricia y a su brecha social. ¡Cuidado con el descrédito de los sindicatos en
esta ola generalizada de descréditos! Los ciudadanos deben criticar los errores
de los sindicatos, claro está. Deben exigirle una renovación, nuevas actitudes,
claro está. Pero no les conviene olvidar su valor democrático en las defensa
diaria de sus derechos laborales. Eso significa caer en la trampa del enemigo.
Porque
la derecha no se olvida. Estamos viviendo ahora una campaña de criminalización
y de represión escandalosa contra los sindicalistas. Las actitudes represivas
de este Gobierno, que tiende a convertir en cuestión de orden público cualquier
disidencia política, se ha centrado en los sindicatos. Por algo será. Más de
doscientos sindicalistas han sido imputados, algunos de ellos sentenciados ya
con años de cárcel y multas desmedidas, por su actuaciones en las huelgas
generales de 2010 y 2012. Sin casos de violencia real, por manchar el agua de
una piscina o llamarle esquirol a un esquirol, se está condenando en firme con
razonamientos impropios de una democracia. Y digo impropios porque ahora se
utiliza en las sentencias “el delito contra los derechos de los trabajadores”
para aniquilar sus derechos, por ejemplo, el de huelga.
Las élites intentan acabar con las movilizaciones
sindicales, desanimar a los trabajadores en sus protestas. Por eso conviene
situar al mundo del trabajo en el centro de cualquier debate que se produzca
entre la izquierda y la derecha, los de arriba y los de abajo, la casta y la no
casta. A lo largo de los siglos no hemos otra cosa que discutir de los mismo…
Fuente: www.publico.es

No hay comentarios:
Publicar un comentario